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Sergio Schneider
Por: Sergio Schneider

Un cielo lleno de estrellas

Las palabras ya no son lo que eran. Decir “independencia”, en los años que siguieron a la Revolución de Mayo, era como izar una bandera. Nombrar a Rosas, luego de Caseros, era una provocación feroz de los que habían sido derrotados junto a él. La mención al fraude electoral en los albores del radicalismo hizo crecer la leyenda de Yrigoyen. El peronismo, expresión mayoritaria popular luego del ‘46, se convirtió en el gran vocablo maldito luego del golpe del ‘55. Fue borrado de documentos públicos, de la prensa, de la historia, del aire.

Y antes y después hubo otros casos notables, aquí y en el resto del planeta. Palabras que solas o en compañía de otras escandalizaban a los guardianes de turno y movilizaban a las fuerzas necesarias para quitarlas del medio. Revolución, reforma agraria, justicia social, igualdad, derechos humanos, liberación... Sonaban y el orden salía presuroso a perseguirlas.

Las palabras tenían una dimensión casi física. Galileo Galilei tuvo que desprenderse de las suyas para no morir. Cristo no dijo las que le hubiesen evitado la cruz. Antes las palabras andaban. A veces huían, a veces se plantaban en las calles. Y cada bando tenía las suyas. 

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Los años pasaron, se fueron esfumando las décadas. La Modernidad, un día, se dio por muerta. No era cierto que el hombre, convertido en el centro de todo, lograría la victoria final de toda la especie, de la mano de la ciencia y la racionalidad. Las guerras, los holocaustos, la inédita desigualdad, cerraron el capítulo.

En ese proceso, las palabras adquirieron una sustancia más liviana. En nuestro país, tras el fin de la dictadura y el retorno de la democracia, hasta Álvaro Alsogaray hablaba de justicia social. Y Carlos Menem quebró una marca en eso de prostituirlas cuando dijo que su gobierno -destructor del trabajo, de la producción, del Estado y de la soberanía- era “de neto corte revolucionario”.

El hoy

Las palabras, hoy, no dicen todo por sí mismas. Uno se ve obligado a enterarse primero de quién las pronuncia o las escribe para saber cabalmente si dicen lo que en apariencia significan, si expresan otra cosa o si son la nada misma. Las palabras, así, quedan en cierto modo ligadas a la credibilidad, conducta y antecedentes de sus emisores.

Por supuesto que si hablamos de política no abundan los hombres y las mujeres cuyas palabras nos conmuevan. No por sus maneras de decirlas, no por la forma en que modulan sus discursos, sino porque habitualmente no están a la altura de las que nos dirigen.

“La Patria es el otro”, dice Cristina, y es imposible no recordar, en ese mismo instante, su permanente desprecio por los distintos. “Odié a López”, dice, refiriéndose al exfuncionario de los bolsos con millones de dólares, que estuvo dos décadas trabajando junto a los Kirchner. Pobre mujer, estuvo ocho años en la Presidencia y nadie -ni siquiera la oficina de inteligencia a su servicio- fue capaz de ponerla al tanto de lo que medio país ya sabía.

En frente, Macri pide para llegar a “la felicidad” un “máximo esfuerzo” que se maximiza sólo en los sectores de siempre: los trabajadores, las pymes, el campesinado. Y acaba de desactivar -a menos que la realidad nos desmienta- la idea de un sector de su gabinete de gravar al menos una parte de la monumental renta financiera que potencia la bicicleta a la que la política económica actual le aceita generosamente los piñones.

Entre tanto histrionismo, es lógico que prospere el voto que en cada elección va detrás del mal menor y el que se define no con un criterio de construcción de un nuevo polo de poder sino con la meta de bloquear el avance de otro. En los costados de esta franja están los electores fieles de cada sector. Pero son los primeros los que definen a ganadores y perdedores.

La degradación de las palabras no es un fenómeno inocuo. Implica, siempre, una degradación de la sociedad misma. De modo que no sólo la esencia de las palabras muta, sino que también los valores se gasifican y la moral de cada quien -cumpliendo con una inexorable ley de los fluidos- ocupa exactamente la forma del recipiente que lo contiene.

