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Sergio Schneider
Por: Sergio Schneider

Tan políticamente correctos

Lo leí la semana pasada en un perfil de Twitter y me causó mucha gracia: “Soy de la Argentina, el único país en el que árbol orina al perro”. Como suele ocurrir con el buen humor, después de la risa llegó la reflexión. Las mejores bromas son las que nos permiten ponernos frente a lo peor de nosotros desde un punto de vista acaso más piadoso. Y sí: somos ese país.

Es difícil determinar cómo sucedió, y además sería imposible lograrlo si repetimos nuestra habitual tendencia a la simplificación, a ese mundo de buenos y malos intercambiables que es nuestra historia según quién nos la cuente. Pero que no sepamos las causas no nos impide ver los resultados: una sociedad de valores descalibrados. En algunos casos directamente invertidos.

Tampoco la imposibilidad de hallar un villano único e inequívoco obsta repasar nuestra historia e identificar en ella hechos y procesos que contribuyeron a traernos a este punto de este camino. La conquista europea de América a sangre y fuego, el exterminio indígena presentado como “encuentro de culturas”, la independencia formal licuada por el triunfo en la segunda mitad del siglo XIX de un modelo agroganadero funcional a las necesidades británicas y el simultáneo aborto de cualquier chance de desarrollo industrial propio, el “país para pocos” que se consolidaba bajo esas circunstancias. Las mayorías ignoradas por un sistema político sustentado en el fraude, los contingentes de inmigrantes engañados en sus países de origen que llegaban aquí para ser forzados a trabajar como virtuales esclavos o prostitutas. 

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Ya en el siglo XX, Yrigoyen y Perón derribados por regímenes de facto empeñados en deshacer sus intentos de reinstaurar una soberanía política y económica real (como resumía alguien: “A la democracia se la critica por sus errores pero se la derroca por sus aciertos”), la sucesión de golpes de Estado que convirtieron a la principal ley de la Nación en un catálogo de ficciones e instauraron una norma única y permanente: el más fuerte decide todo, y todo del modo que lo desee.

Y llegaron los ’70. Las tensiones se descontrolaron por completo, y la muerte de Perón precipitó una guerra entre la ultraderecha (por la que el líder había optado en su tercer mandato) y la ultraizquierda (que se autoengañaba con la “teoría del cerco” para mentirse a sí misma que continuaba siendo la “juventud maravillosa” del General). Unos y otros se tiraban muertos como si fuesen naipes sobre una mesa de truco. En el Chaco, a media cuadra del despacho del gobernador Deolindo Bittel, la policía de la administración justicialista torturaba con los procedimientos más aberrantes a los presos políticos que poblaban las celdas de la Brigada de Investigaciones. Una parte de la historia que se cuenta poco: la de la represión ilegal en nuestra provincia antes del golpe del ’76, con total anuencia política de las autoridades constitucionales de turno. La Causa Caballero lo expuso descarnadamente.

Punto de quiebre

La dictadura llegó con un amplio consenso social. La sensación de anarquía de la presidencia de María Estela Martínez (“Isabel”, la bailarina de cabaret y tercera esposa de Perón a la que éste había cometido la irresponsabilidad de poner como vicepresidente) frente a los enfrentamientos armados entre los ultras peronistas era asfixiante. Pero el nuevo régimen militar no fue, como se creía, similar a los que ya se habían convertido en una costumbre argentina. El terrorismo de Estado quebró todas las marcas del horror. Y en lo económico, destrozó el aparato productivo quitándole asistencia y competitividad, redujo la participación de los trabajadores en la distribución del ingreso, vació de sus mejores dirigentes a todas las formas de asociativismo, convirtió deuda privada en pública, dejó en claro que el capital rendía más en la bicicleta financiera que en una inversión agrícola o industrial.

Emergía un nuevo modelo de argentino exitoso. Alguien que aprovechaba la “plata dulce” sostenida con endeudamiento externo, que “no se metía en nada raro”, que sabía bailar la nueva música.

