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Sergio Schneider
Por: Sergio Schneider

Pero Máxi se ríe

Preparan el teléfono para hacerle una foto, y Máxi sonríe. No tiene que forzar nada, porque él es así. Máxi sonríe mucho. A pesar de lo que pasó, a pesar de lo que le hicieron, a pesar de los más de dos años viviendo en hospitales, a pesar de que hasta sus padres perdieron la cuenta de la cantidad de cirugías a las que debió ser sometido. A pesar de que quien le cambió la vida de un modo brutal lleva cuarenta meses libre, “prófugo” de un sistema judicial y policial que pareciera no buscarlo. Como si no hubiese pasado nada. Pero sí que pasó.

En agosto de 2014 a la casa de Máxi, en el barrio Jesús de Nazareth, en Resistencia, llegó uno de sus amigos de la cuadra para invitarlo a jugar a su propia vivienda. Máxi -que en aquel momento tenía 7 años de edad- fue, y allí fue sometido por el padre de su amigo. El criminal encendió una máquina de cortar pasto para que el ruido tapara los gritos y el llanto, y se encerró con su víctima. Luego de violarlo, le dijo que si le contaba a alguien lo que había sucedido lo mataría. Y lo dejó ir.

Otra vida

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El niño, aterrorizado por lo vivido y por las amenazas, regresó a su casa y calló. Vivía con su padre, su madre, y seis hermanos. Al poco tiempo, declaró dolores abdominales que originaron algunas consultas médicas. Pero recién cuando lo observó un cirujano infantil comenzó a salir a la luz la verdad. El profesional observó gravísimas lesiones anales e intestinales en el chico, y su intervención permitió que se abriera una investigación judicial que quedó a cargo de la Fiscalía Nº 9 de Resistencia, a cargo de Carmen Scarpin. A esa altura de los acontecimientos, el violador, al que todos conocen como “Japo”, ya había desaparecido del barrio.

La situación de Máxi, en tanto, iba empeorando. Tras varias cirugías y meses de internación en Resistencia, fue derivado al Hospital Garrahan, en la Capital Federal, donde está desde septiembre de 2016. Hoy el cuadro de Máxi –que ya tiene 10 años- sigue siendo grave, y todavía no están claras cuáles serán las secuelas con las que deberá cargar para siempre si logra sobrevivir a la maratón de intervenciones que viene afrontando por la situación crítica de sus intestinos, que quedaron virtualmente destrozados y demandan una labor quirúrgica de reconstrucción dolorosa y descomunal. Máxi está colostomizado para que pueda eliminar sus heces, y por lo comprometido que está su sistema digestivo se alimenta a través de un catéter. Hubo meses en los que ingresó hasta tres veces por semana a quirófano para realizarle una limpieza interior de su abdomen, a raíz de pérdidas de líquidos y elementos fecales que generaban el riesgo de una sepsis letal. Eso sucede aún de vez en cuando.

El año pasado los médicos intentaron colocarle una malla abdominal para que pueda contener a sus intestinos, pero las cosas no funcionaron bien. El cuadro continúa siendo tan frágil que hubo que asumir la derrota y el chico permanece con su pancita abierta. Tiene allí una “ventana” de diez centímetros por quince. En algunas semanas más se hará un nuevo intento.

Contar lo incontable

En diciembre pasado, tres años y cuatro meses después de haber sido violado, Máxi fue escuchado por la justicia del Chaco.

La fiscalía a cargo del caso consultó a los médicos del Garrahan si el nene estaba en condiciones de viajar a Resistencia para brindar su testimonio, y la respuesta fue que el chico estaba lúcido y vivaz pero que era desaconsejable un traslado hasta el Chaco.

Eso hizo que un ambiente del hospital porteño se adaptara para ser utilizado como cámara Gesell, es decir un lugar en el que Máxi hablara y pudiese ser visto y escuchado por los funcionarios judiciales sin que el niño lo advierta. Dicen que su relato sobre lo sucedido aquella vez fue tan claro como estremecedor.

