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Sergio SchneiderPor: Sergio Schneider

Un año para odiar

Si algo demostró el kirchnerismo durante sus años en el poder es que la realidad es una materia de la que se puede prescindir perfectamente para gobernar. En lo que lleva de tiempo como oposición, extendió la generalidad de esa ley: la realidad ni siquiera es necesaria para la práctica política en su sentido más amplio.

La gestión K decía tener como eje la promoción del ascenso social pero dejó 12 millones de pobres al cabo de más de una década de ingresos nacionales extraordinarios. Sobre el final de su era, demonizó a los candidatos “devaluadores”, pese a que en 2003 un dólar cotizaba a 2,90 pesos y en diciembre de 2015 nuestra moneda valía tres veces menos que eso al cambio oficial y cinco veces en el mercado negro. Declaraba una inflación de poco más del 10 por ciento anual cuando el guarismo real superaba el 30. Afirmaba que el incremento de la delincuencia urbana era “una sensación” y la corrupción en la función pública un invento de la prensa. Reivindicaba los derechos humanos pero ponía al general Milani al frente del Ejército. Hasta perdía elecciones sin que ese detalle le impidiera festejar los resultados, como sucedió en 2013. Y, como cereza del postre, abogaba en favor del pluralismo y de entender que “la patria es el otro” mientras se ejercía -y fomentaba- la descalificación personal permanente para castigar a opositores y periodistas críticos, al tiempo que se derramaban recursos generosos sobre medios, comunicadores, artistas e intelectuales del palo.

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Por supuesto que navegar no sobre el río, sino sobre el dibujo de un río, tiene sus riesgos. Un día, el Titanic se estrelló contra el iceberg de un postulante que, sin plan de gobierno, sin carisma y sin militantes, ganó las presidenciales acatando el consejo con el que Cristina Fernández respondía a los cuestionamientos: hacer un partido y presentarse a elecciones.

Al resto lo hizo el propio kirchnerismo, cuestión que los más fanáticos de esa vereda son los primeros en no comprender aún. Debe ser por eso que continúan permitiendo que sus referentes más impresentables sigan hablando y regalándoles titulares a las necesidades políticas del macrismo, como si no hubiese bastado con que la revolución acabase con exfuncionarios visitando conventos de madrugada para dejar millones de dólares en ellos o con su estratega mayor envuelta en una polémica folletinesca con figuras de la tele luego de difundir zócalos de sus programas modificados con photoshop.

En órbita

Por supuesto que ni bien concluyó el escrutinio del balotaje, los monjes K y otros sectores peronistas de genética política similar se embarcaron en la búsqueda de la única venganza que consideran suficiente: llegar a ver a Macri y todo su gobierno yéndose de la Casa Rosada a bordo de un zepelín. El papelón de CFK de no asistir a la ceremonia de traspaso de mando fue el anuncio nítido de lo que vendría.

En los 17 meses transcurridos desde entonces, el ex oficialismo continuó viajando en su asteroide. Sus voceros nacionales y locales muestran -como le sucedió al rozismo al estrellarse contra el mundo en 2007- hasta qué punto el poder y la soberbia enceguecen. Hasta resucitaron la viejísima teoría comunicacional de la “aguja hipodérmica” (según la cual los medios masivos tienen la capacidad de manipular a sus audiencias como a autómatas, inoculándoles pensamientos y conductas a piacere) para encontrar una explicación de la derrota de 2015 que no los coloque como responsables excluyentes. La acumulación de pruebas sobre la corrupción sistematizada no genera autocríticas ni mucho menos arrepentimientos, sino acusaciones contra los magistrados que intervienen en las investigaciones.

Esa brutal subestimación del ciudadano promedio continúa siendo -de acuerdo a prácticamente todas las consultoras de opinión pública- el principal alimento de las expectativas electorales del gobierno. Como en la campaña de 2015, lo que más favorece a Macri no son las estrategias del inefable Jaime Durán Barba, sino las rutinas del pasado reciente que sus enemigos reciclan una y otra vez.

