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Eduardo López
Por: Eduardo López

Ni eternos ni imprescindibles

¿Quién puede dudar de que los argentinos estamos sumidos en una profunda crisis? Una crisis que es más política que económica, aspectos que se complementan. Crisis que se repiten cada diez o menos años, a partir de aquel derrocamiento de Hipólito Yrigoyen en 1930. Hoy estamos en el apogeo de uno de esos períodos, estamos recurriendo a manotazos de ahogado para ver cómo salimos.

Siempre se festeja que ya llevamos treinta y cuatro años ininterrumpidos de democracia. Pero ¡a qué precio! A juzgar por los resultados se puede afirmar que se ha hecho un pésimo ejercicio de la democracia. Que se han guardado las formas, pero no el contenido, al punto que la gente desconfía, como nunca, de la gestión de los políticos y que tenemos un Estado mastodóntico que no se puede mantener a sí mismo.

Los chaqueños lo sabemos muy bien. En casi todos los indicadores sociales en los que el país ha decaído, nosotros estamos entre los últimos tres o cuatro entre todas las provincias: pobreza, desocupación, déficits en salud, educación, deserción escolar. Hubo tiempos mejores, seguro, y hasta se ha perdido la hegemonía algodonera que se ostentaba con orgullo. Hoy los cosecheros que se ganaban la vida con un trabajo duro, pero digno, pueblan los asentamientos de las grandes ciudades de la provincia y de Buenos Aires, Rosario, Santa Fe, la mayoría sin haberse podido reciclar, mientras las cosechadoras mecánicas están arrinconadas en los galpones porque casi ya no se siembra.

Es más que evidente que se ha fracasado. Que los dirigentes de todos los niveles no han sabido manejarse y que han provocado el desaliento general. Que la “política” no ha cumplido su misión de servicio en beneficio de todos los habitantes del país y de la provincia y que solo se han salvado unos pocos, a costillas de todos los demás.

Cambio para no seguir fracasando

Y ahora, a la par que se supera la crisis, hay que intentarlo todo. Lo primero, un cambio en el ejercicio de lo que se llama “Política” en vista del fracaso que no se puede ocultar. Así como están y como trabajan, los partidos políticos no nos sirven. Si no cambiamos se seguirá profundizando la decadencia, por más que haya breves períodos en los que parezca retornar la bonanza.

En este marco el joven intendente de Resistencia, Jorge Capitanich, aunque ya veterano político por las responsabilidades ejercidas (funcionario nacional, senador, dos veces gobernador, dos veces jefe de gabinete de la Nación) ha vuelto a proponer una reforma constitucional que termine con muchos vicios de los políticos, sobre todo el de eternizarse en el ejercicio del poder, como viene sucediendo.

La vez anterior no tuvo eco y sus legisladores, cuando vieron el alcance, no le dieron cabida, mucho menos los intendentes. Pero lo cierto es que con pequeñas variaciones y honrosas excepciones, hace mucho que los que ingresan en alguno de los poderes del Estado permanecen eternamente en su órbita. Pasan de funcionarios a intendentes, concejales, diputados nacionales o provinciales, senadores, organismos estatales de todo tipo reciclándose en algunos casos “aptos para todo servicio”. Y cuando debieran irse a su casa, se conchaban como asesores - ñoquis. La “función de servicio” es sólo un ocurrente eslogan que sirve para candidatearse. Esto pudo verse en las recientes elecciones donde hubo pases de jurisdicciones, ascensos, descensos, permanencias, como en el fútbol.

Ni eternos ni imprescindibles

La propuesta tiene como premisa que nadie es eterno ni imprescindible. Ejemplos hay a montones de quienes llegaron a la cresta del poder y luego debieron marcharse a mejor vida y otros que sufren humillantes derrotas como la reciente de los hermanos puntanos.

Está bueno que no haya más de dos períodos para el presidente y los gobernadores y no es mala la experiencia de las provincias que tienen un solo período. En cambio en la Legislatura las reelecciones son indefinidas y hay quienes se acercan a las dos décadas y varios vienen de haber tenido otras responsabilidades, electivas o no. Y ni qué decir de las intendencias donde hay lugares en el Chaco que parecen monarquías hereditarias en las que el poder pasa de padres a hijos y luego a nietos. Y en el caso de los legisladores nacionales (senadores y diputados) debieran buscar la forma de ser verdaderos representantes de sus provincias y no levantamanos con obediencia debida al color partidario. Y si hay un sector en crisis en el Estado de hoy es el de la Justicia, donde la señora de los ojos vendados espía todo lo que pasa. Se proponen jueces temporales con exámenes y reválidas por determinado lapso, con buenos sueldos, pero con pago de ganancias y con los mismos derechos y obligaciones de todos los ciudadanos.

La propuesta se extiende también a la dirigencia de sindicatos y gremios y de otro tipo de instituciones. En los gremios, por ejemplo, se puede afirmar lo mismo que de algunas comunas: se han convertido en monarquías con dirigentes que viven como magnates, que están hace más de tres décadas digitando todo, hasta quiénes serán los candidatos y negociando a espaldas de sus afiliados con sus patrones.

En definitiva la reforma que se necesita no deber ser sólo de las formas, es para volver las cosas a su cauce, ese que está desmadrado y que se ha olvidado que todos los que llegan al poder son servidores públicos, que su tarea se debe a los demás y que no es imprescindible, porque está de paso. Que lo suyo es un servicio con dedicación exclusiva y que es urgente que haya una reforma, no solo de las formas, sino de los conceptos. Meterse en la política, como dicen muchos, es un honor, una distinción y una pesada carga, pero que debe ser temporaria, porque está demostrado que perpetuarse en el poder hace mal. Por eso, por haberse muchos servido del Estado en vez de servirlo, seguimos viviendo de crisis en crisis.