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Guerradictos

Por Rubén Tonzar-  Cuando la idea de superioridad racial, la fe en los dioses, ni el patriotismo alcanzan, se echa mano de medios menos heroicos pero más destructivos, para todos los bandos, antes y después de la guerra.

Los vikingos fueron un pueblo de grandes exploradores que supieron unir casi un tercio del mundo antiguo en una ruta común, pero su mayor fama proviene de sus guerreros, los berseker, cuya audacia e indiferencia al dolor, e incluso a la muerte, los hacían invencibles. Historiadores y antropólogas han revelado que un componente fundamental de aquel arrojo era el consumo ritual de amanita muscaria, el alucinógeno hongo atrapamoscas, y el contaminante cornezuelo, que en combinación con el centeno del pan y la cerveza semidescompuestos que transportaban en sus barcos creaba lisérgicos euforizantes similares al LSD.

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Los hashshashins luchaban por la difusión de sus creencias y la defensa de su territorio contra los invasores cruzados, y se estimulaban con hashish.
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Durante buena parte de la II Guerra, pero sobre todo en la Blitzkrieg, las tropas nazis consumieron grandes cantidades de Pervitin.

Generales griegos y romanos aumentaban la tolerancia al dolor en sus tropas con el sencillo expediente de liberar el consumo de alcohol, principalmente vino, antes de la batalla. El historiador Tito Livio menciona a un general de César que hizo experimentos con hierbas usadas por los druidas galos, pero sin éxito, lo que obligó a retomar el vino como estimulante. Los mexicas y los aztecas que salían a La Guerra Florida para capturar enemigos para el sacrificio conocían bien el peyote, el pan de todos los dioses mexicanos. La ayahuasca, mezcla de vegetales que más tarde sería la madre de la psicodelia, también era usada por los guerreros para ganar coraje y mantenerse insomnes.

La secta de los Hashshashin, que intentaba imponer su corriente religiosa ismaelita en el Irak del siglo XI, y que combatió con algún suceso a los cruzados, usaba hashish para ganar coraje. Y parece que funcionaba: de allí viene el término “asesino”. Ya en el siglo XIX, el ejército británico, el más poderoso de su época, enfrentó la resistencia, fiera e insospechada, de los zulúes. Los luchadores de la tribu sudafricana, con armas de la edad de piedra y muchos menos efectivos que los anglosajones, presentaban sin embargo un aspecto temible y un aura de invencibilidad en la batalla. La virtud de sus brujos en la preparación de alucinógenos basados en hongos y hierbas silvestres los animaba en la defensa de su tierra.

Ese mismo ejército británico, tal vez la fuerza invasora más racional en su barbarie, hizo un experimento inverso. En lugar de entregar estimulantes a sus tropas, obligó a consumir depresores a sus enemigos, en este caso a buena parte de un pueblo al que expoliaba canjeándole sus productos más finos por una droga que anestesiaba a los consumidores. El episodio se llamó Guerra del Opio, duró tres años (1839-1842), y la derrota de los chinos a manos de los británicos los llevaría cuesta abajo durante un siglo, en el que perdieron su soberanía a manos de media docena de naciones que parasitaban su territorio.

Miedo a morir

“El hombre no es naturalmente corajudo, teme a la muerte. Por eso, a lo largo de la historia, se utilizaron innumerables métodos para ganar valor y aumentar la capacidad de combate. Entre ellos, el uso de drogas era la forma más rápida y más eficiente en el corto plazo”, dice Laurent Henninger, historiador francés especializado en conflictos bélicos. Y, amén de los casos mencionados, cita el ejemplo de la Blitzkrieg (guerra relámpago) de los nazis contra los Países Bajos. El 14 de mayo de 1940, en sólo cuatro días de combate, las tropas de Hitler conquistaron Holanda y Bélgica en una de las victorias más impactantes del Eje en la II Guerra Mundial.

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Al mismo tiempo que en Vietnam los soldados estadounidenses se entregaban desesperadamente a la droga, en Washington, Nixon creaba la DEA.
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Evolución del cultivo de amapolas en Afganistán. La invasión de EEUU disparó el tráfico de heroína a nivel mundial.

“La capacidad de marchar y luchar día y noche, sin dormir, fue determinante para el éxito de la operación”, explica el escritor alemán Norman Ohler. “La resistencia sobrehumana de esos soldados estaba sostenida por el Pervitin, especie de metanfetamina considerada ‘militarmente preciosa’ por el Estado nazi. Para que la Blitzkrieg funcionase, era preciso que los soldados nunca pararan. Por eso, la droga fue masivamente distribuida a las tropas, que conseguían luchar hasta 72 horas corridas sin dormir —algo que paralizó a los franceses y a los británicos”, dice Ohler. El Pervitin, comercializado desde 1938 por la farmacéutica Temmler, fue rápidamente un éxito de ventas. “Al inicio de la II Guerra, más de 34 millones de dosis de Pervitin fueron adquiridas para las tropas nazis. Su amplia utilización, particularmente entre las tripulaciones de tanques, hizo que el Pervitin fuera llamado Panzerschokolade, o ‘chocolate de los tanques’”, agrega Ohler.

