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La ruptura del orden moral concluye en el homicidio

“Sepan que el salario que han robado a los trabajadores está clamando al cielo y el clamor de ellos ha llegado a los oídos del Señor del universo. Ustedes llevaron en este mundo una vida de lujo y de placer y con eso se han preparado para el día del juicio porque han condenado y matado al justo e inocente”, Sant. 5, 1-6.

La pobreza máxima en estos tiempos que vivimos se llama “ausencia de Dios”, sin Dios y sin el santo temor que impone respeto, orden y moralidad, el hombre queda expuesto no solo a su inmensa fragilidad, sino listo para actuar en su nivel más instintivo todo tipo de perversiones e inmoralidades.

En el relato del Génesis se habla de este orden moral que Dios le había impuesto a la creación y que el hombre inmediatamente transgrede en el jardín del Edén. El hombre podía disfrutar de todos los árboles de ese idílico jardín, menos de aquél que Dios le había señalado como árbol prohibido.

La pobreza máxima en estos tiempos que vivimos se llama ausencia de Dios

La significación del símbolo bíblico del árbol prohibido representa la libertad humana que, aunque es libre en su albedrio, sin embargo, está sujeta a un principio superior que garantiza la armonía en lo creado, frente a la amenaza latente del desmadre de la libertad humana en pro de la sola obediencia a la naturaleza.

Huelga recordar que el ser humano es una integridad armónica constituida intrínsecamente por materia y espíritu. De ese perfecto equilibrio entre lo que también se define como alma y cuerpo, depende la plena realización del hombre como ser humano y como creación de Dios.

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El desfase de cualquiera de estas dimensiones terminará en un fundamentalismo ideológico que le acarreará solo males a la humanidad. La palabra de Dios que expresa de manera sublime el proceso de la autoconciencia humana en ruta hacia su destino, irá ampliando los horizontes y las perspectivas de esa historia, guiando al hombre hacia su deber ser, en la casi siempre oscura noche del espacio y del tiempo.

La palabra de Dios en efecto será como un alto parlante o un faro que irá haciendo progresar esa conciencia hacia el nivel más alto de la dignidad del hombre y de la creación, fruto de la interlocución que la creatura establecerá con su creador.

La ruptura de esa interlocución en el jardín del Edén produce una catástrofe: el hombre al desconocer a su creador confundirá el sentido de lo creado y por eso ya que el hombre desconociéndose incluso a sí mismo, al romper el orden moral de ese paraíso termina transformándose en un homicida de sí mismo, simbolizado en el acto fratricida en el que Caín mata a su hermano Abel.

Esa herida original, aunque cancelada por Cristo, sigue abierta en la historia, para millones de seres que aún no han entrado en la dinámica de la verdad que Cristo trajo al mundo. La vía de escape que nos salva del fracaso de la existencia tiene que ver con el amor a Dios y el amor al prójimo; y al fin y al cabo todo se reduce a eso: o a vivir según la ley del espíritu que trasciende lo material para darle al hombre la plenitud sentido de su existencia, o arraigarse en el mundo sensible de la carne para permanecer en un nivel muy básico de la existencia humana que casi no se distinguiría de aquella del mundo instintivo de los animales.

La imagen típica de un mundo gobernado por los sentidos estará caracterizada por el caos y la violencia y el desorden en todos los espacios de ese ambiente vital. Aunque aparezca de manera muy sofisticado el nivel instintivo en el hombre sigue marcando territorio, seleccionando las mejores hembras para garantizar la continuidad de la especie y acumulando alimentos.

El poder y el dinero son los sucedáneos de la comida que el hombre acumula para sobrevivir. Así se descompone una sociedad y una civilización, cuando se pierden de vista los valores fundamentales que deberían definir la calidad del progreso en una sociedad humana. Lo que se constata es que la humanidad se encamina hacia una humanidad cada vez menos humana.

Se perfila un mundo donde todo es cada vez más controlado por la tecnología y oír el mundo de las finanzas desde una realidad virtual. Sociedades enteras están hoy amenazadas y en riesgo por el empobrecimiento del pensamiento humano y la pérdida completa de valores fundamentales que desde siempre sostuvieron las civilizaciones.

Sin familia. Sin educación sin fe y sin un Estado fuerte que garantice a sus habitantes la satisfacción de sus necesidades básicas no hay futuro, hay apenas un submundo que sobrevive sin penas ni glorias.

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Rafael del Blanco
Rafael del Blanco