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El después de un femicidio

En la Argentina muere una mujer cada 30 horas a manos de su pareja o expareja. Ayer hubo marchas por el Día Internacional por la Erradicación de la Violencia hacia la Mujer. En esta recopilación familiares y amigos cuentan cómo sobreviven al dolor de la pérdida.

Textos de Victoria De Masi

Fotos de Rubén Digilio y Fabián Gastiarena

El encierro, las miradas tristes

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Verónica, madre de Chiara.

Verónica Camargo asegura que su hija Chiara Páez dejaba papelitos por todos lados. “A veces los tengo conmigo, en la agenda, en la cartera o en una carpeta que uso. A Chiara le gustaba pintar, a veces lo cubro porque no quiero que se ponga feo.

Chiara tenía catorce años y cursaba un embarazo de dos meses cuando la mataron, el 10 de mayo de 2015. Ya hay un condenado: Manuel Mansilla, su novio, menor de edad que recibió 21 años de cárcel. Su madre, padrastro y abuelos están imputados. El chico no pudo haber actuado solo.

La adolescente pesaba más de 70 kilos y superaba el metro setenta. La autopsia indicó que en el cuerpo había restos de un antiinflamatorio también usado para practicar abortos. Pero eso no la mató, fueron los golpes. El cadáver estaba en el fondo de la casa en un pozo. El crimen conmovió a Rufino, en el sur de Santa Fe, y al país.

Chiara se convirtió en símbolo y causa, al punto de parir al colectivo #NiUnaMenos y de convocar a la primera gran marcha contra la violencia machista, el 3 de junio de 2015.

Verónica sabía que su hija estaba embarazada pero tardó en contárselo al fiscal porque quiso ser discreta, pensaba que la muerte no sería el final. “Juntas decidimos continuar con el embarazo, le dije que yo iba a ayudarla. No era lo que esperaba para mi hija, pero ella estaba feliz más allá del susto. En el juicio quedó claro que ni Mansilla ni la familia querían al bebé”. Chiara ya no está en las jornadas de la parroquia, ni en el equipo de hockey. Los meses que siguieron al asesinato, Verónica los pasó encerrada en su casa. Nunca vio el expediente, pero fue capaz de recrear la escena en su cabeza, aportar detalles, sacar conclusiones. De a poco, muy de a poco, empezó a salir: una vuelta a la manzana, una cena en casa de su hermano, el mostrador del negocio que atiende. Le cuestan, dice, las fiestas. –No es que me moleste que alguien festeje –dice–. Es que siento que mi presencia causa dolor. Yo entro y siento la mirada triste de los demás.

Publicado en revista Viva, de Clarín

Una adolescente de rulos hermosos

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Mónica y Ricardo, madre y padre de Araceli.

Mónica Ferreyra cuenta que solamente ella sabía cómo lavarle el cabello a su hija: “Araceli no tenía tanta paciencia entonces, en la bacha, le enjabonaba dos veces la cabeza, después le ponía la crema y la peinaba despacito; ella se enjuagaba y peinaba hasta que se le hacían esos rulos hermosos”.

Blanca Araceli Fulles. Tenía 22 años. Mónica todavía conserva en su celular aquel intercambio, el último con su hija: “Vieja, poné la pava que voy para allá”. Eran casi las siete de la mañana del domingo 2 de abril. Pero Araceli nunca llegó a su casa de Villa Ballester, al noroeste de Buenos Aires. Los perros dieron con el cadáver 25 días después, en un lugar que ya había sido allanado. Estaba en un contrapiso, cubierto con cal.

Ricardo Fulles renunció al puesto de cadete en la empresa que lo empleaba. Mónica, que cuidaba a una anciana, también dejó su trabajo. Dicen que no podían cumplir con esas responsabilidades. Sin ayuda del Estado viven con ahorros y la ayuda de sus hijos, Damián y Eduardo.

