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Adiós a Amos Oz

La literatura está de duelo tras el fallecimiento de Amos Oz.

La muerte de un escritor es la excusa para volver la mirada sobre su obra, también para las reflexiones del mismo. En esta ocasión traemos a escena su fórmula literaria que consistía en: “un veinte por ciento de sarcasmo, un veinte por ciento de dolor y un sesenta de rigor clínico”. Sin embargo, eso no es todo. En su literatura, hay ternura, esperanza, pasión por el hombre. Fue un gran escritor y entre las menciones que obtuvo se cuenta el Príncipe de Asturias de las Letras en 2007.

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Amos Oz

Amos Oz nació en Jerusalén en 1939, cuando la ciudad aún se hallaba bajo mandato británico. Hijo de una familia de emigrantes rusos y polacos, creció en un hogar que soñaba con un Israel fuerte e independiente, donde los judíos ya no serían un pueblo humillado, acosado y exterminado. La expectativa del regreso a la Tierra Prometida convivía con la pasión por los libros. No es extraño que un hijo del pueblo del Libro deseara desde la niñez ser libro. “No escritor, sino libro”, pues el libro no muere. El libro vive eterna y silenciosamente. En cambio, el escritor muere. De forma natural o violenta. El hombre es mortal. La palabra, no. La palabra mora en la memoria colectiva, donde los muertos resucitan y vuelven a hablarnos.

La idea de la muerte es particularmente aguda en un judío, pues su historia está llena de matanzas y persecuciones. El judío siempre es el Extranjero, el Otro. Amos Oz comprendió este hecho desde niño. El individualismo no es un vicio judío. Una comunidad hostigada sólo puede vencer a sus enemigos cultivando la solidaridad y el sentimiento de pertenencia.

Amos Oz concibe su escritura como una segunda piel. Aunque fabule historias estrictamente ficticias, considera que todos sus libros son autobiográficos. En cada palabra, hay un fragmento de su niñez, un eco de su juventud, un logro -o un fracaso- de su madurez.

Klausner se convirtió en Oz en el kibutz, huyendo de la peor tragedia de su vida: el suicidio de su madre. Las últimas páginas de Una historia de amor y oscuridad son particularmente hermosas y estremecedoras. Hermosas porque exploran el afecto de un hijo hacia una madre que prepara su despedida del mundo. Estremecedoras porque narran el desmoronamiento de una mente en el pozo de la depresión. Oz nos relata los últimos días de su madre con una mezcla de delicadeza y desgarro.

Una historia de amor y oscuridad finaliza con un lamento desgarrador: “… entre las ramas del ficus del jardín del hospital el pájaro Elisa la llamó sorprendido y la llamó de nuevo y la llamó en vano y pese a todo lo intentó una y otra vez y aún sigue intentándolo a veces”. Todos los libros de Oz nacen de esa llamada, que puede calificarse de plegaria sin respuesta. En Mi querido hijo Mijael y en El mismo mar, Oz habla de las relaciones entre padres e hijos. Se trata de dos obras cargadas de melancolía. Oz reconoce que su fórmula literaria consiste en “un veinte por ciento de sarcasmo, un veinte por ciento de dolor y un sesenta de rigor clínico”. Sin embargo, eso no es todo. En su literatura, hay ternura, esperanza, pasión por el hombre. Hoy su desaparición nos duele, pero sus palabras nos curan, recordándonos que el hombre siempre puede reinventarse a sí mismo, derrotando a sus demonios interiores. / Rafael Narbona, El Cultural.

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