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Rafael del Blanco
Por: Rafael del Blanco

El amor prevalecerá y el infierno será desterrado de la tierra

No será posible una verdadera evolución y progreso en la conciencia humana si ésta no se funda también en un camino espiritual. Lo natural sin la luz de lo sobrenatural estará siempre empañado por la naturaleza humana tan frágil y tan corruptible. Tal mirada sobrenatural es nada más ni nada menos que la mirada teológica sobre la realidad, vale decir, el ojo humano que mira con la mirada de Dios para penetrando la esencia más profunda de la realidad y de este modo, llegar a un pleno conocimiento de la verdad.

Esto no significa de manera excluyente pertenecer a alguna religión, o algún círculo de índole religiosa, sino más bien trascender el mundo y llegar al nivel filosófico y teológico que nos salve de la materialidad. Así, elevados nuestros instintos y el pensamiento colocado en la visión profunda del ser, emergerá con preponderancia el amor que es la verdad que subyace a todas las cosas.

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Es claro que hasta que no lleguemos como Pedro a confesar la fe en el señor como mesías y salvador estaremos en un nivel por lo menos superficial del conocimiento de la realidad y de aquello que todo lo sostiene que es Dios-amor. Esa confesión de fe de Pedro es el fruto de una acción sobrenatural que lo hace ir más allá de su humanidad, para reconocer la verdad. De hecho Jesús deja en claro que esa confesión de fe es un don que viene de lo alto cuando le dice: “Bienaventurado Simón, porque no es la carne ni la sangre lo que te ha revelado esto, sino el Espíritu de mi padre que está en el cielo”. Es evidente entonces que Pedro reconoce al mesías bajo el influjo de una acción gratuita que no nace solo de su humanidad. Esta confesión de fe de Pedro hará que Jesús lo declare como el garante inobjetable de la obra de amor que cuando Jesús ya no esté en la tierra, este deberá llevar junto a los demás discípulos que ya constituidos como Iglesia serían los protagonistas de llevar adelante esta obra de amor que desterraría para siempre el mal del mundo. No debemos, olvidar sin embargo, que poco después de esta confesión de fe, cuando Pedro vuelve a fundarse en su humanidad, ya sin la gracia sobrenatural que lo había asistido, no aceptara la cruz como camino de salvación, cuando Jesús le anuncia que debía morir en la cruz para cumplir su misión salvadora. Esto desató en Jesús un enojo tal que lo llamara satanás, pidiéndole que se aparte de Él, justamente porque al pensar solo como hombre, Pedro se transforma en un obstáculo para la obra de la redención que Jesús debía cumplir en el mundo. Aún así, Dios ha dado su promesa y aunque la fragilidad de Pedro y la barca que el conducirá sea sacudida por los mares turbulentos de la historia, la promesa de Dios brama en la historia y aunque muchos buscaron y buscaran destruir a la iglesia, la potente voz de Dios suena portentosa: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella”. La historia es testigo inobjetable de que esta promesa fue cumplida por Dios; todos los imperios con todo su poderío bélico y económico sucumbieron, imperios de los que hoy solo contemplamos sus ruinas, La iglesia está de pie. La promesa de Dios sostenida en el tiempo ante todos los avatares del tiempo y los callejones oscuros de contradicción en los que ha caído tantas veces la iglesia la mantiene fiel a su misión, porque no se afianza en la frágil humanidad sino en el poder y la sabiduría de Dios quien es al fin y al cabo quien conduce sostiene e inspira a la iglesia. Las tempestades amenazantes en el corazón de la misma iglesia, no hace venir a menos esa promesa y ella emerge cada vez más vigorosa en su estatura moral y gran sabiduría proclamando a quien quiera y no quiera escucharla: Cristo ha vencido. Esa es la verdad, aunque al mal le enfurezca, la iglesia no pasara jamás porque es la custodia de la verdad y de la salvación acontecida en Cristo y la proclamadora de esa verdad a través de la palabra. “Cielos y tierra pasarán, más mis palabras no pasarán”, dice Jesús y esa promesa se mantiene intacta. La iglesia en efecto es testigo inmortal de la victoria de Cristo y de su obra de salvación. Ella navega en el mar de la historia en cada cristiano en cada hombre o mujer de bien que ungidos por esa fuerza que viene de lo alto viven no ya según las leyes del mundo sino según las leyes del amor. Y la iglesia victoriosa de Cristo resplandece toda vez que en cada ser humano lo que lo inspira es el amor más allá del odio, más allá de las poderosas tentaciones con los que quiere enredarle el mundo, más allá de las sombras de la muerte. Ella emerge siempre con la luz poderosa e invencible del amor que es el único camino y la única herramienta con la que se derrota el mal. La mirada sobrenatural nos hace superar la materia y nuestra propia debilidad y es allí donde nos hacemos conscientes que la herida ha sido sanada, porque el amor a prevalecido y el perdón y la misericordia se trasforman como una actitud de vida. Allí entonces la confesión de Pedro y la promesa de Cristo, adquieren su forma más real y categórica, realmente la iglesia y Cristo han vencido el mal del mundo.