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Paulo Ferreyra
Por: Paulo Ferreyra
Diálogo con Mariano Quirós

“El paisaje se presta para incomodar a la gente”

El chaqueño Mariano Quirós fue notificado días atrás que obtuvo el Premio Tusquets de novela con Una casa junto al Tragadero. Ahora en una apretada charla cuenta que sabe si esta importante distinción cambiara algo en su literatura, “todavía no lo sé. Ojalá marque un camino largo y, en lo posible, amable y bello. O directamente atroz, pero nunca por el medio”, desliza.

En la competencia hubo cerca de 500 manuscritos recibidos por la editorial Tusquets. “Obtener una distinción en este marco significa una gran alegría. No mucho más”, advierte. Quirós es el tercer argentino en obtener esta distinción, en el 2009 lo ganó Sergio Olguín y en 2012 Betina González. Después de intercambiar varios mensajes de wasap llegamos a intercambiar correos y concretamos esta charla. 

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“No busco un tono y un lenguaje para el concurso. Siempre escribo y después me presento con lo que tenga”, explica Mariano Quirós.

 

Mientras escribo estas líneas veo que en Infobae titulan “Admirador de Bolaño y creador del “terror chamamecero”, bien. ¿Qué es el terror chamamecero?

-Terror o gótico chamamecero: nuestra deformación -o mejora- del “gótico sureño” yanqui, aquella narrativa salvaje y poética que cruza una religiosidad desquiciada, a veces más y a veces menos explícita, con personajes que son meros freaks. En ese cruce, al que hay que agregar el paisaje, surge algo de apariencia sobrenatural, algo que puede llegar a ser terrorífico. Probablemente cuando Mempo escribió Luna caliente haya inaugurado -digo yo- el gótico chamamecero. O quizá haya sido mucho antes, cuando Crisanto Domínguez escribió Tanino y Rebelión en la selva. El asunto es que nos queda bien, basta con leer Colgado de los tobillos, de Van Bredam, o Monstruos perfectos, de Molfino, para ver que los del norte argentino somos tan góticos como los mejores sureños del norte.

 

Ahora centrados en este premio, escribiste pensando directamente en competir. ¿Cambia el tono, el lenguaje, el ritmo de tu escritura cuando te enfocas en una competencia?

-No, para nada. Yo siempre escribo. Todo el tiempo y cuando no sé qué hacer con lo que escribí me fijo a ver qué concurso hay allá en el horizonte.

 

El hecho de que esta historia haya recibido una distinción ya es una aliciente para leerla, ¿podrías adelantarnos en qué va y por qué la escribiste?

-La escribí por culpa de mi amigo el artista Luciano Acosta, que por mudarse a Colonia Benítez empezó a hablarme del Tragadero, de que el río se llama así porque es un río que traga cosas, que traga personas, que se traga el ganado. Que peón que perdía una vaca en el Tragadero -vaca que, por supuesto, no era suya sino del patrón-, peón que la pagaba con su vida: hundido en el mismísimo río. Y si por casualidad llegaba a zafar, quedaba fugitivo en el monte, un poco loco y perdido. A partir de esta leyenda surge Una casa junto al Tragadero, que es la historia del Mudo, un hombre de Resistencia que un buen día ocupa una casa en el monte y empieza una vida, para él, estrambótica. Entre otras cosas porque tiene que aprender a vivir en un mundo que no es el suyo, y para eso se juntará con personajes como Insúa, el almacenero que lo abastece y que le enseña a cazar monos. Y se topará también con Soria, un lugareño que siente la llegada del Mudo como una invasión y que, por eso mismo, lo denuncia a cada rato con los muchachos de Vida Silvestre, una fundación ecologista. Las cosas, que de por sí vienen complicadas, se complican un poco más cuando toda esta gente se cruza en medio de un monte hostil y con un río que, espero, me haya salido siniestro. Siniestro y poético.

