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Eduardo López
Por: Eduardo López

El Estado de tu lado (ficción)

Juan Pérez es un chaqueño que va por la cuarta década de su vida y que tiene la suerte de tener trabajo en blanco. Es gastronómico por la tarde y noche. Su esposa es maestra de grado y lo hace por la mañana. Sus dos hijos están en la escuela primaria. Con lo que ganan les alcanza para las necesidades más elementales, pero les gustaría progresar en la vida. Hace dos años que tuvieron la suerte de que les adjudicaran una vivienda y lo primero que hacen cuando cobran es pagar la cuota.

El jueves pasado, 11 de mayo, como todos los días, se levantó temprano, preparó el desayuno para los cuatro, despidió a su mujer y llevó a los dos pibes a la escuela. Ahí fue la primera sorpresa: uno de ellos no tenía clase. Su maestra se había adherido al paro de su gremio. El hermano corrió mejor suerte, la docente de su grado sí había ido a cumplir con su deber. Como tenía varias cosas por hacer, tuvo que acompañar al chico que no tenía clases a la casa de los abuelos. Tras dejarlo, sacó la libretita de sus anotaciones y comprobó que, en lo que iba del año, sobre 46 días de clases, según el calendario escolar, por uno u otro motivo había habido 24 días de paro y 22 de clase efectiva. Mal panorama para lograr una educación de calidad como quería para sus hijos. “Ahora que aprobaron el presupuesto, seguro que las huelgas van a terminar”, dijo para sus adentros, pensando en lo que había escuchado por la radio.

Ni Salud, ni ATP

Se acordó enseguida de que tenía una larga agenda para esa mañana. Tenía que ir al hospital para vacunarse contra la gripe y pedir, además, un certificado de buena salud que le solicitaban en el trabajo. Fue hasta el hospital Perrando y pensó matar dos pájaros de un tiro. Al llegar le extrañó que había poco movimiento, pero entró. Enseguida se encontró con un cartel que decía: “Estamos de paro. Asociación de Profesionales, Técnicos y Auxiliares de la Salud del Chaco (Aptasch)”. Averiguó con algunos de los que merodeaban por los pasillos y le dijeron que sólo se atendían las urgencias. “No es mi día de suerte”, se dijo para sí y volvió a consultar sus anotaciones.

Juan tenía pendiente una gestión en el Registro Civil y para ello tenía que llevar una estampilla que, creía, se compraba en la Dirección de Rentas. Se acordó que ahora se llamaba Administración Tributaria Provincial (ATP) y que su nuevo edificio estaba cerca del hospital. Allí fue, subió la escalinata y también vio poca actividad. Enseguida localizó el cartel, repetido por varios lugares. “Estamos de paro. Sindicato de Empleados de Rentas”. Le extrañó porque sabía que los sueldos de los recaudadores están por encima de casi todos los empleados estatales. Uno de los que estaban en el lugar le dijo que era por el tema del “Fondo de Estímulo”, entre otras cosas. Fue muy amable porque le informó que la estampilla que quería comprar la iba a conseguir en un local que está por la calle Sáenz Peña, a pocos metros de la avenida 9 de Julio. “Algo es algo”, pensó Juan para sus adentros.

Tampoco el Registro Civil

Enfiló para la Dirección del Registro Civil, que quedaba cerca y cuando fue a entrar se quedó tieso. No podía ser, ahí también estaban de paro, tomaban mate y se limitaban a decir que solo atendían urgencias: defunciones y los casamientos que estaban programados. No lo podía creer cuando vio que un amigo estaba en la misma situación. Se pusieron a hablar y el compinche le había dicho que había averiguado que uno de los empleados le contó que, entre los motivos de la medida de fuerza, estaba el haberse atrevido a suprimir los bizcochitos que les daban para el refrigerio. El colmo, era el cuarto paro que se le hacía sentir en poco más de una hora: la escuela del chico, el hospital, la Dirección de Rentas y ahora el Registro Civil. Se acordaron lo bien que se atendía en el Centro de Documentación Rápida que estaba frente a la Municipalidad y que se cerró, se había dicho, porque el gobierno no pagaba el alquiler del local.

En eso estaba con el amigo cuando se acordó que debía volver a la casa para preparar, como todos los días, de lunes a viernes, el almuerzo para su esposa y los chicos que volvían de la escuela. Se palpó los bolsillos y no tenía dinero suficiente. No importa, se dijo, voy a un cajero y saco un poco de plata. En la mayoría había largas colas porque el pago de los salarios había sido pocos días atrás. Esperó en uno y sucedió lo impensado. En la pantalla le apareció una leyenda que decía “Por el momento no podemos entregar efectivo. Lamentamos la molestia”. Ya era mucho. Fue al súper y pagó con débito.

El Estado de mi lado

Cuando iba para su casa, ya que no era su día de suerte, pensó: “Lo único que me falta es que encuentre la calle cortada”. Por suerte esa fue una buena y pensó que la bendición de Francisco a Emerenciano y compañía había surtido efecto. Llegó y siguió su rutina habitual. El día no había sido bueno, pero sus hijos y su esposa tenían derecho a un sustancioso almuerzo. Puso manos a la obra y cuando ya estaba pelando las papas, se dijo, voy a alegrar la vida por lo menos con un poco de música. Buscó la radio y la prendió. En el dial de siempre, Radio Provincia (“Una radio, una provincia”, repitió mentalmente el eslogan que siempre escuchaba). Y enseguida escuchó el pregón “El Estado de tu lado. Gobierno del Pueblo de la Provincia del Chaco”. Era demasiado. Se rindió. Sin fuerza se tendió en un sillón, con la mirada en el vacío. Así lo encontraron la esposa, que había pasado por la casa de los abuelos y la escuela y llegaba con los dos chicos. Parecía un robot que repetía sin parar: “El Estado de tu lado”.