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Algo más sobre el idioma

No pocas veces han llamado la atención algunos deslices de la Real Academia Española, institución rectora de la lengua con más de trescientos años de historia. El 3 de enero de 2000, en estas mismas páginas, publicábamos la nota Reales desaciertos de la Academia Española, en la que señalábamos una serie de yerros o contradicciones que pudieron haber provocado el desconcierto de más de un lector debidamente informado.

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Por Enrique Gamarra

 Doce años después, el 11 de marzo de 2012, dábamos a conocer Acerca del idioma, compendio de algunas curiosidades de la lengua dignas de ser tenidas en cuenta- voces de uso común sobre cuyo significado transitamos sin prestarles la atención debida- además de una serie de vocablos científicos de uso incorrecto.

 Ahora, la primera duda que debemos expresar tiene relación con el último diccionario de la Real Academia Española- Vigesimotercera Edición- según consta en la portada correspondiente. Nos preguntamos el motivo por el cual se omite en el diccionario el ordinal vigesimotercera cuando están presentes, por ejemplo, los ordinales decimotercera, decimocuarta, decimoquinta, decimosexta, decimosegundo, etc. 

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 Como se expresaba en la nota anterior sobre el idioma, la RAE, en su última Ortografía de la lengua española, de 2010, acepta las voces güeso, güevo, güeco, chiguágua (con tilde), entre otras. De idéntico modo, convalida también algunos vocablos del inglés: güisqui, sánduche o sánguche, esmoquin, campin, castin, pircing, sérif, beis, yunior, baipás, rugbi, rugbista. Pero sucede que en el último diccionario de la RAE, de 2014, la mayor parte de estas voces no figuran. ¿Cómo se manejará entonces quien deba hacer uso de ellas, sobre todo quienes hemos pasado la vida enseñando normativa de la lengua española? ¿Y por qué no se convalidaron las palabras restantes? Los vocablos de la lista que no figuran son: güevo, güeso, güeco, campin, castin, sanduch o sanguche, rugbi (sí rugbista), sérif, pircing y yunior.

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 La voz solo ejemplifica un caso particular. En la nota de referencia, Acerca del idioma, consignábamos que esa voz, solo, por disposición de la Ortografía de la lengua española, en ningún caso irá acentuada, aun cuando se prestara a equívocos semánticos. Al respecto, citábamos un caso revelador: Fue solo a contemplar lo que ocurría. Aquí la ambigüedad semántica se hace más que notoria. ¿Fue solo (nada más que) a contemplar lo que ocurría o Fue solo (sin compañía) a contemplar lo que ocurría? Sin embargo, cuatro años después, en 2014, el último diccionario de la Academia admite la posibilidad de la acentuación cuando el texto se preste a la ambigüedad de significación. Para tal fin emplea el presente del modo indicativo, puede llevar tilde, de lo cual se deduce claramente que en ningún caso será error si se escribe solo sin acento, pues ese tiempo verbal, puede, no denota obligatoriedad.

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 El 5 de marzo de 2012 la Real Academia Española hizo conocer una suerte de digesto o informe contra el latiguillo lingüístico todos y todas, de moda en nuestro país y Venezuela, dejando en claro que no existe discriminación cuando se usa el masculino para designar a hombres y mujeres, además de que ese hábito implica la negación de lo genérico en cuanto conjunto de miembros de una clase o especie, tal lo define la propia RAE. Dicho informe aclaraba la no conveniencia de pasar al género femenino el nombre de algunas profesiones, tales como jueza, capitana o tenienta. Sin embargo, y he aquí otra contradicción, siempre ha considerado correcta la forma presidenta, como también las palabras regenta, intendenta, asistenta, acompañanta, sirvienta, clienta, concejala. A esta lista se habrá de agregar fiscala, de más reciente aprobación. ¿Se entiende entonces aquella recomendación del informe citado? Son correctas, también, las voces individua, aprendiza, cacica, sargenta, mayora, almiranta, generala, comisaria, coronela y finalmente militara, tal como citábamos en la nota Acerca del idioma, del año 2012.

 Por todo lo expuesto y dejando de lado el tratamiento de las incorrecciones, se hace evidente que no existe en nuestra lengua una intención discriminatoria. ¿Habrá que admitir, más bien, una discriminación a la inversa?