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Eduardo López
Por: Eduardo López

La nueva - vieja política

La jura de los nuevos legisladores provinciales y nacionales puso en el tapete el papel de los políticos en la sociedad y el cada vez mayor alejamiento de la gente de la política, que no le da respuestas a sus problemas de cada día.

La sociedad actual, al menos la de los últimos treinta años, es muy distinta de aquella en la que nacieron los partidos políticos a los que se llama mayoritarios. Si todo ha cambiado, la comunicación, la moda, las costumbres, el cuidado de la salud, las relaciones laborales y hasta la conformación de la familia, ¿cómo puede ser que la política siga con las mismas costumbres, potenciadas, de cuarenta y cincuenta años atrás?

Si todo cambia, también lo deben hacer los partidos y hoy están tan desactualizados, que gobiernan de un modo que la comunidad rechaza. Ya no se puede imponer de prepo, hay que concertar, dialogar, aunque se tengan camisetas (¡otra antigüedad!) distintas.

Por lo menos hace tres décadas que invariablemente todos los gobernantes chaqueños que asumieron el poder hablaron de que serían los portadores de “un nuevo modo de hacer política”. Comenzaron con muchos bríos, pero al terminar, las cosas estaban igual o peor que antes.

¿Nuevos?

Ahora se dijo que asumieron los “nuevos” senadores, o diputados, y a la verdad, muy poco de nuevo tuvieron. Lo grafica una foto publicada en medios digitales y escritos donde aparecieron los rostros de tres “nuevos” senadores llamados Carlos Menem, Cristina Fernández y Adolfo Rodríguez Saá. Más allá de lo que hayan hecho o puedan hacer, de “nuevos” tienen muy poco.

Y en la Legislatura del Chaco, de los “nuevos” dieciséis que ingresaron para los próximos cuatro años, sólo uno no tuvo antes ninguna responsabilidad gubernamental. Los demás pasaron por cargos municipales (intendentes, concejales, secretarios); miembros del Poder Ejecutivo como secretarios, subsecretarios, ministros, miembros en entes autárquicos, vicegobernadores, gobernadores; miembros de los legislativos nacionales y provinciales como asesores, diputados, senadores. Y se dan casos en que algunos han pasado por todos ellos y hace casi tres décadas que son empleados del pueblo, con cargos reciclados de los que no se quieren ir. ¿Serán de verdad tan buenos o es que no quieren dejar la vida fácil?

Acortar los mandatos

Quizás a esto se haya referido un integrante de la supuesta nueva política al escribir en su página web (nada que ver con el diario de Yrigoyen) que “se hace imprescindible realizar, a través de leyes concretas, lo que la gran mayoría de los partidos políticos no hace. Por eso proponemos la limitación de los mandatos, como ya está expresado en nuestra Constitución Provincial para gobernador y vicegobernador, también para concejales, intendentes y diputados provinciales, un mandato con la posibilidad de una sola reelección, es decir ocho años en el cargo”.

En esta misma línea de analizar lo que está pasando, un joven integrante de la Cámara Baja dijo días atrás en un reportaje público que “la gente está harta de que el día a día, en la escuela, en el hospital, en su comercio, le cueste más que el acomodo al que se llega con la política, porque parece que en política es más fácil progresar o se hace más rápido. Está harta de ver cómo los políticos compiten mucho por llegar, pero cuando lo hacen no saben qué hacer y no tienen un plan de transformación de la realidad. La gente no diferencia entre partidos porque está cansada de la política en términos globales. Hay dirigentes muy fuertemente identificados con eso, con la política como acomodo y con la improvisación en la gestión. Si no podemos dar esos debates para depurar esos personajes, si no podemos conformar un proyecto liberado de esos dirigentes, no podremos representar una esperanza de cambio en la provincia”.

¿Expresión de deseos o cambio real?

El análisis y la conclusión son buenos, pero quedarán en una simple expresión de deseos, si no se actúa en forma urgente. Si no se cambia el modo de practicar la política, si no se la convierte en una actividad de servicio de corta duración y con dedicación exclusiva, que permita ocuparse de los demás pero no como una salvación económica de por vida para sí y para todo su entorno. La política de hoy debería ser como una especie de “servicio público optativo” en favor de la Patria, como antes lo era el servicio militar obligatorio y luego dar paso a otras generaciones con la misma idea. Hoy cuando un partido político gana las elecciones, todos sus miembros se pasan a la función pública, y sus locales quedan vacíos y nadie se ocupa de las nuevas generaciones.

Si la ciencia, la tecnología, las relaciones sociales y familiares, los derechos humanos, laborales y la vida misma se han modificado de raíz, la política no puede ser la misma de las décadas del treinta, cuarenta o cincuenta. Debe modificarse, adaptarse a los nuevos tiempos y a los requerimientos de una nueva sociedad, que rechaza, sobre todo, a quienes hacen del servicio a los demás una manera de dejarlos igual o más pobres para enriquecerse ellos.