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Trazos de una peregrinación al fondo del alma

Las experiencias y especialmente las del alma, no son transferibles, ya que sabe siempre a poco narrar o describir un viaje en el que los protagonistas no fueron solo los peregrinos, sino y de manera absoluta el peregrino por excelencia que fue quien nos llevó hasta ese lugar.

Me animo a escribir estas vivencias personales solo porque creo que lo que no se comparte se pierde. La verdad es que yo no quisiera que se pierda o quede solo en mí, el impacto espiritual que produjo en nuestras almas la visita a Tierra Santa, realizada con un grupo de peregrinos del Chaco, en el marco de los 25 años de mi ordenación sacerdotal.

Creo sinceramente además que mis impresiones reflejan la vivencia de todos los peregrinos que hicimos parte de esta inolvidable experiencia. Primera impresión: Tierra Santa verdaderamente es un lugar sagrado, cada piedra, cada árbol, cada lugar, cada iglesia, templo, sinagoga o mezquita, habla de que este es un lugar en el que ha quedado atrapado el cielo.

¿Será quizá la fe?, ¿o quizá la emoción del peregrino que llega ese lugar con una predisposición hacia lo sobrenatural?, no lo sé, lo cierto es que cada paso que dimos, cada misa que celebramos en esos lugares santos, fue como un estar actualizando el misterio de nuestra salvación en el lugar puntual en el que sucedieron esos hechos. Fuimos tras las huellas de Cristo, con esa esperanza y expectativa, y, ciertamente, no solo nos encontramos con sus huellas, sino con su presencia viva y real acogiéndonos en cada lugar.

Todo irradia lo divino en Tierra Santa, es imposible no sentir que esos lugares fueron verdaderamente testigos del paso de Dios por la tierra en la persona de Jesucristo

Todo irradia lo divino en Tierra Santa, es imposible no sentir que esos lugares fueron verdaderamente testigos del paso de Dios por la tierra en la persona de Jesucristo. Desde el mar de Galilea con las barcas agitándose en las olas y la brisa fresca que parecía hablarnos de eventos inmemoriales, y hasta aquella playa memorable donde Jesús llamó a sus primeros discípulos, parecían pintarnos la realidad de aquel tiempo, en el presente, con imágenes sobrecogedoras de un pasado que parecía cobrar vida ante nuestros ojos.

UN MISMO ORIGEN

Cada cita del Evangelio meditada en el lugar cobraba vida cuando nuestros sentidos y nuestros espíritus entraban en contacto con aquellos lugares, para nosotros sagrados. Así fue en la casa de María y en el taller de José en Nazaret. Lo mismo sucedió en la cueva de la Natividad, cuando besamos la estrella que marca el lugar exacto de ese alumbramiento celestial.

El agua transformada en vino en Caná de Galilea fue una alianza de amor con el esposo del alma y fueron realmente bodas del alma con el cordero lo que celebramos en ese lugar, cuando el primer milagro de Cristo fue proclamado como palabra en el exacto lugar donde sucedieron aquellos hechos que marcaron el inicio del ministerio público de Jesús.

AGUAS MÍSTICAS

Caía la tarde cuando llegamos al Jordán y cuando cada uno fue sumergiéndose en ese místico rio, renovando sus promesas bautismales para fundirse dentro del misterio del amor de Dios y experimentar en lágrimas la fuerza de la fe y la gracia eficaz del sacramento del bautismo que conmovía nuestras almas; se hizo perceptible la acción del Espíritu Santo que convierte y sana, inunda y envía por los siglos de los siglos a los testigos de Cristo; Jordán antiguo y nuevo de los ritos bautismales, que nos traspasó el alma con la fuerza profética del bautista que pervive en ese lugar y la voz potente del Padre llamándonos sus hijos predilectos.

El Jordán realmente nos emocionó en extremo. Imposible no conmoverse al saber que nos bañábamos en el mismo lugar en el que hace dos mil años, Juan el Bautista predicaba la conversión y el mismo Jesús, sin necesitarlo, recibió el bautismo en este calmo, misterioso y sagrado río.

Bienaventurados son los pobres de cualquier modo, bienaventurados los que luchan por la paz, proclamaba su palabra mientras subíamos al tabor, y allí en luz transfigurados, comenzamos nuestra bajada hacia Jerusalén.

LUGAR DE DOLOR

Jerusalén es la ciudad santa donde conviven las tres grandes religiones: la judía, la cristiana y la musulmana. Y entre los cristianos, las distintas ramas de las iglesias orientales ortodoxas y rusas. Imposible no pensar en Dios cuando se llega a Jerusalén, dentro de sus muros verdaderamente se respira y se palpa a Dios.

Aquí se vivieron las instancias cruciales de nuestra salvación. Entramos por el camino del Domingo de Ramos y la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y en la parte alta de ese camino, contemplamos la ciudad tal cual la contemplo Jesús, en lágrimas, porque habiendo sido visitada esa ciudad por Él, no lo había reconocido como su Mesías y Señor.

Llora por la ceguera de tantos y llora Dios, fundamentalmente, porque quien no reconoce su visita, también en el momento presente de la vida, está condenado al fracaso y a la destrucción como Jerusalén. Y así llegamos al clímax de nuestra peregrinación: el cenáculo, lugar donde Jesús celebro la primera misa, de allí bajamos al huerto actualizando en nuestras almas aquella triste noche del huerto de Getsemaní.

Celebrar la santa misa sobre la misma piedra en la que Jesús lloró lágrimas amargas y sudó sangre, fue, sencillamente, celebrar el misterio con el alma en conmoción. Desde allí, todo el calvario de Jesús en nuestros sentidos y en nuestras almas y toda la pasión de Cristo ensombreciendo el alma que se desgranaba en lágrimas ante el impre