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El ladrón porfiado

Por Rolando Cánepa - Víctor García del Val trabajó como tipógrafo de El Territorio, luego como fotógrafo y redactor. Escribió letras de canciones y fue un notable e imaginativo ajedrecista que puso en jaque a más de un maestro internacional. Vivía recluido en Fontana y hace nueve días falleció a los 83 años. En 2005 vivió una peripecia casi increíble que relató con imperdible humor y sagacidad de avezado cronista. Lo registré con la mayor fidelidad posible.

Éste fue el segundo asalto; el primero fue más light, porque yo no estaba. En los dos casos tuve suerte. En el primero me robaron una máquina digital de fotos y, curiosamente, el selector del televisor. Qué pavote tiene que ser el ladrón para llevarse algo del año de Mahoma. Pronto confirmé su idiotez.

Habló desde mi teléfono a un celular y quedó registrado su número. Llamaron preguntando por alguien, dije que no vivía ahí y me dijeron: -Pero si el celular me indica que llamó desde allá. Entonces supe que era determinado vecino y pronto recuperé mis cosas. Cambié la cerradura y puse más candados.

El otro asalto me pudo pasar miles de veces, porque me olvidaba de cerrar con llave. Miraba la tele y sentí un ruido como de algo que se planta de pies fuertes en el suelo. Mis dos perras dormían en su silla, una miró hacia el patio y dio un lánguido guau. Como no me moví, siguió apolillando. Cuando abrí la puerta para sacarlas, un tipo vestido de negro, con la cara tapada y con un cuchillo y un palo o una tumbera, me ordenó ir hacia el baño. Justo ahí tenía guardado un tremendo machete.

Me fui para el baño medio rengueando y agarrándome de las paredes. Entré, agarré el machete, me di vuelta y lo enfrenté. El tipo se atoró en un primer momento; el palo que tenía era grandísimo, y me quiso pegar. Entonces saqué a relucir lo que aprendí en la práctica de espada con el profesor Mariano Pepe, en los cuatro o cinco años que fui al Círculo de Armas General San Martín. Era mi especialidad.

Con mis limitaciones, porque ando medio herniado y no me puedo mover demasiado, el asunto era evitar que se me arrime. El ladrón tenía un puñal de unos 25 centímetros, una especie de faconcito de hoja finita, y mi machete tenía un metro. Nos quedamos enfrentados en el pasillo estrecho, de modo que no podía revolear el palo. Con la espada hice lo que se llama doble circulado: amagás, apartás el arma del otro y tac: lo tocás. Le hice el jueguito: el tipo se fue con el palo para un lado, le entré a fondo y le di la mano en la que tenía el cuchillo. Lo tiró y se quedó con el palo, pero sangraba. Se agarró la mano, de espaldas a mí. Allí me entraron pensamientos de varios niveles. Por empezar creí que era un novato en materia de asaltos; entonces le pregunté: -Vos, ¿qué querés? -No le quiero hacer daño, yo quiero plata, contestó. -Yo tampoco te quiero hacer daño -le repliqué- quiero que te mandes a mudar.

Pensé que lo tenía a mi disposición: le podía encajar un planazo en la nuca o un puntazo en los riñones. Pero era 30 de diciembre. El 31 y el primero de enero y vaya a saber hasta cuándo iba a quedar detenido en una comisaría. Estaba pensando en todo eso cuando me tiró el palo desde atrás y me acertó en el pulgar de la mano que sostenía el machete. Se me voló el machete, el tipo se abalanzó y lo agarró; yo agarré el palo. Quedamos al revés.

Resulta que el palo se puede manejar con la técnica de la esgrima y tampoco lo deja arrimar al otro. A fuerza de ir y venir, estaba cansado y me faltaba la respiración; entonces, otra vez le pregunté: ¿Vos qué querés? -Quiero plata, me dice. -Yo plata no tengo, cobro una pensión, un plan trabajar, ¿de dónde querés que saque plata?, y agregué: ¿Por qué diablos andás haciendo estas cosas? Pude matarte, ¿por qué andás arriesgando así la vida?, ¿qué hubieras ganado? Contestó que en su casa no hay trabajo, que no tienen plata ni para comer. -Bueno, ahí tenés una bordeadora que no uso; llevátela y laburá con eso, seguí. Respondió que no quería cosas baratas. -Entonces estás sonado, porque otra cosa no tengo, le dije.

En esta instancia pidió una venda porque le seguía sangrando la mano. Agarré un pedazo de tela que por allí había y le pasé. Después pidió una piola para atarme. -Me vas a atar si me agarrás primero, le retruqué. Insistía en que no me iba a hacer daño y yo le decía lo mismo. Llegó un momento en que quedamos en un empate técnico. El vago no sabía para dónde agarrar y yo necesitaba tiempo para recuperar la respiración.

En el Círculo de Armas teníamos un profesor de artes marciales expolicía de la Federal, Ramón Galante. Él nos enseñó muchas cosas. Recuerdo que nos dijo una vez: si te atacan con un cuchillo podés defenderte, si te atacan con una pistola mejor te tomás las de Villadiego y si no que te agarre un infarto. Como el asunto se prolongaba y lo vi muy dubitativo, le dije: -Mirá ladrón de cuarta, arrimáme esa silla que no doy más. ¡Me sonaste!, justo a fin de año me venís a liquidar.

