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Eduardo López
Por: Eduardo López
La página del lunes

La Justicia ante una prueba de fuego

Nunca es bueno generalizar, sobre todo cuando se emiten opiniones, pero sí es pertinente hacerlo sobre el consentimiento de la mayoría, que por lo general se basa en el sentido común. Al referirse a la Justicia las encuestas revelan hoy que es el poder del Estado en el que menos cree la gente. Solo uno de cada diez argentinos admite que sus integrantes cumplen en forma cabal con su cometido. Algo que no sucedía dos o tres décadas atrás, tiempo en el que era el poder con mayor credibilidad.

Está admitido que la Democracia es la mejor forma de gobierno y que se ejerce a través de tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, cada uno con su cometido específico, sus prerrogativas y su independencia y con una necesaria e imprescindible armonía porque actúan sobre las mismas personas. Cuando alguno de ellos se desequilibra, se desequilibra el accionar del Estado.

Y estos tres poderes lo son de una Democracia, gobierna el pueblo, a través de sus representantes. Hablando bien y pronto, el Poder Judicial, por su estructura, por el modo de elegir sus miembros, por la duración de sus mandatos y por el contacto que tienen con la gente a la que se deben, es el menos democrático de los poderes. Hubo un tiempo, y todavía se lo dice, que los jueces hablaban sólo por sus sentencias. Y es una verdad primordial, pero no suficiente. Hay veces en que quienes imparten justicia deben, están obligados, a tomar contacto con quienes se deben y a quienes deben impartir justicia. Tarea que no es producto de una fórmula matemática y que tiene infinitos vericuetos de circunstancias históricas, personales, que solo se pueden conocer tras una especial observación y estudio de los sucesos y de las leyes que lo rigen. Es como que se ha olvidado que el impartir Justicia es una tarea de la Democracia y no el resultado de un artilugio donde prevalecen los juegos legales antes que los hechos reales y patentes.

Rasgos propios

Siempre lo fue, y lo sigue siendo, el de la Justicia, un Poder alejado de la gente a la que se debe. Casi misterioso. Con poco acceso a sus edificios. Con el uso de un lenguaje “ininteligible” propio de los claustros del Derecho y alejado de la vida diaria. Otro rasgo propio de este Poder del Estado y de la Democracia, valga repetirlo, es el de su lentitud, favorecida por muchos motivos. La burocracia inherente al trámite legal, los intereses creados y presiones de los otros poderes y de particulares, las chicanas legales y de interpretación, los incidentes y tantas otras argucias que muchas veces convierten lo que fue un delito en un acto de virtud. Y Justicia que tarda, no es Justicia.

Como si fuera poco, a todo esto, se suma la eternidad de los mandatos, una vez llegado al poder. Desde el momento del nombramiento en el cargo, este puede ser dejado por renuncia, jubilación o destitución, algo que casi nunca sucede porque el camino hasta ella se ha tornado casi imposible ya que el Consejo de la Magistratura suele estar viciado de la acción político partidaria. No pasa como en los demás poderes donde el mandato tiene una extensión limitada. Tampoco se le exige una reválida del cargo apelando a una revisión de su comportamiento. Como es sabido tampoco pagan el impuesto a las ganancias y, es poco probable, que no se ejerza otro tipo de actividad mientras se ejerce la judicatura.

Autocrítica

En la estructura del Poder Judicial existen los jueces de primera instancia, las Cámaras y el Superior Tribunal de Justicia y muchas veces sentencias condenatorias en primera y segunda instancia son anuladas por el Superior, que en determinadas situaciones obliga a un nuevo juicio. Todo ello implica que en algunas de las alternativas anuladas existió negligencia o mala praxis. Sin embargo, no se conoce que esta mala praxis tenga sanciones como las tienen errores en otras profesiones, la Medicina, por citar la más común.

Estos son algunos los rasgos que determinan que la Justicia sea en estos momentos el menos creíble de los Poderes de la democracia y que se lo considere como algo alejado de la vida de los ciudadanos. Sólo dicen creer en ella los que forman parte de ese diez por ciento que recibió una sentencia justa y a tiempo. Esto determinaría que es necesaria y urgente una autocrítica que debe nacer de sus propios miembros y de una toma de conciencia de lo que sucede. La gente habla de desprestigio, de Justicia lenta y venal que necesita una reforma de fondo en todo su accionar. El clamor popular crece y como nunca lo está exigiendo como se pudo comprobar el jueves pasado en la Capital Federal, con una marcha convocada por las redes.

El Chaco

Pensamos que la Justicia del Chaco, si se lo propone, tiene una buena base para avanzar en los cambios de fondo que se necesitan. Fue pionera en la creación del Consejo de la Magistratura y en la implementación de otras reformas. Tiene una estructura sólida y, en algunos casos innovadora, como la incorporación de intérpretes de lenguas aborígenes. La mujer forma parte fundamental de su estructura como que tres de los cinco miembros del Superior Tribunal son del sexo femenino y existen numerosas juezas en todos los estamentos. Eso potencia ese casi innato sentido de la Justicia que tiene la mujer y que ha hecho que se la represente con una imagen suya, con los ojos vendados.

En estos días la Justicia del Chaco, tanto en el ámbito provincial como federal tiene pendiente causas que mantienen en vilo a la ciudadanía y que necesitan una pronta resolución por la gravedad de las acusaciones a altas autoridades y por sus implicancias. Es una prueba de fuego que no puede dilatarse indefinidamente cualquiera sea su resultado y que puede dar como veredicto un mayor descreimiento, o por el contrario un soplo de aire fresco al saber que se imparte justicia, sin mirar la investidura, el origen político o el tamaño de la billetera, sino solo el cumplimiento de la ley.