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Mundo Moreyra

Miguel Ángel Moreyra es un representante ineludible de la literatura chaqueña. En los últimos meses acaba de publicar Esa larga noche de Lucía Vargas, novela que repasa episodios trágicos y a la vez épicos de la historia de nuestra provincia. El texto que sigue pretende desmenuzar la literatura de un escritor prolífico e infatigable.

No quiero exagerar ni equivocarme, pero esta es la cuarta o quinta vez que acompaño a Miguel Ángel Moreyra en la presentación de un libro de su autoría. Puedo decir que, sacando del medio a su mujer (no hay nadie que sepa tanto de un escritor, de su obra y de él mismo, como su mujer) soy quien más conoce la obra de Moreyra. Soy un experto en su literatura. Una literatura de Chaco adentro, agreste y pomposa, que descubre frondosidad ahí donde uno apenas alcanza a ver una horrible parcela de tierra y desgracia.

Es que tiene la capacidad, Moreyra, de hundirnos en nuestra geografía de una manera que -por virtud del aire acondicionadopreferimos evitar. Un virtuosismo narrativo que nos engaña y nos empuja a sentir que, tal vez y después de todo, nuestro clima y nuestra historia no son tan impiadosos.

Identifico su prosa con facilidad. La huelo a kilómetros, como rastreador indio. Sé a quién estoy leyendo cuando leo a Moreyra.

La escritora Hebe Uhart, bella como una tortuga dada vuelta, dice que un escritor no es otra cosa más que su tono y su voz. El resto, sostiene, es vanidad, que tampoco viene mal. Yo celebro y aplaudo, cuando leo a Moreyra, el reconocimiento de esa voz.

Transcribo al azar un párrafo, un posible paisaje: “Lucía Vargas amaba las noches de Resistencia, las lejanas arboledas costeñas y aquellos prolongados perfumes de plantas nocturnas, también amaba esa luna enorme y blanca volcando su antigua distancia de arena iluminada sobre la colonia, siempre agitada de viento norte”

Leo a Lucía Vargas y por el tiempo que llevan esas páginas vuelvo al mundo de Flores en el fuego, El viento arde sobre el pueblo y Nuestro señor de los velorios. Es como una dulce vuelta a casa. Ahí está esa prosa sentenciosa y exuberante que no se amedrenta y acompaña el derrotero de sus personajes. Derroteros penosos, desde luego, como penoso es el derrotero de nuestra historia.

Los personajes de Moreyra son siempre outsiders, marginales, esquirlas de la historia chaqueña. Y esos siempre son los mejores personajes, quizá los únicos que valen la pena. Él los olfatea y va en su busca como un desesperado. Les tiende una mano y los rescata, y con ellos rescata un nuevo aunque viejo espacio de vida en el Chaco.

En Lucía Vargas, como en el Peleco de Nuestro señor de los velorios, o como en la Leticia de Flores en el fuego, se cifran la tragedia y la posible redención de un pueblo. Narra como un aventurero a la inversa: ahí donde el narrador aventurero se asombra, se queda, digamos, perplejo ante un paisaje de pesadilla - el del Chaco, por ejemplo-, ahí Moreyra transita con naturalidad feliz, con calidad de temerario. (¿No escucharon alguna vez, contadas de su boca, esas historias rurales y medio bárbaras que trae de sus tiempos de maestro? ¿No les llama un poco la atención la sonrisa desquiciada con que las acompaña?)

El drama de Lucía Vargas, su desamparo, se nos hace entonces más soportable. Aquello que cualquiera, por puro instinto, narraría con pulso febril y alucinado, Moreyra lo narra con una especie de tranquilidad barroca.

Retomo la tortuga dada vuelta - a la escritora Hebe Uhart -, que se refiere también a la importancia de escribir “como habla la gente”. Buena parte del trabajo del escritor ya está hecho, dice Hebe, porque nuestra historia vive en nuestra forma de hablar.

Pues bien: los personajes de Moreyra - Lucía Vargas por ejemplo, que habla de “tú” y no de “vos”- no hablan como habla la gente, digamos, común, la gente normal, no hablan como habla usted, o como hablo yo. Sus personajes plantean un desafío a esa lógica, porque su manera de hablar es de otro tiempo, también de otro mundo. Supongo que es el mundo del autor, un mundo en el que conviven el melodrama y la aventura —aunque no hay melodrama sin aventura—, la tragedia y la esperanza. Un mundo de otra dimensión que, por el poder hipnótico de la literatura, asumimos como el único mundo posible.

Que un escritor nos haga creer, o mejor: que nos haga sentir, que sus personajes hablan “como habla la gente”, cuando está visto que no, que en realidad son gente que habla raro y distinto, que un escritor nos convenza de semejante ilusión, no es sino una muestra dichosa de su talento y la comprobación final de que los escritores, los buenos, son siempre grandes mentirosos.

Suelo compartir instancias de trabajo con Miguel Ángel Moreyra, instancias que hacemos llevaderas, o de las cuales simplemente nos evadimos, hablando de literatura. “Qué estás escribiendo, cuántas páginas, cuánto te cuesta, qué tan atorado venís…” son detalles, probablemente intrascendentes, de la rutina del escritor.

Pero quien vive esa experiencia —la de esos detalles, digo—, sabe que está hablando de la vida. En esos dilemas se va la vida: en definir el carácter de un personaje, en llevar la trama para un lado, tal vez mejor para el otro, probar con la tercera persona, mejor volver a la primera, para echarlo finalmente todo a la basura, que es el lugar que nos corresponde.

O por si acaso, si uno se arriesga y oprime el punto final, también es bueno darse cuenta de inmediato que ese punto final no sirvió de mucho. Que la obsesión sigue instalada y que es probable que no se aparte nunca. Que por mucha buena o mala vida que nos prodiguemos, por mucha gente amiga que pretenda distraernos, el incendio siempre está cerca. Y que tener un libro a mano - un libro que escribir, o un libro que leer, da igual, es lo mismo-, es la única manera de mantener el incendio a raya. La literatura, entonces, es como un bombero voluntario que vive en tierra arrasada por la sequía. Moreyra, con su aire distendido, con un comentario jocoso siempre a mano, pareciera disfrutar el incendio, como si se duchara entre las llamas.