Progresivamente se fueron conociendo –y sintiendo- sus efectos colaterales. Después de largos días y noches en vela, los soldados necesitaban descansos de semanas enteras para recuperarse. La agresividad también aumentaba considerablemente, y muchos terminaban con adicciones irreemplazables. La situación se fue descontrolando, hasta el punto que, en 1941, el propio gobierno prohibió oficialmente el consumo entre la población (aunque continuó distribuyendo la droga secretamente entre los soldados). La guerra terminó en 1945, pero el consumo del Pervitin continuó entre los alemanes, tanto que el primer compatriota de Hitler en recibir el Nobel de Literatura en la posguerra, Heinrich Böll, contó que era dependiente de esa droga. En la misma guerra, el ejército japonés utilizó metanfetaminas, el Hiropon, que administraba generosamente a los pilotos kamikazes. Y al fin de la guerra, como en Alemania, millares de exsoldados japoneses eran dependientes de esa u otras drogas.

El punto más alto

El punto de giro en el uso de drogas en conflictos bélicos fue, por supuesto, la guerra de Vietnam. En Indochina, el uso de heroína era un hábito extremadamente común entre las tropas. La etimología nos recuerda que “heroína” es el femenino de “héroe”, lo que indica el potencial de la droga para aumentar el coraje y la audacia de los soldados. El abuso de marihuana y otras drogas también se tornó común entre los soldados estadounidenses. Estadísticas del gobierno de los EEUU indican que casi la mitad de los soldados que pasaron por la guerra en Vietnam experimentaron con la heroína, y el 20% desarrolló alguna forma de dependencia. Los jóvenes yanquis, por entonces obligados a servir en las Fuerzas Armadas, cuando no podían huir físicamente de una guerra que sentían completamente ajena y sin sentido, escapaban consumiendo cualquier alucinógeno, euforizante e incluso depresor que tuvieran a mano.

Precisamente en ese momento, cuando el gobierno con su guerra fomentaba al extremo la locura de sus ciudadanos, el presidente Nixon lanzó la primera gran campaña de programas para la “guerra contra las drogas”, con generosas financiaciones. El historiador Henniger lo interpreta de esta manera: “Pese a la utilidad coyuntural que tiene el uso de drogas para aumentar el rendimiento de las tropas, su consumo luego no puede volverse atrás. Por el contrario, tiende siempre a descontrolarse cuando los adictos exsoldados las introducen entre la población civil en casa. Si esa difusión se da en contextos de deterioro socioeconómico, entonces será imposible erradicarlas, y sólo quedará intentar limitar el fenómeno dentro de parámetros ‘deseables’ para la planificación política”.

Henniger pone entre comillas la calificación “deseable”, porque recuerda que se está refiriendo a la distribución masiva de sustancias que intoxican y eventualmente matan. Casualmente, la Drug Enforcement Agency, la tristemente célebre DEA, creada en 1971, comenzó su despliegue con posterioridad a la guerra de Vietnam, y durante las últimas tres décadas acompañó –si no favoreció- en EEUU y América Latina, el más grande crecimiento del tráfico de drogas de la historia.

Las sucesivas y cada vez más caras campañas de “lucha contra las drogas” luego se transformaron en “guerra contra las drogas”, con sistemáticos fracasos y constante incremento del tráfico de estupefacientes, al tiempo que se producía el mayor un deterioro socioeconómico de la historia.

Un caso que grafica con la mayor expresividad la relación íntima y de mutua retroalimentación entre guerra, drogas y “guerra contra las drogas”, es la evolución del cultivo de amapolas en Afganistán desde la invasión norteamericana en 2001 (datos del Centro para la Prevención y el Control de Enfermedades www.cdc.gov). El incremento a pasos agigantados de la superficie cultivada con la materia prima para la elaboración de heroína, en un país donde no se consume pero que está ocupado por las tropas del mayor consumidor, hace redundante toda opinión al respecto. A esas estadísticas globales sólo agregaremos una muestra local de EEUU, del mismo CDC: en 2013, en el estado New Hampshire, el número de muertes por sobredosis de heroína superó el número de accidentes automovilísticos. Como en todas las guerras, lo que fue “deseable” una vez, se reveló incontrolable en lo sucesivo.