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Sergio Schneider
Por: Sergio Schneider

O juremos con los Gloria morir

Los últimos días confirmaron que los argentinos estamos condenados a escribir nuestra historia subidos a una calesita que permite que nuestras esperanzas aleteen sobre caballitos y cisnes de colores hasta que, indefectiblemente, el viaje circular nos devuelve al mismo andén de fracasos y decepciones que nos sirvió de punto de partida.

Mientras la economía cruje en esta suerte de 2001 en cámara lenta que viene siendo la gestión Macri, las revelaciones sobre la corrupción durante la era kirchnerista desplazan una vez más los límites de nuestra capacidad de asombro. 

DESHACIENDO HISTORIA

En medio de ese escenario quedó situada la conclusión del tratamiento legislativo para el proyecto de legalización del aborto. El Senado, como se veía venir, fue más permeable que Diputados a las presiones de los sectores y corporaciones que rechazan la idea del aborto legal -con la Iglesia Católica a la cabeza-, y decidió mandar al archivo el proyecto que había obtenido media sanción en la Cámara Baja, con la sensación de que el cambio normativo bloqueado en la madrugada del jueves acabará imponiéndose tarde o temprano, y casi seguro que temprano. Nadie logra, con atrasar los relojes, que el tiempo deje de ir hacia adelante. 

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Por otro lado, el desenlace de la discusión en el Congreso dejó intacta la realidad de desprotección y vulnerabilidad que viven miles de mujeres y sus entornos, que el debate había dejado más a la vista que nunca. Tanto que a la par de la sesión en el Senado se conocía la noticia sobre una joven madre oriunda de Coronel Du Graty que habría fallecido por un aborto clandestino.

Alrededor de 1.800 mujeres debieron ser internadas en hospitales del Chaco el año pasado para ser atendidas por secuelas de gravedad variada que les dejaron prácticas abortivas. Y son apenas una parte de las miles que abortan en clínicas y consultorios privados, en viviendas de curanderos y otros audaces, o en sus propias casas mediante procedimientos farmacológicos.

NEGACIÓN MILITANTE

La sesión fue un aliciente para Cristina Kirchner, que invocó charlas familiares para justificar su voto a favor del aborto legal luego de que se negara durante sus dos mandatos presidenciales a habilitar su tratamiento institucional. Ahora tiene por delante un escenario judicial que se le complicó como nunca antes y que le agenda para mañana una indagatoria ante el juez Claudio Bonadio.

Los cuadernos Gloria de Omar Centeno, el chofer de Roberto Baratta (el segundo de Julio De Vido en el Ministerio de Infraestructura), por lo visto no son pura fantasía, como de inmediato buscaron presentar dirigentes, militantes y comunicadores kirchneristas. O, si lo son, algunos de los empresarios más poderosos de la Argentina los creyeron reales, y de tan ingenuos corrieron a hacer fila en Tribunales a fin de contar cómo funcionaba el sistema de coimas que operaba como casilla de peaje insoslayable - durante los años de Néstor y de Cristina- para acceder a contratos nacionales de obra pública.

Carlos Wagner, expresidente de la Cámara Argentina de la Construcción y uno de los mimados del poder K, fue muy claro en su confesión: las coimas eran parte de una metodología que no figuraba en ningún papel pero que regía firmemente en la asignación de obras. Darles a los funcionarios entre el 10 y el 20% de los presupuestos de cada emprendimiento era el pago que se hacía para ganar licitaciones arregladas.

La locuacidad del constructor hasta podría derribar la estrategia de los empresarios de presentarse como víctimas de un simple mangazo “de aportes para campañas”. En realidad eran partícipes de una cartelización de la obra pública. La misma que denunció Roberto Lavagna en 2005 y le costó el cargo.

Wagner también habría sido contundente en cuanto a que Néstor y Cristina eran los destinatarios principales de los bolsos con los millones de las coimas. Lo mismo que dijo Centeno. Lo mismo a lo que apuntan todas las pruebas recogidas desde las revelaciones de Leonardo Fariña hasta aquí.