Me senté frente a la mesa donde tengo guardado un cuchillo. El vago se empezó a quedar medio despelotado y se le entreveraron las intenciones. -¿Querés agua?, ofreció. -Dejáte de macanear con el agua que yo estoy hecho aceite, le contesté haciéndome el artístico, esperando que el tipo me venga a socorrer y ahí lo reventaba. Como vi unos doce o trece pesos casi tapados por una servilleta sobre la mesa, propuse: -Mirá, lo único que tengo es esa plata que está allí. Él agarró la plata de mala manera y desconectó el teléfono. Yo, para dramatizar todavía un poco más el asunto, le pedí que me deje dos pesos porque si no, no tengo para el colectivo. Dejó dos pesos y se fue. Antes de salir preguntó cuál era la llave; cerró el portón de afuera con candado y tiró las llaves adentro. Tuvo miedo de que pase el fin de año encerrado. En eso fue un ladrón bastante decente.

El tipo era muy inexperto, pero si en vez de uno se me venían dos, ahí y sonaba. Mi hija me insiste que me mude más cerca, porque a una persona como yo, ya aparentemente hecha pomada, la tienen fichada. Soy una presa para mucha gente. Ese hecho me hizo pensar que debo dejar de hacerme el lobo feroz. Me creó la sensación de estar en manos de cualquiera que se le ocurra hacerte cualquier cosa.

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En Periodistas del Chaco, Fabio Echarri hace una breve biografía que a continuación se transcribe en parte. Víctor García del Val comenzó a trabajar, cuando tenía 11 años en el diario La Acción, bajo la dirección de Francisco Bueno, en Presidencia Roque Sáenz Peña. Ahí estuvo siete años con sus padres, que eran linotipistas. Cuando cumplió los 18 se mudó con los padres a Resistencia y los tres ingresaron en El Territorio. Por entonces el linotipista era un trabajador prestigioso y muy bien remunerado y Del Val ingresó antes de que el medio pasara a manos de la CGT y conoció al propietario y director Ernesto Zamudio. Tuvo familiares que militaron en el ERP, y un hermano, una hermana, una cuñada y sobrinos desaparecidos. “Nunca me callé, sino que fui muy sutil en los escritos”, declaró una vez. Echarri también menciona que Del Val llegó a ser director periodístico a fines de los 80, propuesto por los trabajadores reunidos en asamblea. Para entonces la suerte del diario estaba echada: “Cometimos el error de creer en la promesa de Menem”, había admitido.

Caminó entre nosotros un gigante

Tuvimos la suerte de que a Juan Carlos le gustaba andar y andar; es por eso que vino varias veces a Resistencia. Primero al Encuentro Nacional de Grabado de 1997, luego a presentar muestras, acciones y a compartir saberes. Como maestro tuvo una fecunda correspondencia electrónica con los resistencianos ya que fueron numerosas las actividades que realizó en nuestra ciudad.

Para la inauguración de Casa de las Culturas, en 2011, se montó una muestra junto a León Ferrari. Con ella se abrió la nueva sede del Museo de Bellas Artes de Resistencia.

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Romero en la presentación de la muestra El viento sigue soplando, en Museo de Bellas Artes René Brusau, en marzo de 2011.

Luego las presentaciones del libro Romero escrito junto a Fernando Davis y Ana Longoni e inmediatamente los talleres y recorridos por Resistencia. En una de esas recorridas una tarde que caminábamos bajo un cielo azul de 40ºC yéndonos al Cecuba, un centro cultural barrial que ocupa un centro comercial abandonado en la periferia de Resistencia. Allí Juan Carlos iba a dar un taller y conocer a los artistas del barrio en el último rincón de la defensa de la ciudad. Ahí, casi sobre la laguna, donde casi no hay mapa, allí estuvo contando historias de intervenciones gráficas, de poesía visual, de andanzas por otras ciudades entre Vigo y Pazos entre “Escombros”.

Y así caminó entre nosotros un gigante generoso que alentó a muchos a seguir andando por las urbes con mapas y las que carecen de él. En una próxima acción nos veremos, buen viaje y hasta pronto querido Juan Carlos Romero.

El artista que promocionaba un cambio social

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Junto al afiche por Margarita Belén. Fotos de Lisandro Vargas Gómez, Prensa del Instituto de Cultura.

En La Nación se destacó otro rasgo: haber combinado su participación política y sindical con una producción que llegaba a cubrir paredes enteras de museos y galerías, siempre cuestionando el estado de las cosas. Romero fue el artista que mostró en sus trabajos la propia ideología, de neto corte popular, desde el formato preferido por él en los últimos años: las intervenciones gráficas.

En los años 60, obtuvo el primer premio de grabado que otorgaba la empresa Swift con una obra, Swift en Swift, que satirizaba la convocatoria con textos de Jonathan Swift sobre la pobreza y referencias a las condiciones de trabajo de los obreros. Lo absurdo fue que la obra fue premiada porque el jurado vio que tenía un importante carácter experimental.

En los 80 en la ciudad de La Plata formó parte del grupo Escombros: Artistas de lo que queda, junto con Luis Pazos, Horacio D'Alessandro, David Edward y Héctor Puppo.

Juan Carlos Romero nació en Avellaneda, Buenos Aires, en 1931. Murió el sábado 22 de abril en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a los 86 años. El profesor de grabado egresado de la Escuela Superior de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata, en 1961, también fue secretario general del Sindicato Único de Artistas Plásticos (1975 – 1976) y docente en varias instituciones públicas antes y después de la dictadura militar. Dirigió el Museo de Telecomunicaciones (1982 a 1985) y había sido operario de Entel y dirigente sindical. Integró el equipo de la revista de poesía visual fundada por Eduardo Vigo en La Plata, Diagonal Cero. También participó del grupo Arte Gráfico-Grupo Buenos Aires, que desplegaba acciones en el espacio público, como plazas, calles y fábricas.