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Rafael del Blanco
Por: Rafael del Blanco

El lugar donde todo comienza

Muy cercana de la tumba del fundador del materialismo ateo Karl Marx en las afueras de Londres, en el cementerio de Arnos Grove, existe otra tumba en cuya lápida se lee: “He aquí el lugar donde todo comienza”. Casi como un grito de rebeldía ante la arrogancia de la razón que había declarado muerto a Dios, desde el lugar de la muerte, en esa lapida yace un clamor de esperanza que ante la muerte confiesa la victoria de la vida. Eso es la resurrección, la irreductible esperanza fundada en la acción redentora de Cristo que con su pasión muerte y resurrección limpia la historia y, solo por ello, tener la chance de salir hasta de los pozos más oscuros y superar hasta los fracasos más imposibles.

La resurrección de Cristo que la Iglesia proclama como hecho histórico según los testigos que volvieron a ver al muerto vivo, es el clamor irreductible del alma humana que se resiste a la muerte y al fracaso. No como uno de más de los intentos humanos de explicar lo inexplicable y justificar lo injustificable, sino como una experiencia real fundada en un hecho también real que conmueve los siglos: Cristo ha vencido a la muerte, Jesús el nazareno, ha resucitado y vive por los siglos de los siglos.

La resurrección por tanto es un evento de carácter histórico, tanto es así que ha partido el tiempo en un antes de Cristo y después de Cristo, pero es también, y por sobre todas las cosas un evento espiritual donde interviene la fe. Aunque nuestra fe es posible de ser argumentada también desde la razón, ya que podemos “dar razón” de lo que creemos, sin embargo, el condimento fundamental para el conocimiento pleno de Cristo, es la fe.

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La fe es un camino y la razón otro camino y aunque es legitima la independencia de ambos status, para no invadir ni condicionar el método según los cuales cada uno indaga, a un cierto punto los dos convergerán en una definición que como en el caso del poliedro será mirar la verdad desde una perspectiva diferente en la que ni el uno ni el otro podrán negarse como legitima aproximación de la verdad.

“No es necesario que todo enunciado sea un enunciado científico; ni tampoco por ello los enunciados que simplemente no son científicos pasan a ser afirmaciones inútiles o irracionales. La ciencia no es la única manera útil de ver la vida”, afirma el premio nobel William Philips. “Como físico, observo la naturaleza desde un punto de vista particular. Veo un universo ordenado, hermoso, en el que casi todos los fenómenos físicos pueden ser entendidos con unas pocas y simples ecuaciones matemáticas. Veo a un universo que, de haber sido construido de una manera ligeramente diferente, nunca habría dado a luz a las estrellas y los planetas. Y no hay ninguna razón científica por la cual el universo no podría haber sido diferente. Muchos buenos científicos han concluido con estas observaciones que un Dios inteligente ha decidido crear el universo con esta propiedad hermosa, sencilla y vivificante. Muchos otros grandes científicos, sin embargo, son ateos. Ambas conclusiones son posiciones de fe”, continúa.

Y termina citando al filósofo ateo Anthony Fleu convertido en creyente que afirma: “Yo creo en Dios porque siento la presencia de Dios en mi vida, porque puedo ver la evidencia de la bondad de Dios en el mundo, porque creo en el amor y porque creo que Dios es amor”. Y aquí está todo. La resurrección de Cristo como hecho histórico y espiritual es una respuesta de amor categórica desde Dios hacia el hombre y que requiere en misma proporción una respuesta de amor de parte del hombre. No habrá resurrección para quien no ame y no crea que Dios sea amor. Si no existe un dialogo entre los dos caminos, fe y razón, todo podría reducirse a un montón de conceptos que aunque legítimos, en mi opinión, aumentaran la confusión. La resurrección de Cristo por tanto es la posibilidad real del encuentro con la bondad de Dios y con su amor. Bondad y amor atestiguada por los primeros testigos de la resurrección de Cristo que anunciaron que aquel que en su vida terrenal había hecho obras extraordinarias por los pobres, pecadores y enfermos de todo tipo como manifestación concreta del amor del amor de Dios hecho hombre en Jesús de Nazaret, recibió la confirmación del cielo que milagrosamente lo rescato de la muerte dejando en el amanecer de aquel primer domingo de pascua, un sepulcro vacío. Desde aquel glorioso día todos los sepulcros son para nosotros los creyentes preludio de vida y declaramos categóricamente que la muerte es en realidad la experiencia y el lugar donde todo comienza. Ante el sepulcro vacío entonces, silencio, estupor humano y adoración contemplativa: Cristo venció. No el odio ni la muerte ni la envidia ni la arrogancia ni la soberbia de cualquier índole, el amor ha vencido y levanto a Cristo de la muerte y con él a todos nosotros. Y como lo atestiguan millones de creyentes desde aquel memorable día en que las mujeres encontraron el sepulcro vacío, Él vive, verdaderamente, Cristo el Señor ha resucitado.