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La ciencia en estado crítico

No es la primera vez que en la Argentina un gobierno nacional muestra un enorme desinterés por la investigación científica. Ya pasó en los años 90 cuando las políticas de achicamiento del sector público se tradujeron en duros ajustes aplicados al sistema científico nacional. Por estos días, la combinación de una fuerte devaluación de la moneda argentina con inflación, así como los recortes en áreas claves para la producción de conocimiento científico vuelve a poner en una situación crítica a los investigadores.

Desde hace varios meses se viene alertando sobre los problemas que se presentan para la adquisición de insumos para la investigación experimental, ya que se trata en su mayoría de elementos importados.

Pero si la situación económica es un problema, las respuestas políticas del gobierno nacional en esta difícil coyuntura no dejan lugar a dudas respecto al lugar que, según entienden los principales funcionarios de la administración Macri, debe ocupar la ciencia en un país como la Argentina: la decisión de pasar el Ministerio de Ciencia y Tecnología al rango de secretaría confirman lo que, en rigor, ya se sabía, y que es que en los gobiernos conservadores no consideran que los recursos que se vuelcan en la investigación experimental sean fundamentales para lograr una transferencia de innovación tecnológica al sector productivo y de servicios.

En una reciente entrevista concedida a un medio nacional, uno de los científicos argentinos más destacados y reconocido en todo el mundo por sus trabajos en el ámbito de la biología y la genética, el doctor Alberto Kornblihtt, advirtió que la situación actual “lleva a la muerte de la investigación experimental” en el país. ¿Exagera? Lamentablemente, no.

Kornblihtt explica que los sucesivos ajustes que se practicaron sobre el sistema científico hicieron que sea prácticamente imposible continuar con muchos experimentos que se venían llevando adelante, e incluso cada vez es más difícil mantener abiertas las puertas de los laboratorios nacionales.

Incluso cada vez es más difícil mantener abiertas las puertas de los laboratorios nacionales 

En su opinión, las decisiones económicas adoptadas en Balcarce 50 fueron un golpe muy duro para todo el sistema científico-tecnológico argentino. A modo de comparación, el científico observó que cualquier laboratorio de cualquier país del primer mundo dispone de alrededor de 100 mil dólares por año, mientras que en la Argentina, los recursos pueden llegar a lo sumo a unos 8 mil anuales y con esos magros recursos deben arreglarse para continuar con los proyectos de investigación.

Es que en los países desarrollados que decididamente apoyan a su sistema científico tecnológico tienen en claro que para incubar una industria hay que protegerla. Sobre ese tema, el doctor en Ingeniería y especialista en mecánica computacional, Eduardo Dvorkin, reconocido por sus trabajos en proyectos satelitales, recordó que en Estados Unidos por ejemplo, empresas como Google y otros gigantes de Silicon Valley crecieron y se desarrollaron al calor de programas financiados por el Estado norteamericano.

Lo mismo puede decirse de las empresas de biotecnología con sede en Boston que son conocidas por sus trabajos de articulación con programas oficiales estadounidenses. Eso es lo que se hace en Estados Unidos desde hace varias décadas y es lo que garantiza que su sistema científico tecnológico esté permanentemente a la vanguardia en el mundo.

En la Argentina, en cambio, se observa desde el año 2015 un lento pero sostenido desajuste entre los institutos de investigación con las empresas del Estado y del sector privado que trabajan en el campo de la tecnología. Es lamentable que se insista desde el Ejecutivo nacional con las ya conocidas recetas de ajuste, ahora también convalidadas por el Fondo Monetario Internacional, cuyos resultados desastrosos ya se vieron en otros períodos de la historia reciente.

Desfinanciar en forma deliberada el trabajo de los investigadores hipoteca el futuro del sistema científico argentino. El bienestar que hoy disfrutan la mayoría de los ciudadanos de los países más adelantados del mundo se apoya, en gran medida, en políticas públicas de respaldo a la comunidad científica que esas naciones mantuvieron al término de la Segunda Guerra Mundial, durante mucho tiempo, y que fueron más allá de los cambios de gobierno.