Temas de hoy: FMI Desafuero Echezarreta Paro nacional Torturas Mundial Rusia 2018
Para ver esta nota en internet ingrese a: http://www.diarionorte.com/a/161588
Rafael del Blanco
Por: Rafael del Blanco

El Espíritu de Cristo nos envía

Nuestra condición de bautizados nos hace discípulos misioneros de la buena noticia que debe ser anunciada de todos modos. El bautismo nos regenera a la vida nueva para ser testigos de Cristo en el mundo al que somos enviados para ser luz para iluminar a las naciones y ser la gloria visible de Dios reinando en el alma de los redimidos.

Sin embargo, a menudo el mundo en el que nos movemos cotidianamente puede parecernos realmente un desierto. Desierto es todo lo que sabe a estéril y sin vida. Lugar de soledades donde las distancias parecen infinitas. Escenario de soles abrazadores durante el día y de frío insoportable en las horas nocturnas. Geografía de aullidos y de silencios donde todo pareciera conducirnos a la muerte y al fracaso. En ese contexto, sin embargo, surge una luz y una voz, es la luz y la voz de Cristo que nos envía al mundo para ser un mensaje de amor, de unidad y de paz para los que viven en las tinieblas. Ese llamado profundo es nuestra alma espiritual que por ser creados Dios tiene el sello del amor de Dios derramado en nosotros a través del bautismo.

El espíritu santo nos induce a la esperanza, a la conversión y a la vida en santidad, porque en medio de las pruebas y del tedio del mundo opaco y sin luz, tenemos dos alternativas: podemos vivir como huérfanos en un mundo absurdo y sin Dios, o podemos elegir dejarnos amar por ese Dios creador que nos lleva a la luz, al amor verdadero, al perdón, y a la paz. Esa voz que nos anima a vivir de una manera nueva, viene de Dios que nos llama a la vida plena, y por eso, no a cualquier vida, sino a la vida en Dios. Ese llamado, es la fuerza de la gracia bautismal que emerge desde la bruma de nuestros más complejos avatares, para llenar nuestra existencia alborotada, de serenidad y de luz. Esta voz que clama en el desierto, es la mismísima inspiración de Dios que como fuerza arrolladora nos levanta de nuestras tumbas. La fe bíblica nos habla de un Dios rescatador, un Dios que no permanece indiferente frente al sufrimiento de los pobres y mucho menos ante la soledad del pecador. Esta voz que clama en el desierto es el anuncio esperanzador que por el bautismo nos confirma que hay alguien que ha venido a rescatarnos.

El bautismo en efecto nos ha salvado de las tinieblas del pecado que nos mantenía cautivos, viviendo en el rencor y en el resentimiento. No importa si nuestra historia está marcada por el sufrimiento, la prueba, el fracaso y la desolación, sabemos por la fe en Cristo y su espíritu que nos ilumina que alguien emergerá siempre en el horizonte de nuestra vida para sacarnos del abismo en el que nos encontramos. Un cielo nuevo y una tierra nueva amanecerán en nuestras vidas, llenándonos de una sobreabundante carga de amor y de liberación. Solo hay que saber ver y escuchar, la presencia de Dios que está en todas partes y cuya manifestación puede acontecer incluso en las circunstancias más impensadas: una persona, una canción, una lectura, una inspiración profunda del alma y el desierto comenzara a florecer para transformarse en un manantial de vida. Solo necesitamos de la fe. La fe es el cauce por donde Dios como un río desbordado irá llenando nuestra existencia de sentido, de serenidad y de paz. Pero, ¿y cómo obtener la fe, cuando no la tenemos? La fe está disponible a la vuelta de la esquina de nuestra vida en el momento en el que decidamos abandonar la preponderancia de la razón para creer en Dios. Porque racionalizar nos impide contemplar y es preferible la ingenuidad de la fe a la arrogancia de la razón, porque en la ingenuidad hay bondad mientras que en la arrogancia yace escondido un oscuro deseo de poder y autosuficiencia.

La fe en últimas es el gran puerto al que arriba el alma para explicar lo inexplicable y entrar en la dimensión que es “locura para los que no creen” y, sin embargo, “poder y sabiduría” para los que creen en Dios. En efecto por la sabiduría de la fe el creyente supera la racionalidad del mundo, y desecha el entendimiento de los entendidos, para llegar al pleno conocimiento del amor manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor. Esa voz que clama en medio del desierto significa preparar verdaderamente el corazón para poder ver la acción de Dios en la propia vida y entre otras cosas, cambiar el pesimismo por la esperanza, el rencor por el perdón y la incredulidad por la fe. Ya que solo quien cree verá milagros y solo quien cambia el corazón podrá conocer a Dios en su existencia y celebrar su bautismo como el poder sobrenatural derramado desde lo alto para hacernos verdaderamente conscientes de nuestra vocación a la vida eterna.