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Ricardo Ambrosig
Por: Ricardo Ambrosig

Cómo coleccionan millones de rostros sin permiso

El suceso de aparentemente ‘inofensivas’ aplicaciones que permiten hacer modificaciones a imágenes de rostros llama la atención sobre una práctica que lleva años y no se la dimensionó hasta hace poco, la recolección de miles de fotografías a veces de una misma persona.

Y no se trata de un temor injustificado si se tiene en cuenta que recientemente se confirmó lo que era prácticamente un secreto a voces: Google tiene la capacidad de escuchar y grabar las conversaciones en los teléfonos que utilicen alguna de sus app. Y, aunque en general las imágenes no van acompañadas de nombres, los individuos pueden ser reconocidos porque cada rostro es único y corresponde a una persona.

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Los celulares que tienen reconocimiento facial son susceptibles de ser hackeados y los datos enviados adonde se junten imágenes personales.

A este miedo se suma otro condimento: la masividad de las redes. Entre ellas está Facebook y sus herramientas, como por ejemplo FaceApp. Hace poco se viralizó esta aplicación dentro de Facebook que permite al usuario verse a sí mismo en una simulación sobre cómo será su apariencia -principalmente facial- de viejo, luego la app se hizo independiente pero todo el proceso de transformación requiere que la imagen original se almacene en los servidores de los desarrolladores, algo en lo que pocos reparan y es por eso que no funcionan si el teléfono no tiene una conexión a Internet, al parecer, muchas de estas app son gratis pero no tanto.

Coleccionando caras

En Microsoft, los investigadores afirmaron en el sitio en Internet de la empresa que crearon una de las bases de datos faciales más grandes del mundo. La colección, llamada MS Celeb, incluía más de 10 millones de imágenes de más de 100.000 personas y sigue existiendo.

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El desaparecido café Brainwash donde comenzó la primera recolección big data documentada. Unos 10.000 rostros ayudaron a desarrollar inteligencia artificial.

Los gigantes de la tecnología como Facebook y Google son propietarios legales de las colecciones más grandes de datos faciales y, según sus propias declaraciones, no los distribuyen. Es una de las cosas en que se les debe creer, tamañas bases de datos no se distribuyen ni se prestan, se alquilan o venden al mejor postor. Sin embargo, otras compañías y universidades han compartido de manera generalizada sus colecciones de imágenes con investigadores, gobiernos y empresas privadas de Australia, China, India, Singapur y Suiza para entrenar sistemas de inteligencia artificial, que sólo tienen un objetivo, la seguridad. Precisamente estas bases de rostros de uso libre terminan en manos de empresas de seguridad que ofrecen sistemas de reconocimiento facial a aeropuertos e instalaciones privadas sensibles.

Las recopilaciones faciales están siendo impulsadas por la carrera por crear sistemas de reconocimiento facial de avanzada. Esta tecnología aprende a identificar a la gente analizando la mayor cantidad posible de fotos digitales usando redes neurales, que son sistemas matemáticos complejos que requieren grandes cantidades de datos para generar el reconocimiento. 

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Ciertas proporciones son únicas debido a la asimetría corporal. La inteligencia artificial las compara para detectar rostros o -en su defecto- guardar imágenes.

¿Quién nos busca?

La primera base de rostros de las que se tiene documentación data de 2014 y fue reunida por investigadores en Stanford. Se llamaba Brainwash, en honor a un café homónimo en San Francisco, donde los investigadores utilizaron una cámara que recogió más de 10.000 imágenes. El artículo publicado en los medios especializados en 2015 no especificó si los comensales sabían que les estaban tomando fotografías para usarlas en la investigación (el café ya cerró sus puertas).

Los investigadores de Stanford entonces compartieron Brainwash. Fue usada por académicos chinos asociados con la Universidad Nacional de Tecnología de Defensa y Megvii, una compañía de inteligencia artificial que, según reportajes anteriores de The New York Times, desarrolla tecnología de vigilancia y seguridad.

El futuro donde nuestro rastro pueda ser seguido en tiempo real sin necesidad de llevar chips ni que nos espíen agentes secretos está muy cerca. En algunas ciudades como Tokio o Nueva York las cámaras públicas nos ven desde que salimos de casa hasta el destino, inclusive a bordo de ómnibus y trenes y son capaces de detectar el estado de ánimo y alertar de que “en algo raro” andamos.

Es por eso expertos en seguridad informática recomiendan -por razones de seguridad- no permitir que ninguna aplicación tenga acceso a las galerías personales de los usuarios. Pero si no fuese un tema de seguridad todavía es posible que alguna imagen particular sea utilizada con fines comerciales, sobre todo, las que subimos a las redes ya que sin darnos cuenta en la mayoría de los casos accedemos a que sea propiedad de la red y renunciamos a derechos (si no lo hacemos es probable que no podamos usar la red). Y nadie está exento de ser tocado por la varita mágica de la fortuna que –en ese caso- será para la empresa dueña de la foto y no para el portador. Todas las app y sitios que recolectan datos tienen claramente explicitado el tema pero es sabido que la letra chica no la lee nadie.