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El poder de las empresas que controlan Internet

Sus jóvenes dueños, devenidos en filántropos la mayoría, se codean con los mandatarios mundiales en reuniones de fotos sonrientes pero de objetivos generales y ambiguos que suenan a altruismo puro (al menos para la prensa). Son los que manejan las grandes empresas que -sin eufemismos- dirigen el mundo, lo condicionan de alguna manera y sin darnos cuenta influyen cada vez más en nuestras vidas y es probable que estén instalando en la sociedad conceptos y necesidades sociales que obedecen a intereses económicos y políticos mucho más profundos de lo que se sospecha.

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Noam Cohen pertenece a una generación de investigadores sociales y periodistas que alertan sobre el riesgo de la manipulación de sitios como Facebook o Google. Además es un duro crítico del “Bitcoin”.

Noam Cohen es autor de El auge de Silicon Valley como una potencia política y una bola de demolición social (The know-it-alls: the rise of Silicon Valley as a political powerhouse and social wrecking ball). El libro analiza a fondo la incidencia en la sociedad de sitios como Facebook o Google y se detiene en el análisis de temas como: “Facebook ha lidiado con una ráfaga de revelaciones en torno a los intermediarios rusos que utilizaron su plataforma para influir en la elección presidencial de 2016 en EEUU atizando la furia racista.

Google tuvo un papel similar al transmitir mensajes incendiarios dirigidos a un tipo específico de usuarios durante la elección presidencial en Estados Unidos y Amazon con su compra de la cadena de supermercados Whole Foods y la construcción de tiendas convencionales, va tras la impresionante estrategia lucrativa de extender su monopolio en línea a uno que también tenga presencia física”.

Ninguna de las tres empresas mantiene el espíritu fundacional y confunden a la gente que tenía a los dioses del Olimpo llamado Silicon Valley como altruistas genios de la informática que dedicaban sus vidas a mejorar la de los demás. Nada más lejos.

Siempre se supo que las interacciones entre las personas y sus computadoras iban a ser confusas y que sería fácil que los programadores explotaran esa confusión, la actualidad entrega la certeza de que así está sucediendo.

Al hablar de “bola de demolición social” Cohen se pregunta: “¿Aún tenemos las herramientas regulatorias y la cohesión social necesaria para limitar a los monopolistas antes de que destruyan la base de nuestra sociedad?”.

El poder del dinero

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La página de Google que en sus comienzos mostraba temas de interés científico a una búsqueda hoy responde con un aluvión de publicidad dirigida específicamente.

Los jóvenes creadores de Google se propusieron en su momento que la gente hiciera búsquedas en línea sin ser condicionadas por el dinero o los intereses políticos. Para demostrarlo escribieron “celular” en su primitivo buscador y el resultado mostró en primer término consejos para cuidarse de las supuestas radiaciones de los equipos.

Hoy si se escribe “celular” todo lo que aparece en las primeras páginas son publicidades, ofertas e información empresarial.

Mark Zuckerberg adoptó una postura similar durante los primeros días de Facebook. “Una red social era demasiado importante para ensuciarla con el comercio”, le dijo a The Harvard Crimson en 2004. Zuckerberg insistió en que no se rendiría ante los cazadores de ganancias; Facebook seguiría siendo fiel a su misión de conectar al mundo.

Siete años después -dice el libro- Zuckerberg también había sucumbido ante el capital de riesgo de Silicon Valley”.

A la larga, los fundadores de Google y Facebook enfrentaron un día de rendición de cuentas. Los inversionistas no estaban ahí por caridad y exigían una respuesta. Al final, Google acordó, bajo presión, desplegar publicidad junto con los resultados de búsqueda y terminaron por permitir que entrara un director ejecutivo externo: Schmidt. Zuckerberg acordó incluir los anuncios dentro del canal de publicaciones de Facebook y transfirió a uno de sus programadores favoritos al negocio de la publicidad móvil.

Diez amigos fieles

El libro de Cohen revela algo que data de los comienzos de Facebook y que la empresa nunca quiso que se divulgue masivamente. La regla de los diez amigos.

"Nos topamos con un número mágico: necesitabas encontrar a diez amigos”, recordó Zuckerberg en 2011.

“Y una vez que tenías diez amigos, tenías suficiente contenido en tu canal de noticias como para que hubiera cosas durante un buen intervalo de tiempo y valiera la pena regresar al sitio”. Facebook diseñó su sitio para recibir nuevos usuarios, así que todo se trataba de encontrar amigos a quienes agregar.

Esta regla es un ejemplo de la manipulación de las empresas tecnológicas, el efecto de la red. La gente utilizará un servicio -por malo que sea- si otros usuarios también lo usan. Este era un razonamiento tautológico que, de cualquier modo, resultó ser cierto: si todos están en Facebook, entonces todos están en Facebook.

Además de su poder, -asegura Cohen- las empresas tecnológicas tienen una herramienta con la que otras industrias poderosas no cuentan: los sentimientos generalmente benignos de la gente. “Si alguien se opone a Facebook, Google o Twitter queda como un cavernícola que se opone al progreso”.

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El libro de Cohen en el que presenta a Google y Facebook como empresas “demoledoras de la sociedad” al dirigir las preferencias políticas y económicas de países enteros.

El autor además cuestiona si los vehículos eléctricos o autónomos son realmente una solución a problemas globales: “Si no podemos decir que los vehículos autónomos quizá no son una meta encomiable, sólo por dar un ejemplo, ¿estamos entonces en control de nuestra sociedad?Debemos desintegrar estos monopolios en línea porque si unas cuantas personas toman todas las decisiones respecto a cómo nos comunicamos, compramos, nos enteramos de las noticias, repito, ¿somos nosotros quienes controlamos nuestra sociedad?”.

El libro deja abierta la inquietud pero de manera testimonial. Los intereses en juego superan cualquier alerta y seguimos consumiendo publicidad e instalando en nuestras cabezas conceptos políticos, sociales y tecnológicos que tal vez no sean lo mejor para la humanidad pero así lo ha decidido un puñado de anónimos programadores pagos.