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La estanciera

Durante un tiempo conviví con un sueño de mi padre. El era un hombre muy simple, hijo de chacareros bonaerenses (su padre, mi abuelo Manuel, todavía conservaba algo de la propiedad original.) Y del peronismo le había quedado esa visión invencible de futuro reflejada en una cornucopia repleta de espigas, tractores, barcos, aviones y trabajadores con las mangas arremangadas señalado un sol plano de rayos rígidos.

Por Miguel Ángel Molfino

A los siete años, un hijo varón vive pendiente de lo que hace y piensa su padre y así era yo. Lo seguía a papá como si fuera un perrito trotador. Hacía poco que habíamos llegado de Santa Rosa de La Pampa y el calor chaqueño nos había sorprendido; la familia vivía agobiada y las miradas de mamá y mi abuelo Chicho disparaban sólo reproches ante la decisión de papá de radicarnos en el nordeste, buscando un nuevo porvenir, como solía comentarnos, gordo y grandilocuente. Usaba unos tiradores elásticos color caqui y de lejos uno podía suponer que calzaba una sobaquera, como las que llevan los detectives de las películas. Ya de cerca, aquel espejismo se diluía y no había más que transpiración en las axilas, cero pistola.

Un día regresó de su flamante empleo en el correo y trajo su sueño a cuestas. Se había enamorado de una Estanciera IKA. Desde ese momento, como todo enamorado, no dejaba de suspirar por ese raro automóvil. Se sentaba por las tardes en el sillón de la sala, abría el diario y lejos de leerlo, suspendía sus ojos en el aire como si buscara telarañas en el cielorraso. Su mente estaba ocupada por la Estanciera. Fumaba sin estar consciente de que estaba fumando y a veces, mamá y el abuelo le llamaban la atención durante los almuerzos. “Dejá de jugar con las papas fritas, Alberto”, rezongaba mamá. Empecé a sentir una licuación de mi admiración por papá. No entendía cómo un adulto podía atontarse tanto por un auto. Tenía miedo que aquello trascendiera a los crueles patios de los recreos de la Escuela 41. Mis compañeros me harían trizas, no quería imaginarlo.

Una noche, sentado a la mesa del comedorcito diario, solo, mientras mamá y el abuelo miraban la tele recién comprada, papá hacía números, carajeaba y volvía a sus secretas operaciones que yo relacioné con la Estanciera. Estaba jugando con mis soldaditos de plomo cuando irrumpió y me preguntó: “¿Cuánto tenés ahorrado en tu libreta de la Caja de Ahorro?” Hice memoria y le dije que creía que eran unos ciento veinticinco pesos con treinta centavos. Me miró furioso, pegó la media vuelta y volvió a hundirse en el comedorcito diario. Me imaginé que estaba enloqueciendo, se había enojado por mis escasos recursos y resultaba que era él quien me daba para que yo ahorrara. A su vez, la tensión entre mis padres era casi insoportable. Mamá quería comprar una tostadora eléctrica y papá decía que una tontería como ésa iba a retrasar la compra de la estanciera. Mi abuelo se pasaba las tardes en el billar de la esquina, tomando fernet, comiendo maníes y comentando a sus nuevos amigos que tenía un yerno, ese gordito de tiradores, que estaba cayendo en la demencia o había salido medio pelotudito.

Vivía un poco angustiado. Siempre habíamos sido muy unidos y estábamos orgullosos de nuestro apellido: Charrier. Era francés y nos sentíamos de sangre azul aunque papá nos tenía acostumbrados a su inconstancia en los trabajos y siempre amenazaba con negocios fabulosos que se desplomaban por una cosa u otra. Porca miseria, gruñía mi abuelo. Sos un inservible, lo alentaba mamá. Se imaginaba que era un hombre de negocios brillante y que sólo necesitaba un capitalista que confiara en su talento.

Decidí no abandonar a papá y acompañarlo en su sueño. Empecé a invitarlo a la plaza 25 de Mayo, nos sentábamos en uno de los bancos y esperaba a que pasara alguna Estanciera. Cuando divisaba una, lo codeaba y le decía: Mirá, papá, tu estanciera. Una sonrisa casi infantil se abría en su cara de luna rosada. Cruzaba los brazos sobre su panza y la miraba pasar como si fuese un maravilloso unicornio. En ese momento, sentía que amaba profundamente a papá y los ojos se me llenaban de lágrimas. Me juramenté que le regalaría una estanciera.

Pasó el tiempo, papá se jubiló y jamás pudo comprar un auto. No obstante, el recato borró su deseo de manejar una estanciera, su amada inmortal. Con esfuerzo, me pagó la carrera de Derecho. Meses antes de recibirme un infarto mató a Alberto Charrier, mi papá. Fue entonces que compré un amplio lote en un jardín de paz y allí lo sepultamos. Fue uno de los días más tristes de mi vida. Metros abajo también yacía su sueño. Puse en tierra una de mis rodillas y acaricié su tumba.

Un mes después, la compré. Era una Estanciera IKA verde, modelo 64. La hice llevar hasta el jardín de paz y la instalé sobre su sepultura, así como construyen ángeles y muertes griegas de granito.

 Allí está, vacía, inmóvil y pesada, viendo pasar los calores y los vendavales, esperando nada. Como los sueños.