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Rafael del Blanco
Por: Rafael del Blanco

Llenar el alma de profunda argentinidad

Leyendo detenidamente la parábola del sembrador de este domingo tomada del evangelista San Mateo (capítulo 1, verso 1 al 23) tengo la impresión que una explicación tan sencilla y profunda como la que hace Jesús acerca de cómo crece o no el Reino en el corazón de los hombres, puede ser aplicada también a nuestra realidad presente, para tratar de comprender lo que nos está sucediendo a los argentinos en relación a nuestra compleja historia que ya lleva más de doscientos años.

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Esta es una lectura que tiene la impronta de una opinión personal y entonces seguramente limitada, por lo cual no tiene el ánimo de imponerse como verdad, ni mucho menos, sino tan solo como una opinión más que venga a enriquecer las miles de perspectivas bajo las cuales puede ser mirada nuestra realidad nacional.

Al hablar de la siembra Jesús dice que un primer caso de fracaso en la siembra es aquella semilla que cayó al borde del camino, inmediatamente vinieron los pájaros que la comieron sin que ella pueda transformarse en una planta. Podríamos comparar esto con los que se quedan al borde y al margen de todo en la patria y que nunca terminan siendo parte de nada, los críticos sin profundidad y los charlatanes de turno que trabajan para el rating, ilusos de marketing que venden espejitos de colores y que por artificiosos engañan a quienes no poseen criterios de discernimiento para analizar la realidad desde la perspectiva amplia y profunda que da el estudio, la reflexión y el compromiso con la realidad.

La superficialidad nos hace presa fácil de cualquier discurso o pensamiento manipulador que quiera devorarnos. En efecto, un intelecto sin conexión con el pasado y que ignora los principios fundamentales que sustentan nuestra historia no aporta nada a la discusión real que nos debemos los argentinos, más bien contribuye a una mayor confusión. Justamente porque desconocemos nuestra historia e ignoramos a nuestros próceres vivimos los argentinos en la precariedad de un pensamiento y una cultura que tiene enormes dificultades para conectarse realmente con las raíces más profundas de nuestras tradiciones que tienen que ver con la tierra y con nuestros antepasados indígenas. Me dijo una vez un colombiano, ustedes los argentinos no tienen vínculo con la tierra ancestral, porque no nacieron como nación desde la tierra, sino desde un barco. En efecto no tener en claro nuestra identidad como argentinos, ciertamente complica nuestro proyecto como nación y corremos el riesgo de ser como dice la parábola del evangelio una semilla desperdiciada. El segundo caso de siembra infecunda Jesús la refiere a aquella semilla que cae en terreno pedregoso y porque tenía poca tierra pudo brotar un poco pero la plantita murió rápidamente.

No tener contacto con la tierra nos condena a la muerte, desde siempre nuestros poetas nos dijeron a través de sus poemas y de su trovas que estar todo el tiempo mirando lo extranjero como ideal era una trampa y que para afianzar nuestro proyecto como nación debíamos mirar más para adentro que para afuera.

El sueño antes de Europa y ahora de Miami es una distracción letal que mina los anhelos de construcción de una identidad nacional sobre la base del contacto con nuestros valores ancestrales que desde el pasado nos conecta al presente para abrirnos al futuro con dirección, identidad, espiritualidad y sentido.

Nuestra patria que ha nacido del choque de la cultura de los inmortales con el colonizador español, es el fruto de ese encuentro y por sentirnos realmente de aquí llenando nuestras almas de una profunda indianidad es fundamental, para no seguir viviendo como si fuéramos extranjeros en nuestro propio suelo. Jesús refiere un tercer caso en el que la semilla cae en un terreno lleno de espinas que ahogaron la plata apenas nació y la secaron. Ahogar la planta y secarla hasta que se muera son dramáticos conceptos que parecieran describir la realidad de nuestra argentina de hoy. Claramente hay argentinos con un nivel de malignidad perversa que han enfermado a la patria hasta casi hacerla perecer. Esa cizaña en la patria está representada por aquellos intereses personales mezquinos que no piensan en el crecimiento de la Argentina como un colectivo sino en el crecimiento individual de sí mismos a costa de la patria. Y la patria no es un concepto es una realidad de carne y hueso representada por los millones de excluidos que padecen y mueren fruto de esta mezquindad. Allí hay niños, jóvenes, ancianos que son asfixiados literalmente por un poder político corrupto, una justicia corrupta, un empresariado corrupto. Tenemos ya generaciones enteras de ciudadanos corruptos que van desde el más alto rango en la estructura social hasta el nivel más bajo de nuestra escala social. Tanto es así que parece que robar en Argentina ya no mueve las conciencias, roba el rico, roba el pobre, se roba hasta en las iglesias como para graficar en grado extremo hasta donde llega este colapso moral que está asfixiando a la Argentina. Hace décadas esa cizaña está secando las venas mismas de la patria que agoniza en medio de espinas cada vez más poderosas llamadas narcotráfico y corrupción condenando a todos los argentinos a la pobreza, el enfrentamiento y la fragmentación. Dice Jesús en su evangelio que sin embargo en medio de tantos males algunas semillas cayeron en terreno bueno que produjeron plantas vigorosas y que dieron frutos sobreabundantes. Allí germina la esperanza de nuestra salvación como nación, en los millones de corazones que se levantan todos los días a trabajar por el bien, estos tienen nombre propio, son obreros, trabajadores, campesinos, empresarios, políticos de probada virtud moral e incorruptibles, policías, profesionales de la salud, etc. Que le siguen apostando a la argentina, allí no hay individualismo o interés mezquino, sino solo deseo de hacer el bien, miles de organizaciones barriales, movimientos y asociaciones no gubernamentales que agrupan a ciudadanos comprometidos con el prójimo y con la causa común de todos los argentinos. Ellos han elegido mirar hacia adentro abrazando de manera innegociables los valores de nuestra argentinidad que tienen que ver con nuestra identidad cultural, nuestra historia, nuestra tierra y con los pobres, y con todo lo que sabe a darle más patria a todos los argentinos. Semilla caída en tierra buena que se opone al negocio de las corporaciones multinacionales que fabrica millones de pobres todos los días y que son el gran enemigo de los pueblos.