Casi las únicas modificaciones positivas en el planeta K consisten en que, de nuevo, a sus periodistas e intelectuales las cosas condenables les vuelven a parecer condenables: las entrevistas amistosas a los funcionarios de turno, las malversaciones de caudales públicos, las incoherencias e inconsistencias presidenciales, el uso de los medios del Estado con fines partidarios; las agresiones de los seguidores del oficialismo a quienes critican la gestión. A todos ellos: bienvenidos de regreso.

El voto-desprecio

Es muy probable -al menos es lo que la historia ha mostrado siempre- que el kirchnerismo acabe reducido con el tiempo en un ente residual de lo que alguna vez fue y que Cristina tenga un último fulgor en 2019, como aquel de Menem en 2003 (cuando fue el más votado en la primera vuelta pero se bajó de la segunda), y que -como le pasó al riojano- deba rendirse a los acomodamientos tectónicos del peronismo, que buscará liderazgos menos rancios.

Pero mientras tanto, continuará -con su insalvable torpeza- siendo la oposición más conveniente para Macri, que luego de las manifestaciones de apoyo del 1 de abril -otro fenómeno que mostró al kirchnerismo muy lejos de entender los nuevos tiempos- salió del pozo anímico del verano y parece más decidido a cosechar votos no mediante una recuperación económica que se presenta cada vez como más remota sino prolongando todo lo posible el rechazo del electorado independiente a lo que representaron Néstor y Cristina.

Expresiones volcadas por participantes de las marchas oficialistas del comienzo de este mes y algunas de la dirigencia macrista -incluido el propio presidente- mostraron que el desprecio por quienes sostienen ideas diferentes no es patrimonio exclusivo del cristinismo. La despectiva alusión kirchnerista a “globoludos” y “gorilas” que votaron a Cambiemos tiene su correlato simétrico en los comentarios que llenan las redes sociales con posteos oficialistas sobre “planeros” y “negros de mierda” sin los cuales, dicen, la vida sería perfecta.

Con ese panorama entre los de abajo, si allá arriba mantener bien abierta “la grieta” es la carta a la que apuestan Macri y Cristina para mantener con vida sus carreras políticas, estamos viajando hacia el horno. Sobre todo porque, mientras tanto, en el país se está configurando un escenario cada vez más complicado, que combina inflación, desempleo, pobreza, recesión, atraso cambiario, balanza comercial negativa, e inviabilidad fiscal resuelta con más y más endeudamiento.

Semejante cóctel ya debería estar ameritando un pacto político, económico y social verdaderamente amplio y diverso. Pero en vez de eso, en las cumbres cada cual hace su juego. Algunos informes, incluso, afirman que Macri optará por enfriar aún más a la economía para frenar los precios y aquietarlos antes de las elecciones, aunque eso demande sacrificar un posible crecimiento, siquiera módico, del PBI durante 2017. Una determinación que, de ser cierta, suena casi... irreal.

Alfileres

Demás está decir que el Chaco es una de las jurisdicciones provinciales que, ante cualquier agravamiento de las variables actuales, verá volar todos los alfileres que hoy sostienen la cadena de pagos del Estado. Para poder concretar la ejecución presupuestaria, la Legislatura aprobó la autorización solicitada por Domingo Peppo para tomar endeudamiento nuevo por hasta 4.900 millones de pesos, monto equivalente a un 40% del stock de deuda del Estado provincial a septiembre del año pasado. Un matafuegos caro que habrá que ver en qué condiciones se consigue en el mercado (si bien se le atribuye al vicejefe de Gabinete, Mario Quintana, haberle dicho la semana pasada a Peppo: “Traé tu ley y acá te conseguimos los fondos”, sugiriendo que la nación apalancaría una asistencia en términos blandos).

Como ya se sabe, la mayor parte de los recursos del presupuesto irán a solventar los salarios de la imparable plantilla estatal, que siempre crece a una tasa mayor que la poblacional. En el presupuesto 2007 el total de agentes del Estado eran 43.842. En 2008 ya habían crecido a 48.062, en 2016 ya había trepado a 64.249 y en el presupuesto votado la semana pasada son 69.280.

Es que la cosa pública se ha manejado casi siempre así. Como algo que tiene ritmos, patrones y prioridades diferentes al resto del universo. Algo así como ser independientes de la realidad. La realidad, ese detalle que tiene la mala costumbre de volverse muy, pero muy molesto.