Por eso los kirchneristas chaqueños, por ejemplo, se hacen los ciegos para la corrupción de Néstor y Cristina a pesar de haber tenido vista de águila para las irregularidades en los manejos de los recursos del Estado durante los años de reinado radical en el Chaco. Y la misma intolerancia fundamentalista que consideraban un síntoma patológico en el rozismo les pareció una simpática versión de justicia popular durante la era K.

También por los mismos motivos aquellos radicales locales que no aceptaban ni la menor de las críticas luego condenaron el “discurso único” de los Kirchner y las maniobras de copamiento del Poder Judicial, como si aquí no hubiese habido un momento en el que el Superior Tribunal fue un anexo del Poder Ejecutivo.

Parió la abuela

Y éramos pocos y llegaron las redes de comunicación del mundo digital. Las palabras ya no sólo eran otras. Ahora también encontraban otros cauces por los cuales circular masivamente. Hasta allí un ciudadano común sólo podía llegar a más personas que su círculo habitual de conocidos publicando una carta en un diario, saliendo al aire en un canal o una radio, o saliendo con un megáfono a las calles. Hoy cualquier usuario de una red social puede -si se combinan las circunstancias adecuadas- llegar a millones de personas con algún contenido propio que los demás conviertan en viral.

En Twitter, la red más política de todas, ilustres desconocidos se convirtieron -opinando y bajando línea sobre los más diversos temas- en referentes cotidianos para cientos de miles de personas. Aun para millones que, a su vez, también replican esos mensajes o lanzan otros propios hacia otros grupos de seguidores, alimentando una monumental interacción global que se teje con infinitos hilos y rebota sin cesar.

Esa experiencia diaria de millones, más la evolución propia de la historia nacional, le quitó lo poco que podía haberle quedado de sacralidad a la actividad política e institucional. Ya nadie considera que un gobernante es un monarca, ni que un legislador posea título nobiliario, ni que un juez sea un ser superior. Ya nadie se siente tocado por las construcciones discursivas repletas de lugares comunes y afirmaciones inverosímiles que durante tanto tiempo se asociaron al “hablar bien”.

En el fondo, muchas de las formas tradicionales de la comunicación política, que se ven tan rozagantes en esta campaña, van dirigidas en buena medida a una sociedad que ya no existe. Es lo que sucede cuando vemos que todavía se cree que el volumen de difusión es una variable determinante, que los actos masivos son demostraciones de fuerza que pueden definir votos a favor, que lo grandilocuente no corre el riesgo de ser visto como ridículo.

Las nuevas formas de interacción hasta habilitan la posibilidad de la interpelación -y la crítica, y el desafío, aún el insulto- directa a las autoridades, como puede verse en los perfiles de los personajes públicos en Facebook o Twitter. Y así, en un instante, un posteo que pretendía impactar y sumar, no pocas veces se torna un bumerán que regresa y golpea en el medio de la nariz.

Luces

Los dirigentes se van enterando de los cambios, hacen lo que pueden y buscan aprender los nuevos códigos. No por casualidad, Macri primero y Cristina ahora hacen sus actos públicos con escenarios que los ponen a la misma altura que sus públicos. Las tribunas que ponían a los oradores allá en lo alto, como si conformasen un Olimpo, ya no están bien vistas.

Los teléfonos inteligentes no descansan. Aluviones de posteos nacen y mueren a cada instante. Por Whatsapp aparece en cualquier momento el video hot de un intendente o la foto de una compra estatal directa bochornosa o el audio de un dirigente diciendo babaridades del líder al que por los medios elogia. La información circula sin freno, por supuesto que mezclando lo verdadero, lo falaz, lo siniestro y lo esperanzador.

De toda esa masa aluvional, que desciende sobre la vida real como si fuese un arrasador río de montaña, surgen incontables decisiones. Entre ellas, la de a quién votar.

Muchas de las estrellas que vemos brillar en el cielo ya no están. Murieron hace siglos, pero estaban tan lejanas que sus luces nos siguen llegando. De otras, que han nacido hace milenios, todavía no nos llega ni un solo rayo. En algún momento las podremos ver. Muy loco, pero no tanto.