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Adolfo Cristaldo, la voz de la poesía hecha música y salmo

Con ese silencio que sólo conocen los grandes, el 30 de Octubre de 1999, hacen hoy 17 años, murió en Buenos Aires Adolfo “El Negro” Cristaldo, un poeta clave en las letras chaqueñas y, especialmente, una de las mentes más lúcidas que aportaron a la construcción de nuestra identidad. En su homenaje, la fecha de su muerte, ha sido instituida por la legislatura chaqueña como el Día de la poesía.

Con un solo libro -y con un solo poema-, sintetizó las innumerables aristas de la composición cultural y étnica de nuestra provincia, con una claridad meridiana que, sin dudas, se agiganta con los años. “Razachaco” se editó por primera vez en 1972, luego en 1976 y sucesivamente hasta la quinta y última, el 31 de marzo de 1997, gracias a un emprendimiento editorial de Meana&Meana Impresores.

El Negro, de hermosa estampa, fue todo un caballero, gentil con las mujeres, gran seductor y exquisitamente campechano.
En su homenaje, la fecha de su muerte que se conmemora hoy, ha sido instituida por la legislatura chaqueña como Día de la Poesía.

El hombre y su historia

Cristaldo nació en Puerto Tirol el 9 de setiembre 1918. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Nacional del Nordeste y en la Universidad de Tucumán.

Desde 1962 se radicó en Trelew, Chubut, donde vivió por lo menos más de dos décadas.: “Es una satisfacción pensar que se está a tanta distancia del Chaco y se continúe editando Razachaco” dijo cuando se presentó la tercera edición del clásico.

“El Negro” no sólo celebraba el tercer ingreso a la imprenta de su gran poemario sino estar nuevamente entre los suyos.

En esa tirada, el libro contó con prólogo de otro gran poeta, Alfredo Veiravé, que magistralmente lo describió como: “Es más un hombre que un libro, ya que la palabra para él es la voz de la poesía convertida en música y en salmo que provoca en el oyente una comunión de almas y destinos, como en una era arcaica en la cual el poeta era el intérprete de la tribu, el aedea, el vidente, el demiurgo, el convocador de un lenguaje con sentido mágico que no necesita de códigos extraños para ligar (re-ligar) unir a todos” y, más allá del prólogo, el recuerdo del “Negro” “... que utilizó durante años esa simpatía con el mundo, su garganta, su presencia dionisíaca... y se introdujo en el mundo de los tobas, mocovíes o matacos, en el monte donde se oye el sapucai de su tata correntino, en los cuentos del fogolar materno, en las nostalgias de los inmigrantes friulanos que poblaron el Chaco, en las convicciones del amor, para transmitir sus miedos y sus alegrías”.

El escritor entrerriano aquerenciado en el Chaco, sostuvo en aquel memorable prólogo que “al analizar el rigor metodológico observable en la división matemática de sus ´Cantares’ plasmado en el índice, es fácil determinar que Adolfo Cristaldo se orienta con firmeza hacia la definición de las grandes etnias chaquenses” y agrega “vaticino y estoy seguro de testimoniarlo en su obra futura, que nos dará la gran poesía epopéyica que el Chaco está aguardando”.

Al momento de su muerte estaba casado con Berta Krasnoselsky, con quien compartió las últimas cuatro décadas de su vida. Anteriormente, tuvo dos hijos de su primer matrimonio: Adolfo y Eduardo, también fallecido, en tanto que en segundas nupcias tuvo a Julio actualmente radicado en Mendoza, y otro hijo más, que también ya murió.

Pero no será su historia biográfica lo que nos quedará como legado sino ese valioso puñado de poemas que huelen al monte más cerrado, que suenan como los ecos perdidos de los sapucais, esos que conoció de niño: “Al sapucai lo escuché por primera vez cuando llevaba la merienda a mi padre, quien estaba en el monte, derribando quebrachos”, contó alguna vez y agregó: “sentí el estremecimiento de ese grito con que los hacheros anuncian a sus compañeros que el árbol, con sus siglos de ardiente madera, va a caer”.

De esta manera, en su obra introdujo el mundo de los tobas, mocovíes o matacos, las nostalgias de los inmigrantes friulanos que poblaron el Chaco y el sonido del monte, entre otros elementos que constituyen nuestra identidad. Los que disfrutaron de encuentros con “El Negro” recuerdan su increíble capacidad para hablar poemando, como si la vida se sucediera en estrofas de incansable belleza.

Razachaco

Tú me preguntas, carita llena de mirar verde,

qué es razachaco.

No te lo dice

toda la selva que en mis adentros,

mientras te miro se está incendiando!...

Monte, río, grito, hachazo.

Sangre - grito grito macho.

Nos caminan en la sangre cantares tobas,

designios gringos, soñar mataco.

En crisoles razachaco fúndense los eslavos,

los guaraníes, tobas, furlanos.

Razachaco: pueblo lapacho,

fibra algarrobo, temple quebracho.

Muchacha:

...Si algún impulso no confesado quema tu adentro y hace más claros tus ojos claros;

humedecidos sus verdeares como de musgos color mojado, mírame largo: un sortilegio de lunamonte, cieloquebracho, con regusto tierrafuerte dirá su sino de carnebarro

Amiga: aquí cercano, mirada arriba,

deseo abajo, tu cuerpollama tiemble abrasado

y se derramen pelos castaños sobre los yuyos del suelochaco.

En tanto un rito de paganía,

animalito sacrificado en los altares de un Dios de Selva, sea oficiado, talas, lapachos, arborizandos los ojos tuyos, dirán la danza de estos deseos.

Muchacha: ¿sigo explicando?...

Si aquí, a la vera de tus preguntas Soy sólo eso: calor de beso, clima de abrazo, ¡Soy razachaco!

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