Para ver esta nota en internet ingrese a: http://www.diarionorte.com/a/155781
Rafael del BlancoPor: Rafael del Blanco

Dios no está lejos, está a la exacta distancia de nuestra fe

Sin espiritualidad la vida se nos transforma en un caos y la existencia humana expuesta de manera inevitable a su innata fragilidad a la hora de afrontar las turbulencias sucumbirá en el descontrol.

Sin la luz sobrenatural que proviene de la fe y de la gracia, sin palabra de Dios que es el faro que ilumina las acciones humanas, todo lo que emprendamos en el mundo como proyecto de vida será frío e informe y revestido de una apariencia pulcra que oculta los olores nauseabundos de un cuerpo que camina, pero que hace rato ha muerto.

Todo lo que no alberga el amor como intención profunda en nuestras acciones está viciada de muerte y cada cosa que hagamos por más que tenga el brillo del mundo será opaco y triste y fiel reflejo de lo que nos sabe a muerte. Sin la gracia santificante del amor nuestros cuerpos sin alma vagan en el mundo sin dirección y sin la esencia de la razón más profunda por la que fueron creados: el amor. Así, sin luz sin verdad ni gracia nos vamos transformando en cadáveres que va impregnando de manera anticipada el olor nauseabundo de la tumba que nos espera. Así de desorientados caminamos sin caminar, hablamos sin hablar y miramos sin ver. Ciegos sordos y mudos ante la verdad más profunda de la creación por carecer del aliento divino de eternidad y belleza que proviene de Dios que es amor. Por haber optado por la maldad en nuestras opciones de vida expulsamos el amor de nuestra existencia y ya sin alma, damos lugar en nuestras vidas sólo a lo material que nos atrapa en su ley de fracaso y de muerte. Así nuestro paso por el mundo por haber estado centrados sólo en nosotros mismos seremos muy rápidamente olvidados, porque no habremos dejado las huellas indelebles del amor. Nadie nos recordará porque todo en nosotros perecerá con nuestro cuerpo que material y corruptible perecerá junto a las cosas materiales a las que les habremos dado el alma. El sentido de la vida es el amor en función del otro y por eso quien vive solo para sí, al no haberle dado a su vida la significación última que tiene que ver con el amor a Dios y al prójimo, su recuerdo se perderá para siempre en el olvido de una vida desperdiciada. Si morimos en la ley de nuestras pasiones materiales nadie nos recordará porque nadie es recordado por la casa en la que vivió, el auto que manejó o el poder y la fama ostentó. En efecto, son recordados aquellos cuyo paso en el mundo estuvo signado por el amor que generosamente ofreció a aquellos con quienes convivió. No habrá para ellos páginas que hablen de su legado, ni en la tierra ni en el cielo, no habrá recuerdos, no habrá nada; acaso solo el quede el vacío de amor con el que llenaron sus existencias.

La palabra de Dios en el texto del evangelio de San Mateo 14, 22 al 33 nos ilumina a este respecto. Los discípulos, luego de la impactante obra de la multiplicación de los panes alimentando a miles, quedaron embelesados ante la fama y el poder de su maestro y no se querían ir de ese lugar. Los había abrazado la vana gloria del mundo y la tentación del poder y la fama. Sus mentes confundidas les había hecho perder completamente la mirada sobrenatural de la acción milagrosa de Cristo y se habían conformado sólo con el pan material y el poder terrenal, cuando en realidad Cristo a través de las acciones milagrosas los estaba instruyendo sobre el reino de justicia, de amor y de paz que él había bajado a la tierra. Apegados al mundo no se querían ir de ese lugar, también porque seguramente, la gente como sucede siempre, los llenaba de elogios, de aplausos, de sueños e ideales vanos donde lo único que les importaba era el pan material y el poder mundano. De esto los salva Jesús a los discípulos cuando los obliga a alejarse de ese lugar y los empuja hacia la barca para que escapen de ese lugar de tentación. Y los impulsa a navegar en el mar de la vida cargado de turbulencias y de oposiciones. Él parece estar lejos, sin embargo, Dios está siempre cerca, incluso cuando tantas veces en la vida no lo reconozcamos como tal y pareciera que nuestra fe navega en la nebulosa de una confusión donde mezclamos y confundimos todos. Dios está siempre cerca y especialmente en los momentos más bravos de la tormenta que amenaza hundirnos. La tímida fe de Pedro nos representa en ese deseo de querer crecer y aprender incluso cuando aún en medio de tantas fragilidades intentamos sostenernos en la fe pidiéndole a Dios que nos ayude: caminamos un poco pero las situaciones braman bajos nuestros pies y el miedo y la duda amenazan hundirnos hasta el punto que debemos clamar por la ayuda de Dios. El brazo firme de Dios nos sostiene y nos rescata del miedo y de la oscuridad, pero también la voz firme de Dios nos reclama: “Hombres de poca fe, ¿por qué dudan? Y aquí está la clave de todo, la fe que nos debe dar la fuerza, la luz y la esperanza para superar cualquier dificultad. La fe esa luz interior que nos da la mirada sobrenatural para reponernos de cualquier circunstancia adversa que nos toque enfrentar en la vida. La fe es el camino de conversión que nos conduce a la salvación de la contingencia y el drama de la historia. La fe nos sostiene incluso en las situaciones más insostenibles; la fe nos hace ver donde nadie ve y escuchar donde nadie escucha; la fe es camino de humanización que nos da interioridad y espiritualidad para que el mundo no nos atropelle con su caos y con su confusión. La historia y cada vida que hace parte de ella es esa barca que navega en medio de tantas turbulencias, en medio de tantas dudas y de tantas incertidumbres, Dios parece lejos, pero está en realidad tan cerca que ante el mínimo clamor que nace de un corazón creyente, él se acerca con su mano firme para levantarnos de todas nuestras muertes, de todos nuestros dolores. La voz firme de Dios retumba en nuestras conciencias para serenarnos y tranquilizarnos, diciéndonos: No teman soy yo. Y de verdad es él, es siempre él. La potente presencia de Dios revelada en Jesús de Nazarteh, el Cristo que camina con nosotros todos los días, diría cada instante de nuestra existencia. Si somos capaces de creerle Él nos abrirá a la experiencia del don de su presencia que ciertamente vendrá a apagar todos nuestros miedos y a curar todas nuestras fragilidades.