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Sergio Schneider
Por: Sergio Schneider

Para el futuro o para el pasado

“A Winston le parecía estar recorriendo las selvas submarinas, perdido en un mundo monstruoso cuyo monstruo era él mismo. Estaba solo. El pasado había muerto, el futuro era inimaginable. (...) Y ¿cómo iba a saber si el dominio del Partido no duraría siempre? Como respuestas, los tres eslóganes sobre la blanca fachada del Ministerio de la Verdad le recordaron que: la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”. De “1984”, de George Orwell.

El final del año llega con un sabor amargo dominando ambos lados de la inefable grieta. En territorio kirchnerista por la derrota electoral que, como corresponde a un movimiento político peleado a muerte con la realidad, fue festejada de todos modos para las fotos, aunque instala en sus dirigentes la sensación de que la extinción es inevitable. La derrota de Cristina en la provincia de Buenos Aires, hasta por un candidato de cartón como Esteban Bullrich, dice mucho sobre cómo han cambiado los tiempos. Y la persistencia de su discurso ególatra y cínico, intentando convertir en política una persecución penal por el robo desenfrenado de recursos públicos, le garantiza conservar la incapacidad de reconquistar la franja de independientes que antes la votó para presidente y ahora optó por rechazarla.

Además, las acciones violentas montadas este mes frente al Congreso para concretar el sueño de otro diciembre de 2001 no lograron su objetivo. Para su pesar, tantas horas de enfrentamientos campales no dejaron ningún muerto. Ni siquiera eso. Y así, sin cuerpos tirados en las calles ni helicóptero bajando sobre la terraza de la Rosada, el paquete de leyes solicitado por el gobierno de Cambiemos acabó saliendo con escasos retoques.

Por el lado del oficialismo, la victoria en las urnas sirvió para cohesionar el frente interno pero la alegría duró casi lo mismo que el baile de Macri en el bunker del PRO.

Después los datos de la realidad comenzaron a pinchar los globos: la pobreza descendió tenuemente pero sigue afectando a casi la tercera parte de la población y se va tornando cada vez más estructural; el crecimiento de la economía cortó la tendencia recesiva de los últimos años pero los nuevos empleos que se generan son mayoritariamente trabajos precarios en el sector privado o incorporaciones improductivas al sector público; el déficit fiscal siguió incrementándose en estos dos años y ya está por encima de los cuatro puntos del PBI; las necesidades cubiertas con endeudamiento tampoco bajan su ritmo (el pago de intereses agrega dos puntos más a la significación del quebranto fiscal en relación con el Producto Bruto); la balanza comercial pasa del rojo al púrpura; y las variables macroeconómicas comienzan a crujir.

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Otra mirada, otros roles

La pérdida de poder adquisitivo de los sectores populares a manos de los tarifazos y de la inflación de estos dos años de macrismo no merecieron, sin embargo, una sanción electoral. Cambiemos ganó los comicios federales incluso en distritos con altos índices de pobreza, como el Chaco. Eso parece indicar que al menos en esta estación electoral todavía pesó más la idea de renovarle tanto el crédito al gobierno asumido en 2015 como el rechazo al kirchnerismo desalojado en el balotaje de aquel año. La total carencia de autocrítica en este sector y la persistencia en declarar bravuconadas acabaron manteniendo vivo el juego que más beneficia al gobierno nacional.

Por eso la ola de votos para el macrismo no perdonó ni a Jorge Capitanich, que en Resistencia acumuló cuatro derrotas consecutivas pese a su récord de cuadras pavimentadas.

Es que, además, lo sucedido volvió a mostrar las dificultades de la dirigencia para adaptarse a una realidad política que agregó un nuevo mundo de interacciones, no sólo por el rol de las redes sociales sino por la manera en la que ellas inducen a los individuos a tener una nueva mirada sobre los demás y sobre sí mismos en cuanto a la construcción de “lo público”.

No significa que sea mejor ni que provoque menos decisiones erróneas, pero lo que surge de allí deriva en conductas concretas que modifican -de un modo infinitesimal que a veces se multiplica y a veces no- el tablero. Y esto, a medida que vayan extinguiéndose las generaciones más alejadas de la veneración tecnológica, será más contundente aún.

Verdades a medida

Las redes y la cultura que conllevan -más interacciones interpersonales y azarosas, otros modos de entender los liderazgos de opinión, la tentación de ser parte de un monstruoso jurado que evalúa y sentencia a todos y sobre todo- tanto pueden cimentar los valores simbólicos que apuntalan a un gobierno como acelerar el desgaste de los pilares que lo sostienen.

