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Rafael del Blanco
Por: Rafael del Blanco

Navidad verdadera versus Navidad comercial

En este tiempo tan especial de preparación al nacimiento del hijo de Dios, reflexionamos sobre la Navidad. La Navidad, lo sabemos, es no sólo la celebración de un evento espiritual para los cristianos, sino también un hecho que la sociedad de consumo aprovecha para vender.

Los creyentes debemos prestar especial atención a esto, para no caer en las redes de la propaganda que para venderlo todo, podría, si no estamos atentos, llevarnos a transformar la Navidad sólo en un hecho comercial. Es indudable que con toda la carga emotiva que tienen estas celebraciones, la propaganda consumista de manera ingeniosa desvía la atención de lo esencial a lo superficial, haciendo que el foco no sea puesto tanto en mensaje navideño como en lo que debemos regalar. Esto es tan cierto que para muchísimas personas y muchísimos niños la imagen más preponderante de la Navidad es regalar algo, cuando en realidad debería ser el niño Jesús.

El bombardeo de la propaganda en nuestras conciencias ha desplazado la imagen sublime del niño Dios naciendo en el pesebre de Belén, por aquella tan banal de las luces de colores, la sidra, el champagne y la comida para la “gran fiesta”, donde el comensal más importante estará seguramente ausente. Es allí donde quienes sabemos de lo qué se trata la Navidad, debemos poner el ahínco, para aprovechar quizá para catequizar a los niños sobre el verdadero sentido de la Nochebuena.

Mi hermana ha comenzado hace tiempo una tradición muy sencilla pero muy significativa que ya se ha arraigado en la familia. Esa noche cuando ya están todos los comensales sentados a la mesa, anuncia que va a llegar el comensal más importante que ocupa la cabecera de esa mesa y ahí los niños de la familia entran con velas y con el niño al que se lo recibe con gran algarabía y entusiasmo. Nuestros niños esperan más que los regalos ese momento emotivo, el niño Dios que viene a compartir la mesa con nuestra familia. Gestos sencillos como este quedan muy grabados en el corazón de todos, especialmente de los niños y nos invita a reflexionar también a los adultos acerca del verdadero significado de esta noche santa. Un gesto tan familiar, abre un espacio para las preguntas de los niños y hasta de algún que otro adulto, para hablar de la Navidad y al menos por un rato hablamos y compartimos el mensaje que tiene para todos y cada uno de nosotros. Cada vez que repetimos este gesto recuerdo el modo como el pueblo judío transmitía a las generaciones venideras el contenido de la fe de ese pueblo cuando fueron liberados de la esclavitud de Egipto en la noche de la pascua judía. Para evocar aquel momento salvífico se reúnen hasta hoy a comer de pie y cantar salmos; los niños preguntan a los adultos por el significado de esa noche y de esa comida.

Qué lejos están nuestras mesas navideñas del sentido sagrado y de catequesis que deberían tener, pero creo que siempre tenemos la oportunidad de cambiar para bien la celebración de la Navidad y salvar su sentido hondamente espiritual, especialmente para nuestros niños.

La cuestión es tomar como familia la decisión de contrarrestar los efectos destructivos de la Navidad comercial y eso lo puede hacer solo la familia. Está bien que el mundo invente todas sus estratagemas parea vendernos, porque esa es su ley y ese es su código, lo que no está bien es que la familia caiga en esa red y permita que tanto los niños como los adultos perdamos el sentido verdadero de la Navidad. ¿Cómo lo haremos? Creativamente, con gestos muy sencillos como ese que acabo de poner como ejemplo. No permitir que la Navidad sea solo una cena familiar o una reunión de amigos, debemos devolverle el sentido sagrado y sobre natural que esta fiesta tiene en sí misma. Que el mensaje de Belén impacte de lleno en el corazón de una humanidad tan necesitada de la ternura de Dios que nos visita en el rostro de un niño inocente. Necesitamos que cada bautizado, cual discípulo misionero del Señor ponga la fe en el centro de esa mesa y de su propio ambiente. De este modo, la Navidad dejará de ser un evento comercial, para convertirse en lo que realmente es: la encarnación del hijo de Dios para nuestra salvación. Necesita la Iglesia heraldos de ese amor y de esa paz para custodiarla en la casa, en el trabajo, en el vecindario y en la comunidad.

Así, el árbol de Navidad dejará de ser una imagen artificial del misterio que celebramos, para transformarse en árbol de vida, donde cada hombre y mujer, cada familia, cada comunidad, se transformaran en árbol de vida resplandeciente y luminoso sobreabundante en frutos buenos, iluminados no para las luces ficticias de ese árbol artificial, sino por la luz del niño que por la fe permitimos nacer en nuestro corazón. Adviento es tiempo de preparación para la celebración del nacimiento del Hijo de Dios en el mundo, pero para que esto sea posible, antes, tienen que darse cambios sustanciales en nuestra vida humana y de fe. Jesús, ciertamente, nacerá en muchos corazones en esta Navidad, pero en tantos otros no podrá hacerlo porque muchos la hemos transformado más que en un hecho profundamente espiritual, en un evento comercial.