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Rafael del Blanco
Por: Rafael del Blanco

El mundo pasa y sólo el amor permanece

Hay una expresión de la palabra de Dios tomada de la carta de Pablo a los Corintios. El capítulo 7 se lee: “Y los que disfrutan del mundo vivan como si no lo disfrutasen, porque cambiará la apariencia de este mundo”.

La apariencia es pasajera. Tan real y verdadera es esta expresión toda vez que en carne propia experimentamos la contingencia y lo vano que resultan las cosas. En efecto, el tiempo se nos escurre de las manos y los días a medida que pasan los años parecieran correr más veloces. Constatamos así, cómo las oportunidades se nos escapan y el mundo que nos atrapa en su rutinaria exigencia hace que en muchos casos nos distraigamos de lo esencial. Y lo esencial es el amor.

La clave de resolución para derrotar lo inexorable del tiempo es el amor, porque sólo el amor permanece. Por eso todo lo que hagamos en nombre del amor no desparecerá jamás. Compruebo con desazón que la turbulencia mundana enturbia la visión y las conciencias y que apartados de la interioridad nos mundanizamos de tal modo que perdemos contacto con la luz interior llamada alma donde está el secreto de todas las cosas. Así, materializados nuestros pensamientos, se transforman apenas en ejercicios mentales que no trascienden las cosas y así de cosificado todo, nos focalizamos en las cosas que sin el sentido que les da el amor todo parece aburrido y tedioso. Hasta las preguntas y respuestas que pretendemos tienen la impronta del vacío de aquello que no tiene sentido. Porque el sentido último de todo lo da el amor. Mundo material, mundo tecnológico, mundo científico, todo frío, todo estéril, todo sin luz ni vida porque el núcleo reflexivo del pensamiento del hombre posmoderno no está focalizado en su más honda verdad que es el amor, sino en una consecuencia externa, la cosa, lo que está afuera, la creación.

San Agustín en un momento de su vida estuvo sediento de felicidad, la buscó y fue tras ella pero la buscaba en el lugar equivocado. En un momento de lucidez y claridad se dio cuenta que la tenía dentro, muy dentro de su corazón, hasta llegar a exclamar: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba, y me lanzaba sobre las cosas hermosas creadas por Ti. Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Me retenían lejos de Ti todas las cosas, aunque, si no estuviesen en Ti, nada sería. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera. Brillaste y resplandeciste y pusiste en fuga mi ceguera. Exhalaste tu perfume y respiré y suspiro por Ti. Gusté de Ti y siento hambre y sed. Me tocaste y me abraso en tu paz”. Aquí está todo, realmente, porque hallamos todo cuando encontramos al amor. Amor en serio, no amor de pacotilla, amor de Dios en estado puro que se riega generosamente al alma. La fiesta de la trasfiguración nos revela justamente eso, Jesús al cambiar su figura humana y transfigurarse, pre anuncia no solo el destino de su cuerpo que alcanzaría la plenitud en la resurrección, sino que revela al hombre y a la entera creación el destino de gloria y plenitud que le espera. La Transfiguración como tal es la revelación de lo pasajero y vano del mundo, para abrirnos a la verdad de nuestro destino que es plenitud en el amor en Dios. Las consecuencias prácticas de esto es el desapego que tenemos que tener de las cosas que nos atan al mundo.

Sabemos en efecto que todo lo del mundo es inconsistente y banal y que lo único firme es Dios y el amor. Por experiencia sabemos que si nosotros ponemos todas nuestras energías en función de las cosas, la conclusión será una gran frustración que terminara convirtiéndonos en personas profundamente infelices, porque las cosas no nos dan felicidad, nos entretienen un tiempo, pero no nos dan la respuesta filosófica o teológica que tiene que ver con el amor, que tiene que ver con Dios y con nuestras almas. Perder de vista la realidad espiritual de nuestro destino es verdaderamente perdernos en la nebulosa de un tiempo sin sentido, de una actividad sin sentido y de una vida vacía de su significado más profundo que es amor. Sin el amor la vida se transforma en una dolorosa agonía en la que nos duele todo, nos duele la vida, nos duelen las personas y cada experiencia es un acto instintivo de supervivencia, sin color, sin alegría, sin ternura, ni belleza, porque todo estará carente de la luz, la alegría y la belleza que da el amor. No por caso Jesús se transfigura ante sus discípulos más cercanos ante de la máxima prueba que debían afrontar ellos en el trance de la pasión y muerte del maestro. Es como si Jesús quisiera decirles que todo lo que vivirían es una experiencia pasajera, pero que sus miradas tenían que estar puestas más allá de las apariencias y centrarse en la verdad de todo que es el amor y la eternidad. Que el mundo no los asfixie ni les haga perder ni la fe ni la esperanza, porque incluso en medio de las pruebas resplandece la verdad única del amor y la eternidad que jamás serán vencidas por el mundo. La Transfiguración nos recuerda hacia donde debemos orientar nuestras opciones si no queremos que la tumba nos devore: el amor.

El amor cambia la figura banal y pasajera de este mudo y lo coloca en la puerta de la eternidad. Somos eternos en tanto cuanto amamos y desparecernos para siempre con la figura del mundo que es banal y pasajera si no somos capaces de optar por el amor que destruye el tiempo y nos hace eternos.