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Eduardo López
Por: Eduardo López

Cuando la excepción es la norma

Hay cosas que a fuerza de repetirlas se vuelven normales aunque no las respalde la ley y la mayoría las acepte sin inmutarse, con resignación. Todos saben que no se puede cruzar el semáforo con luz roja o que las motos no deben circular por las veredas y sin embargo hay una callada aceptación. Las cosas se van instalando en la vida de todos los días hasta perder su verdadero sentido y muchas veces se repiten acciones sin saber qué significan.

El modo civilizado de resolver los conflictos entre sectores ha sido siempre el diálogo y el intercambio de opiniones. Cuando no llega el acuerdo se entabla una negociación y cada uno cede una parte para lograrlo. Cuando no se logra, empieza el conflicto.

Esto pasa, en gran medida, con los reclamos sindicales y sociales, sobre todo cuando se debe lidiar entre las organizaciones gremiales, sociales y el gobierno. Así nacen las medidas de fuerza que, como lo dice la palabra, quieren forzar al otro a aceptar la opinión propia. Éstas, sobre todo en el plano estatal, buscan el propio beneficio sectorial, pero también deben tener en cuenta el bienestar general de toda la comunidad. La máxima expresión es el paro o huelga, es decir la suspensión temporal del trabajo.

Se supone que hay instancias previas, siempre en aras de evitar el conflicto. “Estado de alerta”, “asambleas”, “movilizaciones”, nuevas propuestas, paros parciales, “manos caídas”, “trabajo a reglamento” y siempre buscando el acuerdo de ambas partes. El paro o huelga debe surgir, lógico, luego de agotar todas las instancias porque se supone que con una medida de fuerza todos pierden.

Antes fue así. Hoy en día, en cambio, el cese de actividades es medida constante y “normal”, se repite varias veces por semana y semana tras semana y como única alternativa. Y los resultados que se obtienen son nulos para los empleados o trabajadores y nefastos para la población que se ve privada de servicios esenciales que se dejan de prestar a todos para que se beneficien unos pocos.

Cada uno habla al viento

Lo que pasa hoy en la provincia es esto. Desde principio de año (por poner un límite temporal) se repite día a esta situación con el agravante de que un paro ya no significa nada para el empleador lo sufre. El gobierno hace oídos sordos a las medidas de fuerza en Salud, Educación, prestaciones esenciales en documentación, trámites, pagos. No pasa semana sin que se resientan los servicios de Salud que prestan profesionales, técnicos, auxiliares. Lo mismo sucede con los gremios que agrupan a los trabajadores de la Educación donde, desde el comienzo del ciclo lectivo se han dado tantos días de clase como jornadas de huelga. A mediados de septiembre, paros y días hábiles están empatados en alrededor de sesenta días para cada uno. Una función como la del Registro Civil, fundamental para la documentación personal que facilita luego todo tipo de trámites, viene desde hace meses con conflictos y en la semana que pasó fue durante los cinco días hábiles.

Lo peor de todo es que no se conocen negociaciones que puedan destrabar la situación, porque el método que se usa no es el más adecuado. Unos piden y los otros deciden, pero cada uno hablando al viento. Sin poner los pro y los contra sobre la mesa para arribar a un acuerdo que contemple parte de las razones de cada uno, pero que entienda que todos están ahí: gobierno, autoridades, gremialistas, empleados con una misión que cumplir para el beneficio de todos.

No se puede entender que los conflictos se extiendan indefinidamente y éstos ya llevan ya años.

Claro, el mayor responsable es el Estado, porque con una visión de conjunto debe compatibilizar los intereses de todos. Debe entender, de una buena vez, que las prioridades son las de la educación, la salud, la seguridad y que los docentes, los servidores de la salud y los policías son los que deben tener buenos sueldos. Esto implica menos asesores, menos ñoquis, menos amigos, menos familiares con salarios elevados y sin beneficios. Y los dirigentes gremiales deben compatibilizar el bienestar de sus afiliados con el de toda la comunidad y pensar dos veces como sufren los más humildes su ausencia en prestación de servicios esenciales. Con este panorama diario, hoy las autoridades parecen estar más preocupadas por las elecciones que por solucionar los problemas de todos aunque afirman sin ponerse colorados que ahora “van a defender al Chaco”.

Otra excepción “normal”

Y otra excepción que se ha hecho normal son los cortes de rutas, caminos, calles, puentes. Antes de los años 90 era impensados. Hoy han adquirido tal dimensión que forman parte del pasaje diario, contra los que todos protestan, pero no más allá de un encogimiento de hombros, unas maldiciones entre dientes y un deseo que todos vayan a trabajar. Los movimientos sociales y de desocupados realizan estas protestas a diario, casi como una nueva forma de “trabajar” y al parecer muchos beneficios no consiguen porque se repiten de lunes a viernes. Es decir que un corte de ruta o de camino se ha convertido en algo normal que no le mueve un pelo a los que toman decisiones.

Mucho más productivo será, sin dudas, el sentarse y poner sobre la mesa las necesidades de unos y las posibilidades de los otros y compatibilizarlas. Es más difícil y requiere más paciencia e inteligencia para la negociación. Pero será una forma de superar esto que hoy todos deploran, que lo que debería ser un caso de excepción -paro o corte de ruta- se ha convertido en algo de todos los días, que ya ha perdido todo sentido y por lo que nadie se inmuta. Es decir que es como hablar al viento.