La gestión de Cristina Fernández fue, en ese sentido, una víctima destacada de esas características del fenómeno.

Aunque la administración K sacó a la cancha su propio ejército de trolls (personas que postean en las redes comentarios dirigidos deliberadamente a provocar reacciones o a sostener/ denigrar una idea política), la guerra fue ganada por los detractores del “modelo nacional y popular”.

El humor, en esa dinámica, cumplió un rol determinante. El estilo grandilocuente de CFK y las contradicciones del discurso sectorial permitieron que los críticos se hicieran un festín con ellos.

En ese aspecto, los nuevos caminos que sigue la construcción del pensamiento político muestran una gran capacidad para la instalación de mentiras como si fuesen verdades, pero todavía un mayor poder de desmantelamiento de las verdades que se apoyan en falsedades.

Por eso, entre ambas cualidades, quienes llevan las de perder son los oficialismos de turno.

Ya no hace falta que aparezca un niño locuaz para alguien diga que el rey está desnudo. Ahora lo dice cualquiera.

Esa lógica, que tan aprendida parecía tener Cambiemos, acabará limando la credibilidad de la gestión actual si Macri & Cía persisten en subestimar el derecho de la ciudadanía a ser informada con la verdad.

Ya sucedió con el primer tramo del actual mandato, que tuvo mucho de todo lo que el presidente había negado en campaña que haría, y volvió a suceder este año, cuando tras los comicios legislativos llegaron más medidas impopulares, entre ellas una “reforma previsional” que -si seguimos los discursos que la defendieron- es la primera ley de ajuste de la historia que sólo traerá beneficios. Mágicamente permitirá ahorrar en los pagos a jubilados 100.000 millones de pesos pero ellos no perderán nada.

Es la manipulación infantil del hecho de que la nueva fórmula de cálculo de la movilidad jubilatoria les dará a los pasivos incrementos de haberes bastante inferiores a los que hubiesen tenido con la ecuación anterior.

Pasado y futuro

El gobierno nacional, con sus últimas actitudes, no suma para el tipo de cambios que prometió. El uso perverso de las verdades a medias, tal como se lo vio en el debate jubilatorio, es más de lo mismo. También lo es la elección del sector sobre el cual ejecutar el ajuste (que recuerda a aquel veto de Cristina a la norma que establecía el 82% móvil, a la que llamó “ley de quiebra de la Argentina”).

Como en el relato orwelliano, el poder se confirma en nuestro país como un elixir que transforma a quienes lo ocupan. Lo que desde abajo era condenable, desde esas alturas se torna justificable. El poder, en la Argentina, envilece e imbeciliza. Y quienes lo abandonan confirman desde sus circunstancias que es así: de repente se vuelven más razonables y recuperan el sentido común. Aunque abunden los dirigentes y periodistas militantes que se quedaron no sólo con algunos recursos del Estado, sino también con aquellos otros atributos. Y a su vez, los seguidores de los nuevos conductores dejan de ser tan plurales y amplios como se definían, y adquieren -o revelan- la misma intolerancia que tanto repudiaban antes en los demás.

Mientras tanto, la Argentina figura desde noviembre entre las cinco economías más vulnerables a una crisis financiera a raíz de una suba de tasas de la Reserva Federal de los Estados Unidos. A la lista la elaboró Standard & Poors, calificadora de riesgo que completa la nómina con Turquía, Pakistán, Egipto y Qatar. La “bomba de tiempo” de la que habló Macri para pedir los votos a sus leyes en el Congreso, armada a medias -pero seguro que no en partes iguales- por su gestión y la que lo precedió. Winston, el protagonista de “1984”, tenía la misión cotidiana de corregir diarios y revistas del pasado para que en ellos se modificaran datos y hechos que habían sido pronosticados erróneamente por el Gran Hermano. De ese modo, quien revisase los archivos periodísticos se encontraría con que el líder nunca había fallado.

Un día, Winston se sentó a su mesa y escribió: “Para el futuro o para el pasado, para la época en que se pueda pensar libremente, en que los hombres sean distintos unos de otros y no vivan solitarios... Para cuando la verdad exista y lo que se haya hecho no puede ser deshecho: desde esta época de uniformidad, desde este tiempo de soledad, la Edad del Gran Hermano, la época del doblepensar...

¡Muchas felicidades”.

Chin chin.