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Ficción a 176 años de la muerte del general Lavalle

Los sueños

Había soñado al ciego Bartimeo. Y en cierto momento del sueño, él era Bartimeo, y seguía a Jesús, en tinieblas, no por las polvorientas y pedregosas calles de Galilea, sino por las polvorientas y pedregosas calles de Jujuy, adonde había llegado esa noche. De pronto se encontraba solo, completamente a oscuras y oía su voz que gritaba al Cristo: .-¡Jesús, hijo de Dios, ten piedad de este pobre ciego!

Por Juan Carlos González 

Veía, ciego aun, cómo el nazareno giraba lentamente la cabeza e imprevistamente el que lo miraba no era el hijo del carpintero, sino la descarnada cabeza sin ojos y sin vida de Dorrego.

Dio un brinco en la cama y descubrió la realidad de su garganta reseca, una habitación ajena, sus temores, su soledad. Tomó la jarra de agua, se sirvió un vaso lleno y lo bebió, todo en un solo movimiento. 

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Pensó en Damasita, que dormía en la habitación contigua, y su corazón le dio un vuelco, los deseos le llegaron en tropel. Se dio vuelta, se tapó la cabeza con su poncho y, contrariamente a lo que creía, se durmió rápidamente.

Esta vez, en el sueño, se encontraba en el palacio del tetrarca de Galilea, y él era Herodes Antipas, que estaba recostado entre almohadones. A sus pies estaba Herodías, su mujer, que lo miraba con desprecio. No entendía por qué, así que no le dio importancia. Observaba hacia el centro del gran salón imperial, donde bailaba una hermosa joven la danza más sensual que hubiera visto jamás. La cadencia y voluptuosidad de cada movimiento hicieron que sintiera deseos nuevamente. La música terminó y la niña que bailaba se acercó a él y le preguntó:

-¿Cumplirás tu promesa, mi señor?

No recordaba cuál promesa y titubeó cuando dijo:

-¿Qué promesa?

Herodías contestó entonces:

-Le has prometido que si bailaba para ti tendría lo que ella quisiera mi señor…

Recostándose observó:

-Pide. Lo que quieras será tuyo.

Entonces la bella joven, con la sonrisa más encantadora del mundo le dijo algo que él no entendió y a lo que contestó con un: -Sea… Y siguió jugando con una de las cortesanas.

Pasó un rato y sonaron golpes y un ruido de trompetas en el salón. Despejaron su centro y la niña se adelantó, acompañada de un esclavo que traía algo en una bandeja, hacia él.

Tratando de incorporarse vio horrorizado lo que le ofrecían: la cabeza de Juan, el bautista, que se transformaba en la cabeza de Dorrego, por segunda vez esa noche.

Despertó en ese momento. Justo llegaba Lucase, uno de sus guardias, a los gritos:

-El enemigo, mi general…

-Qué clase de enemigo ¡carajo!

-Una partida, señor. Nos tiene copada la entrada.

-Juntá la gente y los caballos, vamos a abrirnos paso por los patios.

Se puso las botas y la chaqueta sin prender, bebió otro vaso de agua y agarró su sable. Cruzó el pasillo rumbo a la puerta que daba a los patios, se detuvo unos segundos mirando hacia la entrada y sintió un golpe en la garganta, que lo tiró hacia atrás y lo dejó tendido cuan largo era. Escuchó que Damasita lo llamaba y vio su dulce rostro. Solo entonces el hombre por fin pudo dormir…

 

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Juan Galo Lavalle era un militar e independentista argentino, nacido el 17 de octubre de 1797 en Buenos Aires, cuarto hijo del peruano Manuel José Bonifacio de Lavalle Cortés y de María Mercedes González Bordallo y Ross. Su padre es de ascendencia –paterna- del conquistador Hernán Cortés.

Al estallar la Revolución de Mayo, su familia se encontraba en Chile, donde su padre trabajaba como funcionario. De regreso en Buenos Aires, el 31 de agosto de 1812, Lavalle solicitó su admisión como cadete en el Regimiento de Granaderos a Caballo. Tomó parte en el segundo sitio de Montevideo contra José Gervasio Artigas, en 1815; después, pasó a Mendoza y posteriormente participó en las batallas de Chacabuco y Maipú. En Nazca, Perú, el 15 de Octubre de 1820, al frente de la caballería patriota avanzó a todo galope sobre el campo realista, causando una completa sorpresa. Luchó en la guerra contra el Brasil. En Buenos Aires, organizó la revolución unitaria del 1 de diciembre de 1828, después fue elegido gobernador.

En diciembre de 1828 ordenó fusilar a Manuel Dorrego. Después de la Convención de Barracas, se retiró a la Banda Oriental del Río de la Plata (hoy Uruguay). En 1839 inició una campaña que finalizó con su muerte el 9 de octubre de 1841, en San Salvador de Jujuy, Argentina. Para evitar que su cadáver fuera profanado, sus compañeros de armas, enterraron sus restos en tierras del Altiplano.