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Rafael del Blanco
Por: Rafael del Blanco

Colgados entre el cielo y la tierra

Alguna vez dijo un filósofo que el corazón humano es el campo de batalla en el que el maligno y Dios luchan para ver quien toma el control. Esta descripción ciertamente metafórica, no está lejos de la realidad, ya que en efecto es lo que cada uno de nosotros sentimos en una nuestra propia experiencia personal.

San Pablo describe esta ambivalencia del corazón humano en estos términos: “Siento que en mi conviven dos fuerzas en pugna, una que me induce al bien y la otra que me induce al mal y termino dándome cuenta que el bien que quiero no hago y el mal que no quiero, eso hago”. Cuantas veces nosotros, igual que Pablo, experimentamos esa contradicción y que se manifiesta claramente como una lucha interior en la procura de hacer las cosas lo mejor que podamos, aunque esto resulte un trabajo infructuoso. 

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Lo cierto es que estas dos fuerzas conviven en nosotros. Un santo dijo que prevalecerá aquella a quien uno alimente más en sus opciones cotidianas de vida, cual si esas fuerzas fueran dos animalitos: un lobo y un cordero. Cada uno de estos animales tiene la significación correspondiente a las acciones bondadosas o malignas. El lobo es el feroz depredador, cuyos ojos destilan furia y está permanentemente mostrando los dientes y marcando su territorio. Destruye todo a su alrededor y todo está en función de su de su voracidad. Por el contrario el cordero es manso, noble, silencioso, con la particularidad de expresar una sumisa obediencia al pastor que lo cuida, a quien sigue sin chistar. El lobo y el cordero conviven en nuestro interior y sobrevivirá aquel a quien más se alimente. En clave evangélica todo el empeño en nuestra vida será hacer que prevalezca el cordero por sobre el lobo y esta será una dura batalla que nos llevará toda la vida ya que hay momentos en que se impondrá lo más feroz de nosotros y habrá momentos en que triunfará el cordero cuando seamos capaces de agachar la cabeza aprendiendo a pedir perdón. El desafío será crear una cultura del perdón de la reconciliación y de la humildad para que las fuerzas violentas y destructivas que a veces quieren imponerse en nosotros, sean repelidas inmediatamente por esa nueva conciencia de amor y misericordia que Jesús trajo al mundo y que son las virtudes propias del hombre nuevo que pregona san Pablo. Este hombre nuevo es el hombre de la fuerza del espíritu no el de las fuerzas naturales, es un ser en el que prevalece el alma antes que lo instintivo y entonces elige amar y perdonar antes que vengarse y destruir. ¿Cómo será posible esto? Será solo posible si somos capaces de abrazar la cruz. Digo bien “abrazar” no cargarla, ya que antes de cargarla hay un paso previo que casi nadie hace y que consiste en aceptar la cruz antes de cargarla. En efecto se puede cargar la cruz sin la decisión de hacerlo y sin avalar con la voluntad ese trance y entonces lo que tenemos es un sacrificio incruento donde no hay ofrenda, sino una aceptación obligada con resignación sin una voluntad positiva de abrazar esa circunstancia en la certeza del sentido misterioso de amor que tienen ese dolor y esa prueba. Una cruz que no se abraza sino que se carga por obligación transforma la vida de la persona en un infierno, porque la cruz en clave de ofrenda y de liberación, debe ser voluntariamente aceptada, o sino ese trance se queda en un eterno viernes santo donde no brillara la luz de la resurrección. Una experiencia dolorosa en nuestra vida sin una voluntad que abraza positivamente la voluntad divina nos deja en las llagas abiertas de un dolor que no conocerá jamás el alivio. Por eso abrazar voluntariamente la cruz es ir más allá de la llaga. Sólo con esta actitud le damos a la cruz poder salvador y redentor, porque sin la ofrenda gratuita y generosa la cruz es una locura, es una maldición. San Pedro había creído que la salvación debía venir por el lado de la omnipotencia divina y por eso se resistía a aceptar que el mesías muriera en una cruz. Tan contraria era la postura de Pedro para los planes de Dios que Jesús lo relaciona directamente con satanás que es el gran oponente de Dios, el que siempre está tramando contra la obra de Dios buscando obstaculizar y destruir. La cruz nos coloca siempre en el lugar justo, por eso no podemos nunca renegar de ella. En el dolor comprendemos, porque cuando abrazamos ese dolor a la luz de la fe, salimos del nivel racional con el que siempre pretendemos explicar todas las cosas y entramos en un terreno misterioso que tiene que ver en todo con Dios. En ese nivel desparecen los argumentos humanos para abandonarnos confiadamente en fe al amor de Dios que no nos explica nada sino que nos hace contemplar la profundidad del misterio de las cosas que nos suceden. Desde esa mirada creyente alcanzamos a intuir la dimensión de un amor que nos sobrepasa y solo en ese nivel al comprender el sentido verdadero de la realidad somos capaces de decir como Jesús en Getsemaní, “Padre si te es posible aparte de mi este cáliz, pero que no se haga tu voluntad sino la mía”. Cuando somos capaces de orar así, ya no estamos en las manos del hombre sino en las manos de Dios que nos da como anticipo una gran paz y un gran amor, casi como si ya estuviéramos participando en su reino. La clave es siempre abrazar la cruz, aceptarla y ofrecernos para cargarla sin renegar. Sí se destruye el maligno en nosotros y así también se superan las grandes contradicciones y argumentaciones humanas para quedarnos colgados entre el cielo y la tierra, seguramente en el dolor que seguirá taladrando nuestros huesos, pero ya no solos, sino con Dios totalmente contenidos en su amor. La cruz vivida de esta manera no ayuda a avizorar la luz que alborea en el horizonte, allá lejos, pero que ya absolutamente perceptible alumbrando el alma y llenándola de paz.