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Oscar Alemán: El mejor guitarrista argentino nacido en Machagai

Fue uno de los mejores guitarristas de jazz del mundo. De origen extremadamente humilde, llegó a conquistar Europa de la mano de la bailarina estadounidense Joséphine Baker. No sabía leer música, pero tenía oído absoluto y una técnica exclusiva que le valió la admiración de Louis Armstrong y Django Reinhardt.

 

Estoy orgulloso de ser argentino y de ser chaqueño, porque un chaqueño es tan argentino como cualquier otro. Pero mi papá creyó que no convenía para mi futuro que yo fuera chaqueño, porque en ese momento era una provincia muy pobrecita de esto que le digo hace ya muchos años-. Entonces me trajo a Buenos Aires y me anotó en el Registro Civil de acá”.

La confesión de Oscar Marcelo Alemán al periodista Julio Ardiles Gray da una idea general sobre las condiciones en las que se desarrolló su infancia, desde el primer día. En Buenos Aires, su padre formó un conjunto folclórico con cinco de sus seis hijos, en el que Oscar participaba bailando con su hermanita. “El conjunto se llamaba Sexteto Moreira porque, aparentemente, mi padre tenía una relación familiar con Juan Moreira; él se llamaba Jorge Alemán Moreira”.

Actuaron en diversos sitios como el Parque Japonés o el primer Luna Park, pero no lograron mejorar la economía familiar. Así, su padre decidió migrar a Brasil con los hijos que formaban el conjunto, mientras su madre se quedaba en Buenos Aires con los dos más pequeños.

Allá esperaba progresar con una representación comercial para vender algodón y tabaco, mientras continuaba intentando la vía artística. Ni una ni otra dieron resultados, y para peor recibieron la noticia de la muerte de la madre en Buenos Aires.

“Cuando se murió mi mamá todo se desmoronó, se vino tan abajo que una de mis hermanas se fue con un doctor, mi otro hermano se fue por su cuenta a hacer un número de step dance. Nos dejaron solos a mi papá y a mí. Mi padre no pudo soportar la muerte de mi madre, y se mató. Cuando el tranvía en que viajaba pasó por un puente, se arrojó al vacío. Me quedé solo, completamente solo”. Sucedía alrededor de 1919 en el puerto de Santos, en Brasil. Oscar tenía diez años.

HECHO A SÍ MISMO

Lustró zapatos, abrió puertas de taxis, llevó mensajes, cargó las bolsas de las señoras en el mercado. Pero las monedas que conseguía no eran para comer. Convencido de que su salida estaba en el arte, los centavos de reais que conseguía iban todos a pagar en indefinidas cuotas un cavaquinho, una pequeña guitarra de cuatro cuerdas, que había encargado a un luthier.

“Para no gastar en comida, iba a un restaurante cuyo lavacopas me quería mucho sin haberme tratado. Decía que mis ojos, cuando yo lo miraba por la ventana donde él lavaba copas, era tanta la impresión que le causaban porque en ellos se reflejaba mi hambre que no podía sacarme la vista de encima. Entonces me tiraba una banana. Yo la agarraba al vuelo y nunca caían al suelo. Ningún arquero, ni Roma ni Carrizo, atajaban como yo. Después me tiraba un pan. Entonces yo lo partía y ponía una mitad en un bolsillo y la otra en otro. Y ya tenía mi almuerzo y mi cena”. Un año pasó llevando al luthier todas las monedas conseguidas diariamente. Un día, cuando llegó al taller, un cartel en la puerta: “cerrado por duelo”. Se le cayó el alma al piso, pero de todos modos llamó.

 

Lo atendió la viuda, y le dijo que su marido le había pedido el día anterior a su muerte que le entregara el cavaquinho a Oscarcinho, con el mejor estuche, y que le dijera que estaba todo pago. “Antes de eso había dormido debajo de los bancos de las plazas. Tenía un pañuelo de un metro cuadrado de mi padre y ahí ponía las pocas cosas que tenía. No tenía plata para pagar un hotel y no me recogió nadie. Tenía once años pero representaba siete, porque era menudito, raquítico. Vivía en una plaza de Santos. Después me fui a la isla Guarujá tocando en la balsa que iba hasta ahí. Tocaba el folklore brasileño que son cuatro acordes que conocía bien; por eso todas las canciones me resultaban parecidas. Me instalaba en la puerta de los cines, teatros y el casino, y tocaba mi cavaquinho para pasar el platito. Ese fue un paso que le gané a la vida: fácil de decir, pero que muy poca gente puede contar”.

Consiguió que el dueño de un hotel lo dejara abrir las puertas de los autos que traían a los huéspedes. “Además, me dio una piecita en un altillo. Él no sabía que yo tocaba el cavaquinho. Practicaba en esa piecita todos los días. Hacía un calor espantoso. Todo el mundo estaba en la playa y yo metiéndole al instrumento. Tenía que aprender solo, porque no tenía profesor. Nunca tuve profesor para nada”.

