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Rafael del Blanco
Por: Rafael del Blanco

Sin justicia no hay paz posible

Así como la Navidad como hecho real puede ser visible o no en nosotros, de igual manera sucede con la paz, uno puede ser la expresión concreta de la paz o no.

El mundo, cada región geográfica, cada país, cada provincia, cada municipio, vive bajo el influjo de tensiones sociales, políticas y religiosas que afectan la paz social. Estas tensiones que ponen en riesgo la paz tienen que ver no solo con las realidades y contextos particulares de cada lugar, sino también con las implicaciones geopolíticas a escala mundial, ya que sabemos que inevitablemente lo universal tiene una incidencia real en lo particular. Será difícil entonces construir una cultura del encuentro y de la paz, sin una mirada amplia que nos ayude a entender en profundidad la raíz de los conflictos que particular y universalmente los amenazan.

Comencemos por decir que un individuo sin una educación en orden a los valores universales que tienen que ver con el respeto sagrado que le debemos a la persona, solo por ser un ser humano es claramente un enemigo potencial de la paz. La consideración del solo hecho de ser humano y persona hace al individuo sujeto de derechos y de obligaciones que lo convierten en un ser moral, es decir, responsable de sus actos en orden al bien y el mal en el pleno ejercicio de su libertad. Cuando el individuo pierde este sentido de trascendencia del hombre fruto de la decadencia moral de las instituciones y de la cultura, queda expuesto a la manipulación perversa de intereses muy mezquinos que vienen de sectores dominantes, de clases o poder político, con el solo fin de mantener sus privilegios, bajo el disfraz de un marco jurídico que no puede ocultar sin embargo, la injusticia y la violencia que generan sus políticas y sus actos.

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La expresión del evangelio que dice: “Por sus frutos los conocerán” es lapidaria y hay que mirar siempre el efecto que produce un accionar, para darnos cuenta cual es la razón más profunda de esa acción. Para poner solo un ejemplo: el presidente de los Estados Unidos de América en su visión de la política ha puesto la mirada en dos lugares geográficos para llevar adelante un plan político, potable en términos económicos, para su imperio americano: Corea del Norte e Israel.

Las continuas amenazas a Corea del Norte hechas a propósito para desatar la ira de un dictador emocionalmente inestable, tiene el cometido de parte del imperio de generar tensión en esa parte del globo; generar aires de guerra, que conmueven a Rusia y a China por los intereses geopolíticos y económicos que estos dos gigantes tienen en la región. La estrategia maquiavélica del presidente Trump, siempre potable a los intereses políticos y económicos del imperio, queda claramente expuesta cuando decide trasladar la Embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén, reconociendo implícitamente a la ciudad como capital de Israel, para generar tensión con todo el medio oriente, el mundo musulmán y Europa, para quienes el caso de Palestina, es, obviamente, de alta sensibilidad política, por ser un foco de violencia que puede poner seriamente en cuestión la paz mundial y de la región.

El señor Trump pone en vilo al planeta desde estos dos puntos geopolíticos estratégicos, para cumplir con sus objetivos bélicos, ya que la paz en ningún modo le ha convenido jamás a Estados Unidos quien es el primer proveedor de armas al mundo y allí está la clave de todo. Frente a tremendas decisiones que afectan la paz mundial, Estados Unidos guarda silencio, al igual que lo hiciera con su retirada del pacto contra el cambio climático, permitiendo de este modo que la tensión escénica en el mundo se eleve al máximo. El objetivo buscado es tensión mundial y carrera armamentista, mientras él, con todas las miradas de países y organizaciones mundiales que habían soñado con una paz cercana y posible puestas en él, se sienta encima de un inmenso barril de pólvora a meditar sobre los dividendos económicos que le produce esa tensión, sin importarle un rábano el mundo sino tan solo los muros y los intereses de su imperio.

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La raíz de los males del planeta que tiene que ver con las guerras, la injusticia y la pobreza, tienen como causa los dictámenes y las geopolíticas que exceden lo local y hunden sus raíces más profundas en las decisiones de una porción de corporación de países y de empresas a quienes no les interesa ni la paz , ni el progreso de los pueblos, sino llenar sus arcas para obtener cada vez mayor poder y riqueza para seguir manteniendo sus privilegios; privilegios accesibles solo, a cien familias en todo el mundo. Es fácil imaginar la tensión que produce en los desarrapados del mundo tamaña injusticia, ya que donde no hay justicia, jamás habrá paz. Qué bueno sería que cada ciudadano del mundo tuviera conciencia de estas geopolíticas tan perversas y tan nocivas para la paz y la supervivencia del hombre. Qué bueno sería que nuestra clase política que seguramente conoce todo esto, resistan a estas políticas perversas que significan la muerte para millones de nuestros pobres. Si los ciudadanos del mundo tomáramos conciencia de esto, nos transformaríamos en una gran resistencia, seriamos la resistencia de una humanidad que quiere vivir. Porque digámoslo claramente: a las geopolíticas de los sectores poderosos no les interesa ni la paz ni los pobres, ellos abogan por una mayor violencia y por una mayor pobreza, porque de la carne de los inocentes se alimentan y engordan las perversas, corporaciones de poder de países y familias que miran a los que padecen sus injusticias como miraban los nobles de la época de María Antonieta y Luis XVI en Francia, hasta que el pueblo dijo basta, e incendio la bastilla.

La paz no será posible ni en la patria ni en el mundo hasta que la resistencia de los pueblos a esa elite tan mezquina y tan perversa siga cantando como en nuestro caso, “Oíd el ruido de rotas cadenas”, cuando en realidad, esas cadenas y esos grilletes siguen intactos.