Desde el asesinato de Araceli, para ellos el tiempo está suspendido. “Cuando desapareció nos pusimos a investigar nosotros –dice Ricardo- seguimos buscando testigos. Lo que vamos encontrando lo llevamos a la fiscalía. Aportamos nombres, direcciones, audios, pero nada, dicen que no les sirve; y estamos hechos bolsa. Nos hacemos los fuertes, pero pensamos qué pasó y no podemos entender”.

Ricardo agrega: “De todos los que están siendo investigados, ella conocía a dos y no eran amigos cercanos. Para nosotros el crimen fue planeado, estos tipos pensaron cómo hacer lo que hicieron”.

La causa está caratulada como “homicidio por femicidio” y tuvo, en su momento, nueve detenidos. El único preso fue Darío Badaracco, el dueño de la casa donde encontraron el cuerpo, el mismo hombre que marchó por la aparición de Araceli cuando aún la buscaban.

Las pericias determinaron que Araceli murió estrangulada. Por el estado del cuerpo no pudieron determinar si fue víctima de un abuso sexual. Hay policías implicados, testigos falsos y pruebas vulneradas: la investigación es sinuosa.

La espera por una condena justa

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El papá de Cintia, Roberto y su pareja Graciela.

Roberto Laudonio y Graciela Arena ya habían criado hijos, tenían un trabajo estable y casa propia. Llevaban una vida austera y ordenada hasta el 6 de marzo de 2015.

En la madrugada, Cristian Hallud trepó la reja y entró por la ventana. Hallud tomó un cuchillo de la cocina y le asestó diecisiete puñaladas a Cintia y huyó. Cintia Laudonio tenía 34 años.

Hoy en el lugar donde duermen los nietos hay un televisor, cestos desbordados de juguetes, las camas tirantes, paredes rosadas. “Mi hija y Hallud no eran pareja –dice Roberto–. Pero él estaba obsesionado. La llamaba todo el tiempo, le mandaba mensajes, aparecía en la peluquería de mi hija. La hostigaba, la vigilaba. Ni las denuncias, ni la perimetral, ni el botón antipánico sirvieron”.

Roberto y Graciela son pareja desde hace diecisiete años. Al tiempo de convivir, Cintia y el hijo de Graciela, Darío, se pusieron de novios. Fue difícil, pero los padres aceptaron la relación.

Con los años llegaron las nietas, Azul y Leila. Tahiel, el menor, nació cuando Darío y Cintia estaban separados. Creen que Hallud apareció en la vida de la mujer en ese momento. Él le pasaba un dinero –poco, cada tanto– por ese hijo, aunque no fuese suyo: una forma de crear dependencia.

Los hijos de Cintia no pueden, todavía, manifestar un recuerdo de su madre. Los abuelos intentaban hablar de esa vida de antes. Pero Azul, la mayor, se encerraba pegando portazos. Leila, a punto de cumplir diez años, lloraba hasta el ahogo. Tahiel, que solía dibujar a la familia entera, garabatea a sus abuelos y a Darío, que no tuvo dudas en oficiar de padre.

Los chicos reciben asistencia psicológica en la sociedad de fomento del barrio. Allí indicaron a los abuelos que de a poco pueden contarles alguna anécdota de su infancia, rasgos de Cintia, mostrarles fotos, algún objeto. Por ahora las cosas están en la casita donde sucedió el crimen: los peines y planchitas guardados en un cajón de la cómoda; el respaldo y el elástico de la cama donde Cintia durmió por última vez, arrumbados en el patio. Los chicos nunca volvieron a ese lugar.

El juicio contra Hallud está en proceso. Roberto espera una condena justa.

La mudanza que se posterga

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Marcela, madre de Julieta y amigas: Cintia, Vanina y Sabrina.