En el hotel había un restaurante que además ofrecía shows artísticos a los pasajeros. “Un día faltaron una cantante brasileña y un bailarín fantástico, también brasileño. Los dos, más un cantante, hacían el show de la noche. Quedaba solo el cantante. Me acerqué al patrón y le dije: “Si usted quiere, yo hago un solo de cavaquinho”. El pianista le dijo al patrón: “Va a ser un gol si lo hace el pibe”. Y esa noche fue un golazo. Pero yo sabía una pieza sola. Entonces me pidieron bis y yo le dije al público: “Eu no sei outra coisa”. Me respondieron: “¡Toca mesma coisa! ¡Toca mesma coisa!””. El artista superaba las circunstancias.

EL DÚO

Cuando se fue del hotel tocaba su cavaquinho en cafés o restaurantes a cambio de propinas. En uno lo encontró el guitarrista Gastón Buenolobo, quien le propuso que hiciera un número con él. “Me dio una guitarra para que estudiara, pero él no venía a enseñarme, porque trabajaba. No tenía, nunca tuve, quién me enseñara. Entonces, según lo que yo sabía del cavaquinho, me las arreglé”. Buenolobo había visto algo en él, pero se sorprendió al comprobar que era mucho más que lo esperado.

 

“Un día ensayamos y yo acompañaba a primera vista lo que él tocaba. Tenés un oído fabuloso me dijo. Hay temas que son míos, que vos no conocés. ¿Y cómo me acompañás, así, haciendo los acordes justos?”.

Asomaban algunas de las virtudes que lo llevarían al primer plano mundial, luego en Europa. Otra vez Buenos Aires El comediante Pablo Palitos, de gira por Brasil, vio al dúo de Buenolobo y Alemán (“Los Lobos”), que realizaban un impecable show con guitarras criollas, hawaianas y cavaquinho, y los invitó a trabajar en la Argentina.

“Cuando llegué cumplía 17 años. Trabajamos en algunos teatros, como el Empire, el Teatro Nuevo, con Carcavallo.  Trabajé con Discepolín cuando tenía su revista () me hizo llamar para levantar un poco el espectáculo porque las cosas andaban mal. Estaba muy bien hecha, como siempre hacía Discepolín sus cosas. En el espectáculo yo tocaba solo, primero, y luego tocaba para que bailara Aída Alberti, que en esa época era la mujer de Pepe Arias”. En la misma temporada conocieron al bailarín estadounidense Harry Fleming, que los invitó a ir con él a Europa. “Debutamos en Cádiz. Hicimos toda España. Toda Europa. Hasta que me separé de Fleming. Mi compañero también se separó de mí. Estaba enfermo. Tuvo que volver a Brasil, donde murió”.

JOSEFINA

Oscar trabajó un tiempo como acompañante de diversas orquestas, “Hasta que alguien variossoplaron mi nombre al oído de Josephine Baker, a quien le faltaba un guitarrista de ritmo. Por diferentes músicos, Josephine se enteró de mi existencia. Sabía que yo cantaba en portugués, en francés, en español, que bailaba la rumba, que tocaba el pandeiro, las maracas, el cavaquinho, la hawaiana, el contrabajo, la batería y, sobre todo, que tocaba jazz muy bien”.

Alemán se integró a la compañía de una mujer excepcional. La Baker fue la primera afroamericana en protagonizar un filme taquillero (Zouzou, 1934) y la primera cantante y bailarina en dirigir una compañía de music hall. Por varios años había sido la estrella del Folies Bergére y para cuando él llegó ya tenía su propia sala: Chez Josephine.

Su estilo de danza exótica, su desbordante sensualidad y sus vestimentas minimalistas entusiasmaban a los eufóricos europeos, tanto como habían horrorizado a los puritanos yanquis. Josephine bailaba charleston, ritmo con el que su “Danse Sauvage” provocó algunos escándalos primero y entusiasmo general a continuación.

Su irrupción fue parte destacada en un movimiento más vasto que reunía al jazz con el dadaísmo, el arte negro y el cubismo en la Europa de entreguerras. Eso en el plano artístico. Pero había más: animadora de fama mundial, no dudó en plegarse a la resistencia francesa durante la invasión nazi en la II Guerra Mundial, por lo que fue distinguida con condecoraciones militares: la Croix de Guerre y la Legión de Honor. En los º60 fue una ilustre colaboradora del movimiento de derechos civiles en EEUU.

EL GUITARRISTA ESTRELLA

Alemán, que no sabía leer música, fue el primer guitarrista y llegó a dirigir la orquesta de esta extraordinaria artista durante seis años en su época de oro. Con ella recorrió toda Europa e integró uno de los espectáculos emblema de la belle epoque parisina. “Hicimos giras, muchas giras, algunas de hasta 9 meses sin pisar París.

Estuvimos en Egipto, Grecia, África francesa, Inglaterra, Alemania, España, Italia, Finlandia, Noruega. Conocí a los grandes del jazz: Louis Armstrong, Duke Ellington, Big Coleman, Sidney Bechet, Coleman Hawkins, Benny Carter, Herman Chittison, Freddy Taylor”.

