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Sergio Schneider
Por: Sergio Schneider

Queridos terraplanistas

El diluvio de ayer fue para miles de familias chaqueñas una trompada en plena quijada cuando apenas iban reponiéndose de la tremenda piña meteorológica del 8 de enero. Dos lluvias de registros históricos con apenas 103 días de distancia entre ellas. Para muchos productores del interior, un uno-dos que los deja en la lona. Una desgracia que vale doble en una provincia en la que las únicas emergencias que preocupan son las del Estado y su burocracia de dimensiones cósmicas.

En las áreas urbanas el desastre fue transversal. Ni en el Gran Resistencia ni en las demás localidades que sufrieron las arremetidas del temporal sirvió de algo vivir en las áreas céntricas. Se inundaron viviendas de esos sectores y de las periferias. Se salvaron otras tantas de aquí y de allá. Pero algo nunca es igual: el impacto. Para unos pocos, el trastorno se resolverá rápidamente echando mano a una parte ínfima de los ahorros o del cupo disponible en la tarjeta de crédito. Para un conjunto mayor, lo de ayer implica retroceder varios casilleros en sus logros, perder lo que costó tantos años conseguir y llevará unos cuantos más reponer. Familias para las que el solo hecho de volver a adquirir un colchón es una meta de plazos inciertos, y que redescubren -como les sucede con frecuencia- que el cielo está allá arriba y el infierno acá a dos pasos. 

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Foto: Fabián Maldonado

Las diferencias

Es allí, en la magnitud de la pobreza y de las brechas entre afortunados y desangelados del sistema, donde aparecen las responsabilidades de gobernantes actuales y pasados. Porque es verdad que nadie puede impedir ni prever una precipitación como la de comienzos de año o como la de ayer. Pero lo otro sí tiene culpables, y la cabeza de la lista le corresponde a una dirigencia que cambia lentamente, además, de caras pero no de métodos y con la cual venimos dibujando desde hace décadas la parábola de una decadencia ostensible. El escenario que va dibujándose a nivel electoral -tanto en el plano local como en el federal- no podría, en ese sentido, ser más confirmatorio de esa realidad.

La democracia, recuperada en 1983, fue un fracaso hasta aquí en términos de resultados. Las excepciones fueron el avance en el respeto por los derechos humanos y las políticas antidiscriminación. Pero en términos sociales, políticos y económicos hemos ido hacia atrás. Y las ocasiones en las que esa trayectoria se interrumpió se debieron más a circunstancias externas inusuales que al crecimiento cualitativo de una economía como la argentina, cada vez menos competitiva y más inviable.

Siete meses atrás se presentó el libro “La Argentina en el siglo XXI: cómo vivimos y convivimos en una sociedad desigual”. Los autores, Juan Ignacio Piovani y Agustín Salvia (conocido por ser habitualmente el vocero del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina), exponen allí las principales conclusiones de un encuesta de amplio alcance (8265 hogares en los que viven 27.610 personas de 339 localidades de todas las provincias) ejecutada a través de las facultades de ciencias sociales de cada región.

Aunque el estudio de campo se efectuó entre el segundo semestre de 2014 y el primer semestre de 2015, los resultados tienen el valor de ser una exploración inédita y vasta de la estructura social de nuestro país. El tiempo transcurrido desde entonces hace suponer que la mayoría de las categorías medidas debe haber empeorado.

Algunos de los datos de la investigación fueron estos:

-Más del 45% de los trabajadores asalariados está en empleos informales (sin seguridad social ni aportes previsionales).

-La desocupación entre los jóvenes triplica a la que se registra entre adultos.

-Tener trabajo no implica acceder a una vida de necesidades básicas resueltas. Una significativa proporción de asalariados no llega a tener ingresos de subsistencia.

-Del total de viviendas que hay en el país, el 40% presenta problemas constructivos o no cubre las necesidades de los hogares que los habitan.