Julieta Mena, 22 años, fue asesinada por su novio, Marcos Mansilla en la madrugada del 11 de octubre de 2015. Lo condenaron a 35 años de cárcel por “homicidio agravado por el vínculo” y por “atentar contra su propia descendencia”. Julieta cursaba un embarazo de dos meses y medio. Ella quería tener al bebé, Mansilla no. No hubo patadas erráticas: los golpes fueron al vientre y a los genitales. Aun con todas las pruebas en su contra, Mansilla apeló la sentencia.

Marcela Morera, la madre de Julieta, apila cajas y bolsas. Pronto deberá dejar la casa de Ramos Mejía y ocupar otra. Embala de a poco y entra en la habitación de su hija con intermitencias. Encontrarse con tarjetas, el vestido de los Quince, los dibujos del jardín infantes, la ropita del bautismo la demora. “Me cuesta mucho entrar. Cuando puedo me siento un ratito en la cama, es como que me tranquiliza. A veces, no puedo. Ayer, por ejemplo”, describe. Con las amigas de Julieta, que todavía se juntan en la plaza, soportan entre todas el banco vacío, el hueco, la falta. Cintia la conoció en el barrio, Daiana fue compañera de escuela, igual que Vanina, con Sabrina tenían amigas en común. Mansilla, el asesino, se las había arreglado para que Julieta se distanciara de ellas. Julieta dejó de maquillarse, no usaba jeans ajustados ni escote, le pedía a su mamá que le tomara una foto mientras desayunaba, así ella se la enviaba y él se quedaba tranquilo.

“Yo le decía que no la entendía–interviene Marcela–. Una vez le vi un moretón y ella me dijo que se había golpeado con un picaporte. No le creí, le dije que lo iba a denunciar. Ella me pidió que no, que si él iba preso ella se moría”.

A Marcela nunca le gustó ese noviazgo y que en terapia aprendió que existe el libre albedrío. “Mi hija tenía casi 23 años y le hablé, le aconsejé, lloré, la puteé, le grité. Hasta su suegra le dijo que Mansilla no era para ella. Cuando me agarra esa culpa, trato de ponerme fría y pensar que todos, todos hablamos con Julieta”. Las amigas asienten. Ellas también transitan esa sensación.

Un banco de escuela que nadie usa

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A Guillermo se lo ve abatido. Señala una silla y dice: “Era el lugar de nuestra hija. Nadie se sienta ahí desde que la mataron. Ella nació acá, ésta era su casa. Lucía andaba por todos lados con sus animales, que están ahí afuera”. Lucía Pérez tenía dieciséis y quería ser veterinaria. Por su deceso, el 8 de octubre del año pasado, detuvieron a tres hombres: Matías Farías, 24 años, y Juan Pablo Offidani, 42 años, por abuso sexual seguido de muerte agravado por suministro de estupefacientes y femicidio; y Alejandro Maciel, 60 años, por encubridor.

La hipótesis de la fiscal es que Lucía conoció a Offidani y a Farías en la puerta de la escuela el viernes y le ofrecieron marihuana. La llevaron a la casa de Farías, le dieron cocaína y, aprovechándose de su estado, Farías la abusó. Offidani no participó de la violación pero estaba al tanto y rondaba el lugar. Maciel los ayudó a trasladarla a la salita y a limpiar la casa. La muerte de Lucía también destapó una red de venta de drogas en colegios de Mar del Plata.

Hoy en la casa que fue de Lucía, todo es blanco pero gris. Marta trata de seguir con sus estudios de Enfermería. Guillermo retomó su trabajo como chapista. Todos, de alguna manera, intentan. “Las cosas de Lucía están en su habitación –dice Guillermo–. Yo no entro, a mí no me da la cara para entrar. El día que se haga justicia entraré. Los compañeros de mi hija separaron su banco y lo firmaron”. En la biblioteca de la escuela está el banco que fue de Lucía. Sus compañeros de clase lo separaron y durante un tiempo estuvo en el centro del aula. Nadie lo ocupaba.