EQUIPO QUE GANA NO SE TOCA

No hay mucho derecho a hacerse los sorprendidos: era lo mismo que los Kirchner habían hecho en Santa Cruz, desde la llegada de Néstor a la intendencia de Río Gallegos y luego a la gobernación de Santa Cruz. Un verdadero mago que con su varita mágica -la lapicera con la que firmaba adjudicaciones- era capaz de convertir en potencia de la construcción a un simple empleado bancario como Lázaro Báez, a empresario de medios a un chofer como Rudy Ulloa, o transformar al jardinero Ricardo Barreiro en empresario transportista y hotelero.

Y en esas historias, siempre presentes, De Vido y su equipo, que no por casualidad jamás dejaron de estar en los gabinetes del matrimonio Kirchner. Ni en los de la provincia ni luego en la Rosada. Demostraron ser geniales en lo suyo.

Por supuesto que la negación kirchnerista persiste. “Es una maniobra del gobierno de Macri para sacar a Cristina de la cancha”, recitan a coro. De la utilización política de la historia por parte de Cambiemos no se puede dudar. ¿Pero del robo sistemático al Estado no tienen nada para decir?

Conviene recordar que los bolsos circulaban en un país al que no le sobraba nada, sino todo lo contrario. Cuando el kirchnerismo dejó el poder, el 29% de la población se encontraba bajo la línea de pobreza (según datos del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, que hoy sitúa ese índice por encima del 32%). Y los millones que se llevan los funcionarios corruptos siempre faltan en los mismos lugares: allí donde más hacen falta. ¿Se puede actuar durante toda una carrera política como un ladrón compulsivo y al mismo tiempo ser “lo mejor para el país”?

LIBROS QUEMADOS

La gestión kirchnerista dio a luz a la presidencia de Macri. El voto independiente huyó hacia Cambiemos para castigar los rasgos más destacados de la administración que concluía en 2015. Las encuestas marcan que muchos de ellos están arrepentidos de su elección. La imagen presidencial pierde terreno, y es lógico. El ajuste siempre suma un capítulo nuevo, y los “reacomodamientos” de precios y tarifas le vienen dando una paliza memorable a los salarios. Además, ya nadie habla de brotes verdes, y se pierden empleos. La inflación acabará siendo en 2018 aún peor que la que dejó Cristina en 2015.

EL EJEMPLO DEL CHACO

El apriete de cinturones se veía venir. Como ha ocurrido siempre en nuestro país, los años de contexto internacional favorable (el inédito incremento de los precios de las materias primas, con la soja como diva máxima) generaron ingresos que se volcaron más a bancar nuevo gasto público que a darle a la economía un desarrollo de perfil industrial.

El Chaco es un buen ejemplo. Los 43.842 empleados públicos de planta que tenía el Estado provincial en 2007 se convirtieron en 64.133 en 2015.

Los años excepcionales que tuvieron los ingresos provinciales durante ese período permitieron financiarlo. Pero ahora que las vacas gordas desaparecieron, ¿cómo se hace para sostener esa extraordinaria sobrecarga en la masa salarial? La alternativa menos áspera es la que aplica la gestión actual: endeudamiento y retracción del salario real. Eso, claro, irrita, pero ¿la culpa es del que ahora se tiene que ceñir a lo que puede gastar o de quien en su momento manejó los recursos públicos irresponsablemente?

Y, para peor, el gobierno nacional plantea políticas que no resuelven la crisis sino todo lo contrario y poseen un sesgo casi darwiniano. Que sobrevivan los más aptos, y punto, parece ser la consigna de un equipo económico con los libros quemados.

Ni el acuerdo con el FMI, ni las megatasas, ni los recortes en la inversión pública, ni los experimentos en los laboratorios de la bicicletería financiera funcionan. El dólar se arrima a los 30 pesos y el riesgo país vuelve a ser un dato que circula tanto como el de temperatura.

Sin embargo el gobierno no se rinde. Cuenta con que una cosecha récord traccione y saque del pantano y con que sus opositores más temidos queden definitivamente enterrados por bolsos y cuadernos.

Y mientras unos y otros piensan en cómo lograr que el año que viene los electores los vean como los poseedores de los traseros menos sucios, la gente común tiene la mente en otra cosa. En llegar a fin de mes, en darle a sus hijos una vida mejor que la que tuvieron ellos, en que la Argentina sea alguna vez un país normal. Un loco sueño que, con el 2019 a la vuelta de la esquina, no tiene abanderados a la vista.