La democracia volvió llena de misiones por delante. En retrospectiva, lo más difícil y lo menos considerado fue el desafío de reconstruir una trama de relaciones sociales que dejara atrás el oscurantismo del “Proceso” pero sin creer que el asunto se limitaba a multiplicar todo lo anterior por menos uno (la operación matemática que cambia de signo a los valores sin modificar su magnitud). La libertad no era llenar de culos los kioscos de revistas. Revisar la historia no era trocar disfraces entre los buenos y los malos de la versión precedente. Alfonsín, en un ciclo elevadamente volátil, se quedó a medias en casi todo. Aun así, debería ser considerado como el presidente más respetable desde 1983 hasta aquí.

Y llegó Carlos

Menem fue un punto de inflexión tan fuerte en su impronta como el de la dictadura. En términos económicos, completó lo que la retirada castrense pos-Malvinas había dejado inconcluso. El desguace del Estado, el rol colonial del país llevado a una expresión renovada. Pero el riojano supo perfectamente entre quiénes repartir los dividendos de tanta corrupción y pudo avanzar sin obstáculos. Gremialistas y jueces quedaron a sus pies. Los grandes grupos no podían creer que su mejor momento llegaba de la mano de un gobierno peronista.

La marejada mojó también a los de abajo. Ser militante ya no valía tanto. Lo que rendía era ser puntero. Alguien “con gente” para movilizar detrás de cualquier causa, para llenar actos o para sumar votos. Escalones más arriba, los nuevos ricos del sistema no hacían nada por disimular sus explosiones patrimoniales. Robar dejó definitivamente de estar mal visto, a menos que se robase demasiado poco. Mal visto estaba “mirar para atrás”, no entender los nuevos tiempos, indignarse con la sugerencia de Luis Barrionuevo de dejar de afanar dos años. Mal visto estaba romper tanto las guindas con eso de la honestidad, la justicia y la mar en coche. Genial no era el que podía mostrar una vida de laburo honrado, genial era el que no dejó pasar la oportunidad de un negocio sucio con el Estado y pararse para todo el viaje.

Estallido y Era K

Con todo, millones de argentinos supieron juntar suficiente asco como para expulsar al menemismo. El destino les jugó una broma tenebrosa: De la Rúa fue ungido presidente. Se tuvo que ir -en el helicóptero más famoso de nuestra historia- dos años y once días después de asumir, dejando un país que se suicidaba a lo bonzo por doce años de traiciones y agachadas, y no sin antes sacar del Senado una reforma laboral a fuerza de coimas a legisladores.

Llegó el tiempo de caminar en el desierto. De la colección de presidentes en una semana, de ver a quién le podíamos enchufar nuestros bonos (que a nosotros nos miserabilizaban y a otros enriquecían), del cándido “que se vayan todos”. Luego de levantarnos cada mañana preguntándonos si seguía existiendo el país, tironeábamos de lo que se podía. En las calles todo el mundo protestaba por algo. Aquello de que “el que no llora no mama” valía más que todo el primer capítulo de la Constitución.

Duhalde y Lavagna, finalmente, lograron sobrevivir al huracán y la economía reaccionó a la brutal devaluación que disparó los precios pero devolvió competitividad a la producción primaria en un contexto de precios y demandas inéditas para las commodities a nivel global. A ese tren embalado se subió Néstor Kirchner, que llevó a la Casa Rosada al equipo completo (De Vido, José López) que en Río Gallegos le había permitido abrazar cajas fuertes y convertir en empresarios top a grises conocidos suyos: un empleado bancario, su chofer, el jardinero de la casa familiar.

Los Kirchner, que se pasaron la dictadura haciendo plata y jamás antes habían demostrado interés por la causa de los derechos humanos, buscaron legitimar el raquítico origen electoral de la primera presidencia patagónica con gestos que les confirieron un perfil progresista: los abrazos a las Madres, los mimos al vedettista ego de la intelectualidad peronista, la relación bien lubricada con los movimientos sociales, los avances en las políticas de género, el fuerte impulso a los juicios por crímenes de lesa humanidad.