“La causa judicial avanza perezosamente. El posible abusador ‘Japo’, que era vecino, inexplicablemente sigue prófugo desde 2014. La familia de la víctima nunca entendió por qué el abusador no ha sido capturado y juzgado cuando saben que cada tanto reaparecía en el barrio después de que se fuera de su vivienda. Los padres de Maxi están convencidos de que no se quiere detener al abusador”, decía en diciembre un documento del Centro de Estudios Nelson Mandela sobre el caso. La organización que coordina el abogado Rolando Núñez se hizo cargo del asesoramiento legal a la familia, lo cual abre la esperanza de que la causa penal tome otro ritmo.

En verdad, cuesta pensar que un sujeto como “Japo” pueda llevar tres años eludiendo el accionar judicial y policial. Delincuentes prófugos de mucha mayor categoría, influencia, contactos y recursos fueron hallados en menos tiempo, como podemos ver y leer en las crónicas policiales de cada día. ¿Alguien lo protege? ¿O encontrarlo no importa tanto porque Máxi es, al fin de cuentas, un pibe de una familia pobre?¿Ocurriría lo mismo si sus padres vivieran en el microcentro y tuvieran otros ingresos?

Luces en la oscuridad

Lo que sorprende a quienes cuidan de Máxi es su temple y su ánimo.

En estos años afrontó innumerables procedimientos, algunos muy dolorosos, pero él nunca se niega a ser tratado. Como si supiera que no tiene más opciones para seguir viviendo. Como si sintiera que en este mundo no hay mejor plan que seguir viviendo. “Es un chico que nos compró a todos. Es tímido, habla bajito, es un niño lleno de ternura. Tiene a veces sus momentos tristes, pero siempre busca reír –dice Lucy, que con treinta años en el oficio es parte del maravilloso equipo de enfermeras y enfermeros del área CIM 63 que cuida a Máxi en el Garrahan-. Yo no quería saber lo que le había pasado, porque algo suponía y prefería no conocer los detalles. Cuando supe, quise llorar. ¿Cómo se puede ser tan miserable de hacerle todo este daño a un chico?¿Y cómo puede ser que un ser así no esté en la cárcel pagando por lo que hizo?”

Haber llegado al Garrahan es, sin dudas, lo mejor que le podría haber pasado a Máxi. Su alegría empecinada, su saludo mitad ironía mitad esperanza en cada viaje al quirófano (“me voy, nos vemos en un rato”), le hicieron ganarse el cariño de médicos, enfermeros y auxiliares. Ellos ven el calvario cotidiano de ese chico que no baja los brazos aunque lleva un año y medio lejos de su hogar, acompañado sólo por su madre, sin poder ver a su padre ni a sus hermanos porque no tienen dinero para los pasajes ni para los demás gastos que les demandarían visitarlo.

Entonces, Máxi se inventa mundos. Lucy cuenta que lo vio tapándose con una sábana para imaginar que está en una casa propia, con heladera, donde por fin puede hacer realidad su gran ilusión actual: comer de nuevo con la boca, volver al fin a sentir los sabores, y jugar con sus hermanos. Los nombra, cuenta lo que come en su hogar de tela y sueños, se olvida de las dos máquinas a las que está conectado. Los pronósticos médicos son inciertos. A veces logran cerrar algunos de los orificios abiertos en sus intestinos y luego se abren otros en mayor cantidad. Pero Máxi sonríe. Sonríe aunque no sea justo que entre tanta oscuridad a la luz deban ponerla sólo él y las manos benditas que tratan de salvarlo. Señores y señoras del Poder, señores y señoras de la Justicia: pongan algo también ustedes.

Se puede ayudar

La familia de Máxi tiene muchas necesidades. La madre del niño está con él en el Hospital Garrahan, donde están desde septiembre de 2016. Los seis hermanitos del niño viven en Resistencia con su papá, que no tiene un trabajo estable y subsiste con changas. Por eso no tienen ninguna posibilidad de solventar un viaje de visita a Máxi. Quienes deseen colaborar de algún modo con la familia pueden contactarse con el Centro de Estudios Nelson Mandela, que coordina el abogado Rolando Núñez. La sede está en avenida Alberdi 338, de Resistencia, y su teléfono fijo es el (0362) – 442-8475.