-El 66% de las viviendas necesita mejoras o ampliaciones. La mitad de estas viviendas debería ser directamente reemplazada por viviendas nuevas.

-El problema anterior no afecta solo a familias de ingresos bajos, sino también a familias de ingresos medios que viven en viviendas de buena calidad pero en condiciones de hacinamiento. Es que los hijos crecen, forman familias propias pero no tienen cómo conseguirse un techo propio.

-En los hogares relevados, el 39,4% de los jóvenes que iban a la secundaria era la primera generación familiar en acceder a ese nivel educativo.

-El 10,4% de los adolescentes de entre 14 y 15 años está todavía en escuelas primarias.

-Las generaciones más jóvenes tienen niveles educativos formales más altos que las generaciones mayores, pero afrontan enormes asimetrías.

-En el 33% de los hogares hay al menos un miembro de la familia que fue víctima de algún delito.

Un cachito

No son, con todo, las peores cifras de este momento de nuestra historia. Como se sabe, Unicef ya advirtió que el 48% de los niños argentinos “sufre al menos una privación en sus derechos básicos y fundamentales”, y los datos de pobreza del Indec han expuesto que de cada diez niños y adolescentes, cuatro viven en hogares pobres. Y aunque el mismo organismo determinó que una familia tipo necesita al menos 27.570 pesos para no caer en la pobreza, el 70% de los jubilados percibe apenas algo más de un tercio de esa cifra (la pasividad mínima de Anses, 10.400 pesos) y los asalariados activos tienen como referencia de base a un salario mínimo fijado por el gobierno en 12.500 pesos.

El “país rico” del que nos vienen hablando desde el colegio primario continúa siendo, como entonces, una promesa irrealizable. Hay una gran disponibilidad de recursos primarios, es cierto, pero en el mundo de hoy eso significa muy poco. Para la Cepal, somos uno de los apenas tres países que no crecerán en 2019 de entre todos los de América. ¿Cuáles son las dos únicas naciones que nos acompañarán en la retracción económica? Venezuela y Nicaragua.

Si hablamos del Chaco, la situación es la misma de casi siempre. Aunque desde hace tres décadas tenemos el cuarto índice de coparticipación federal más alto del país, seguimos quemando esos recursos en gastos corrientes. Meses atrás el gobierno sinceró que el Estado provincial paga 125.000 salarios cada mes. En 2006 había algo más de 40.000 empleados públicos activos y unos 25.000 jubilados. Conclusión: el día en que el mundo demande empleados públicos, seremos al fin una potencia exportadora.

Si hablamos del orden nacional, las cosas no mejoran demasiado: hay 21 millones de argentinos que perciben una paga del Estado, sumando empleados en actividad, jubilados y titulares de distintos beneficios sociales. Una locura insostenible. Y como el sector público no se achica, los que se quedan en la calle son los trabajadores de las pymes que no pueden soportar la carga tributaria que se les impone para que los gobernantes puedan seguir sumando familiares, amigos y punteros a las dependencias oficiales.

Fanáticos de lo que nos suena cómodo aunque intuyamos que no es cierto, inclinados siempre a creer los cuentos de ogros y hadas con que nos ilustran cómo funciona el planeta, nos adentramos más y más en los callejones sin salida. Cuando el muro del fondo aparece frente a nuestras narices, comienza el juego de siempre: los responsables no se hacen cargo y hasta dicen que tienen la receta para que seamos como esos grandes países en los que las cosas son totalmente al revés de lo que ellos consideran correcto y conveniente.

A esos referentes nuestros cabe pedirles que, siquiera por esta vez y en nombre de tanta frustración flotando sobre las aguas caídas en las últimas horas, tengan un cachito de humildad. O de vergüenza, si se pudiera. Sabemos que no se bajarán de sus candidaturas, pero nos hemos acostumbrado a tan poco que hasta una rebanada de silencio sería digna de agradecerse. Y después de un tiempo prudencial, sí, que vuelvan a decirnos que la Tierra es plana.