Pero detrás de esas cortinas la corrupción tenía zona liberada, y la voracidad de los Kirchner y sus funcionarios, combinada con los servicios de magistrados afines, quebró incluso las marcas de los ’90. Y a la par, otra disfunción: la incapacidad total para aceptar las críticas y el disenso, instalada ya sin maquillajes luego del conflicto por las retenciones al campo.

Lo absurdamente correcto

Fueron los años en que una acumulación de elementos se conjugó con otros del presente para que finalmente lo absurdo pasara a ser lo políticamente correcto. “Ustedes no necesitan que nadie les dé clases, ustedes les pueden dar clases a todos”, dijo Cristina hace menos de un mes a los estudiantes porteños que tomaron medio centenar de colegios para resistir un proyecto de prácticas laborales antes de egresar.

Y es apenas una anécdota paradigmática entre muchísimas más que apuntan a lo mismo. Como aquello de no hacer estadísticas sobre pobreza porque eso era “estigmatizar” a los excluidos. Un trabajador protestando contra un corte de ruta o de calle pasó a ser un oligarca. Un maestro o un profesor alguien obligado a que sus alumnos pasen de grado o año, sin importar que con ello el mercado laboral se llene de un ejército de jóvenes condenados a la frustración.

Milagro Sala es una presa política. De Vido es un inocente acosado por un plan perverso. La desaparición de Maldonado vale más que la de Julio López no porque el primero haya desaparecido en la era Macri y el segundo en la gestión Kirchner, sino porque López -como bien explicó la inefable Hebe de Bonafini- era guardiacárcel.

Los ex “panelistas” de 678 son periodistas perseguidos. No está mal que haya presos que cobran del Estado una remuneración mensual que hasta no hace mucho era superior a la jubilación nacional mínima. Las víctimas de crímenes urbanos (o sus familiares) que reclaman penas más duras para los asesinos de sus seres queridos son fachos, no entienden que darle más de ocho años de prisión a un homicida es muy cruel. ¿Acaso no tienen familias ellos también?

Arrojar bombas molotov no le quita su carácter de pacífica a una movilización. Castigar un delito es reprimir, y reprimir siempre es ilegal. Los hospitales se inauguran y luego no importa si funcionan o no. Lo importante es que ahí están.

En los ’70 asesinaron militares y policías desde un control total sobre el Estado, que es lo más terrible que puede suceder en una nación, y también asesinaron las organizaciones guerrilleras. Pero los únicos que deberían estar arrepentidos de haber matado son los primeros. Los huevos Kinder fomentan la discriminación entre géneros. El gobierno de Macri es una dictadura, el de Venezuela es difícil de analizar porque se combinan muchos factores. Los medios deciden qué piensa la gente, aunque la gente venga votando cosas distintas desde hace 45 años y los medios sean los mismos. La izquierda dice que a la crisis la deben pagar los ricos, pero vota contra el desafuero de De Vido.

De todo este mboyeré resulta que, quizás, el voto argentino a Macri en 2015 (y probablemente el próximo domingo) no es una derechización clásica. Si ese apoyo de dos años atrás se renovara hoy, aun con las penurias económicas impuestas por la gestión de Cambiemos, lo que podría estar sucediendo es que para muchos puede más el deseo de que los actuales gobernantes puedan recuperar para nuestro país el sentido común. Aunque eso cueste lo que está costando: desatención de las economías regionales, endeudamiento feroz, la ruleta rusa de las tasas altas y las Lebacs, una nueva precarización laboral.

Y como cuesta lo que cuesta, y como seguramente costará todavía más luego de las elecciones, es una auténtica pena que no estén a la vista opciones más verdaderamente populares, con dirigentes creíbles y honestos, que inspiren a depositar en ellos la formidable misión de lograr que, alguna vez, aquí vuelvan a ser los perros los que orinen a los árboles.