 

En esos años, Duke Ellington, de gira por Francia, le pidió a Baker que le presentara a su guitarrista. Lo escuchó durante una media hora y luego le propuso integrarse a su orquesta como solista. Josephine se opuso: “No, ¿dónde encuentro yo un tipo que haga todos los géneros que hace Oscar: que baile, zapatee, cante? Además, tengo siete trajes hechos a su medida, zapatos y todo, del mismo color. Y esos trajes no me sirven para otro tipo. Y, además, su reemplazante tiene que ser negrito”.

Alemán se lamentaba años después: “Y por eso no fui a los Estados Unidos y tuve que quedarme en Francia”. Pero sin rencores: “La verdad, yo en el lugar de ella, hubiera hecho lo mismo”. En 1938 inició una prolífica carrera solista y fue figura notable del Hot Club de París con su Quintet. El eximio clarinetista Claude Luter dio fe de ello durante una presentación en Buenos Aires, cuando le preguntaron sobre los requisitos para ser miembro de ese club.

“La pregunta me hace reír, porque cuando yo miraba de afuera, Oscar Alemán ya estaba adentro del Hot Club de Francia, fumando sus cigarrillos y tomando whiskies con Django Reinhardt, con Stephane Grapelly y con las más grandes figuras. ¿Por qué me pregunta a mí? Tiene que preguntarle eso a Oscar”.

La guerra lo expulsó de Europa. “Tuve que soportar a los alemanes unos dos o tres meses en París. Regresé en 1941. Yo vi pasar a los invasores por la Place Pigalle. No tengo animosidad contra ningún alemán y además me llamo Alemán, pero no me gustó nada que invadieran Francia. Vendí todas mis cosas y llegué a Buenos Aires con una mano atrás y otra adelante”.

VOLVER

En diciembre de 1941 llegó a Buenos Aires, donde el brillo de su fama no había alumbrado. Pero formó un sexteto de jazz para el que reclutó al notable violinista chileno Hernán Oliva, y rápidamente se transformó en una estrella de la radio y de los circuitos bailables, donde su vena de showman tan entrenada en Europa lo transformó en uno de los favoritos del público.

Así fue tres veces requerido por el cine (Buenos Aires canta (1947), El ídolo del tango (1949) y Historia de una carta (1957), donde es protagonista) y grabó nueve discos hasta 1957. Para entonces, el auge del rock y el pop desplazaron al jazz como música bailable, principalmente en la faceta comercial.

Alemán, que había sido siempre “manosuelta” con sus ganancias, sufrió la evidente reducción de los contratos y fue entrando en un oscuro ostracismo que lo recluyó por largos años, dando clases particulares en su casa y tratando de huir de las garras del alcohol.

DE LAS CENIZAS

Su “resurrección” fue provocada por Duke Ellington, cuando en 1968 vino a Buenos Aires para un par de conciertos. “Fui a buscarlo a Ezeiza, y en el viaje me dice “¿Vos lo conocés a Oscar?””, cuenta Kano Herrera, por entonces dirigente del Círculo de Amigos de Jazz, que había organizado la visita del Duke. ¿A qué Oscar?”. Ellington me dice: “A Oscar Alemán, dónde está?”

Yo no sabía nada de Oscar, y le dije que me diera un tiempo para ubicarlo”. Luego de encontrarlo, “Lo fui a buscar y entramos por el pasillo del Gran Rex, que es medio dificultoso porque hay una escalera. Oscar me agarraba del brazo y así llegamos al camarín. Se besaron como viejos amigos, un beso en cada mejilla, y comenzaron a hablar en francés. Yo me hice a un costado.

También estaban Johnny Hodges y Harry Carney. Los tipos que lo habían visto en Francia en aquellos años... Estos músicos fueron los más fieles a Ellington... Se sentaron, estaban cansados, todos tenían más de 50 años promedio y venían viajando desde Rusia. Leer la lista de los conciertos que habían dado antes de recalar en Buenos Aires ya te cansaba.

Oscar quedo allí. Lloraba y se estremecía. Todos lo besaban, lo tocaban. Ellington lo miraba y le decía: ‘Bueno, Oscar, estás bien, tenés que volver, ¡vas a volver! Vas a volver a tocar otra vez’. Oscar lloraba como un chico que ve a su padre. No dejaba de estremecerse.

Y tras este encuentro Oscar se reinventó, lo reinventaron, lo redescubrieron”. Volvió a tener contratos en el país y en el exterior, y a sentir el calor de los aplausos. Grabó otra media docena de discos, entre ellos los muy recordados con la orquesta de Jorge Anders, y sobre todo Alemán 72, donde toca, con el mismo cavaquinho por el que tanto trabajara cuando niño, un tema compuesto en su adolescencia: OA 1926. Oscar Alemán murió el 14 de octubre de 1980.

Dice el periodista Sergio Pujol: “Su música siempre contagió una energía inconmensurable. Energía propia del jazz, pero también del samba carioca, el baión, el boogie woogie, el primer rock and roll. Todas esas músicas emanaron de sus manos, de su cuerpo, de su voz. El las convirtió en puentes plateados entre la Argentina y el mundo”.

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Rubén Tonzar
Rubén Tonzar