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Rafael del Blanco
Por: Rafael del Blanco

Ama, luego haz lo que quieras

El amor es la ley marco que ha de fundamentar cualquier acción que debamos ejecutar en relación al prójimo. Si el amor es la inspiración todo lo que venga de él será bueno, de ahí que San Agustín afirma que antes de cualquier cosa, si se antepone el amor, esto garantizara la bondad y buena intención de esa acción.

Acaso el tema más complejo que nos toque abordar a los seres humanos sea corregir al otro, en primer lugar porque como lo dice la misma palabra de Dios “todos pecamos” y no hay nadie en realidad que pueda erguirse en juez de nadie porque “el que no tiene pecado, que arroje la primera piedra”, dijo Jesús un día, y todos se marcharon, lo que equivale a decir que todos somos pecadores.

De todos modos la corrección al hermano es una actitud que la iglesia aconseja por ser, al fin y al cabo, un acto de amor y de consideración hacia aquél que se equivoca y que, justamente porque queremos, necesitamos corregir.

Hay una expresión que dice que si un amigo te corrige poco te ama muy poco, ya que si nuestros amigos están llenándonos todo el tiempo de halagos sin ver en nosotros ningún error, quiere decir que no están siendo del todo honestos con nosotros, ya que no hay ni un solo ser sobre la faz de la tierra que no se equivoque y que no necesite ser corregido, por el solo hecho de ser humano. La corrección al que se equivoca cuando nace de un sincero deseo de parte de quien corrige, ayuda verdaderamente a la persona, ya sea para evitarle un mal mayor ya sea para cualificar algún aspecto de la vida de esa persona que pudiera estar en sombras. En todo caso la corrección fraterna es siempre un acto de caridad y de gran misericordia frente a la miseria del otro ya que busca de todas formas el bien del otro, jamás humillarlo ni desautorizarlo. Jesús nos da el método de cómo debe suceder esa corrección; en primer lugar dice el evangelio la corrección se hace en privado, con absoluta prudencia, reserva y discreción. Todo lo contrario de lo que normalmente hacemos nosotros que lo primero que hacemos es ventilar a los cuatro vientos el error o la fragilidad del hermano.

En muchos casos también ante el error de los demás inmediatamente se pasan las facturas y se hace leña del árbol caído, incluso exagerando el error del hermano para denigrarlo, difamarlo y dejarlo mal parado ante todos. Esta es una acción muy indigna, proveniente seguramente de espíritus poco evolucionados, que están más animados por sentimientos de revancha o de envidia que por un sincero deseo de corrección y de cambio en de la persona que se ha equivocado. Cuando alguien habla mal de una persona que se ha equivocado queda claro que el alma del que enjuicia y critica es mucho más pequeña de aquel que se ha equivocado, porque puede ser que el que está en el error lo esté sin mala intención, pero el que habla mal del prójimo y lo denigra, tiene una expresa voluntad y mala intención que busca solo dañar al otro deliberadamente. Esta actitud es maligna y revela una grave enfermedad del alma que tiene que ver con complejos, heridas no sanadas y resentimientos escondidos.

La segunda opción ante la que nos coloca Jesús es juntar dos personas, siempre con el afán de buscar el bien de la persona a corregir para tratar de inducirlo al cambio de manera que deponga esa actitud equivocada. Si aún en este caso el hermano no escucha, recién ahí se debe hablar con la comunidad, para que la persona quede liberada de toda responsabilidad ante ella y se considere fuera de ella, justamente por haber decidido la persona, hacer su camino en soledad. Ni siquiera allí hay condena, hay simplemente respeto para la decisión que la persona toma, no sin antes informarle que la comunidad ha estado atenta y que ha ofrecido todas las oportunidades posibles para acompañarlo y no dejarlo aislado. Todo este proceso, según lo indica también la palabra del evangelio, se hace en discernimiento espiritual. Resulta muy antipático tomar decisiones que afectan a las personas y que pueden producirle sufrimiento, pero es un acto de gran caridad corregir desde el amor para darle oportunidades y alternativas al otro.

La responsabilidad de advertencia es un valor muy apreciado en la comunidad, porque es cierto que hay personas que con plena conciencia actúan el mal y eso queda enseguida en evidencia cundo se intente corregirlos, pero hay otros casos en los que realmente la persona puede estar en el error por ingenuidad, o acaso influenciado por factores externos que la persona no sabe discernir, o también porque a veces hasta que alguien no ponga las alertas necesarias en relación a lo que se dice y comenta de uno, no dimensionamos las consecuencias de nuestro mal accionar. Es sabido que muchas veces cuando alguien nos hace de alto parlante en el oído para advertirnos nuestro error reaccionamos a tiempo cambiando nuestro comportamiento y evitando así males mayores.

Corregir por lo tanto es amar mucho al otro, sin embargo, hacerlo sin discernimiento y sin oración puede resultar también en un mal aún mayor. En todo caso, en la verdadera corrección fraterna, no es decirle al otro lo que a uno le parece, sino más bien, prestarle nuestra voz a Dios para que Dios le hable a la persona. Esto será realmente así si el amor es la motivación fundamental que nos mueva a aconsejar, dialogar, discernir y corregir. Ama en primer lugar entonces y luego haz lo que quieras, si hablas, habla con amor, si callas, calla también por amor y si corriges, corrige también desde el amor.