 

Hace un tiempo que ya estás en Buenos Aires, ¿cuál es el ancla o el fundamento para no dejar el Chaco?, ¿cómo haces para que vuelva en cada nueva historia revestido de encanto y aridez?

-En principio porque casi mi vida entera la pasé en Resistencia, bailoteando en su clima y en su escándalo, así que mi mirada no puede ser -o no quiero que sea- otra que la de un chaqueño capitalino, con toda la preciosa mezcla de salvajismo y urbanidad que hay en Resistencia. Pero más que nada porque el paisaje chaqueño se presta para incomodar a la gente, y cuando la gente está incómoda es cuando, aun sin querer, se comporta literariamente. Como por ejemplo cuando una familia de seis personas se obstina en caber todos en una sola moto. Es una imagen, además de peligrosa, ciertamente poética y muy humana.

 

¿La distinción dice algo de tu propia literatura?

-Todavía no lo sé. Ojalá marque un camino largo y, en lo posible, amable y bello. O directamente atroz, pero nunca por el medio.

 

Por último, una mirada sobre información cultural. Coincidiremos que los medios alternativos siguen ofreciendo calidad y diversidad en materia informativa. En cuanto a los medios tradicionales nacionales qué medios seguís con atención.

-La verdad es que estoy un poco desactualizado al respecto. Conozco y respeto a muchos periodistas culturales, soy seguidor de unos cuantos, pero arriesgaría que las mejores notas culturales -con todo lo que supone esa expresión- se encuentran en páginas como Anfibia, o en la nueva versión de revista Crisis, o revista Paco, por tirar unos cuantos nombres de medios alternativos que te instalan algo así como el deseo de pensar y discutir. Y de los medios tradicionales, el que leo con más regularidad es Radar, de Página12.

La repercusión de la noticia reflejada por principales medios de cada país, dimensiona el valor del reconocimiento 

  

Una Casa Junto Al Tragadero

Fragmento del Primer Capítulo

 

El asunto de los monos 

Agarrado a la rama por los dedos de una pata, el mono comía alguna fruta. Le apunté con la escopeta sin ánimo de tirar, de puro hincha pelotas. Pero justo la India pegó un ladrido y del susto se me resbaló el dedo y acabé apretando el gatillo. El estampido, por inesperado, resultó tremendo.

Al menos tres cosas pasaron entonces: el mono desapareció de mi vista, la India corrió a esconderse y la culata de la escopeta me golpeó el hombro con tal fuerza, que terminé cayendo sobre un montón de hojas muertas. La escopeta cayó junto a mí. Me moví para alzarla y sentí un dolor insoportable. Temí que el golpe me hubiera sacado el hombro de lugar, así que probé movimientos más suaves. Me dolió de nuevo, pero menos que antes.

Me apoyé en el brazo izquierdo para incorporarme. Los huesos me hicieron ruido y solté como un rebuzno. Fui en dirección hacia donde, calculé, había caído el mono. Apareció la India y frotó su cara torcida contra mi pierna. Todavía temblaba la pobre perra.

Encontré al mono a unos siete metros del árbol donde un rato antes comía su fruta. El disparo le había destruido el cráneo. Ahora era un mono sin cabeza. Tuve que ahuyentar a la perra, que a toda costa quería también ella hurgar en el mono. Lo alcé con una mano, la del brazo bueno, y tanteé su peso: como mucho me serviría para dar gusto a una sopa.

Levanté la vista y distinguí a unos veinte metros, semi cubierto por los árboles, al chico de Soria. Metido así entre el ramerío tenía la imagen como de una aparición. Nos miramos durante un rato, segundos nomás, los dos quietos, hasta que dio media vuelta y se fue. Seguro que a contarle a su papá que yo andaba, para variar, cazando monos.

La India quiso salirle detrás, pero la cacé justo del cogote y se quedó quieta. Perra de mierda.

Igual, hacía más de un año que yo no cazaba monos. Me venían con planteos, gente de por acá y gente de la ciudad que Soria —el boludo de Soria— llevaba hasta mi casa. Me hacían problema por una cuestión ecológica.

Para llegar a mi casa hay que dejar el auto o la camioneta en el camino y después mandarse por una picada monte adentro. Porque mi casa está apartada de todo. Si no se está acostumbrado a este tipo de marchas el trayecto se hace penoso. Se nota en la cara de la gente, en el tiempo que se toman para empezar a hablar una vez que llegan, en el sudor y en la agitación. Y si es de tarde, meta sacudirse los jejenes.

Los primeros en venir fueron una chica y otros dos con caras de malandras. Soria los trajo y ellos aplaudieron ahí, delante de la casa. De entrada los escuché, pero quise hacerles esperar, me daba la sensación de que me venían con algo raro. Me quedé nomás donde estaba, sentado en mi silla, y dejé que la India les ladrara. Eran como las once de la mañana. Entre los ladridos de la perra les escuché hablar medio a los gritos. A la chica era a la que mejor se escuchaba.

“Este hombre no está, acá no hay nadie”, dijo. Ahí entonces habló Soria: que sí, que yo siempre estaba.

Uno de los varones dijo que había un olor extraño, como a coliflor. Y el otro contestó que no, que a coliflor no, que era olor a podrido. Ahí se largaron a reír. La chica hizo como un intento por censurarlos, les chistó bajito, pero al final acabó riéndose también ella.

Un poco para calmar la risa empezaron a hablarle a la India. Exageraban el problema de mi perra —la cara y ya todo el cráneo torcidos—, y le decían pobrecita, qué le pasó, pobrecita. La India no es la gran cosa, pero de todos modos sentí que hablándole así —con esas frases tontas, como si le hablaran a un cachorro— se manejaban con imprudencia. Por eso nomás me apuré y abrí la puerta.

Lo repentino de mi aparición hizo que cortaran con la risa y que pusieron caras de susto. La chica dio un saltito hacia atrás y los otros dos quedaron duros.

Soria tampoco se movió, pero lo suyo era distinto. De los cuatro fue el único que quedó así, con su cara de loco de siempre. Por cagón me hacía esas cosas, por no animarse a venir solo.

“Buenos días”, medio que gritó uno de los muchachos. Usó un tono de voz recio que, se notaba, no era el suyo. También miró de refilón a sus compañeros, a la chica y al otro, como para cerciorarse que hacía bien al hablarme así.

Saludé con un movimiento de cabeza, como hacen los tipos que son de por acá. Que nacieron y que vivieron siempre por acá, quiero decir. Y como por acá no es mucha la gente que vive, entonces no es mucha la gente que uno se cruza, los lugareños se van ensimismando y acaban por saludarse apenas con señas toscas. Soria era un caso insólito. Ahora estaba como culposo por haber llevado a esos tres hasta mi casa. Se hacía el distraído y miraba para arriba, los ojos achinados apuntando al sol que se colaba por entre las ramas de mis árboles.

Como después del saludo ninguno de sus compañeros dijo más nada, la chica dio un paso adelante —o sea que recuperó la distancia que había perdido con el saltito atrás— y se presentó. No me acuerdo bien pero creo que dijo un nombre como Sole, o Nati, o alguno de esos. Que eran de una organización, algo de tipo ambiental.

Los miré, a la chica y a sus compañeros, un poquito más atentamente: su desaliño era más bien urbano, no es que hubieran crecido al sol sino que se encontraron con eso —con el sol, con el monte— ya de grandecitos. También yo, pero lo mío era distinto. Usaban zapatos del tipo borcegos, bermudas verdes, tal vez un poco amarronadas, llenas de bolsillos a los costados. Especulé algún tipo de indumentaria oficial o cosa así. Vi además que uno de los muchachos, el que habló primero, tenía una oreja perforada y me dio repulsión.