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La Compañía de Jesús y las comunidades indígenas

La Compañía de Jesús y sus miembros fueron tenaces defensores y abogados de la población originaria, sustrayéndola de la esclavitud y la venta en los mercados.

Por Raúl Osvaldo Coronel

Al ser personas queridas por Dios, las veían en todas sus dimensiones, desde la necesidad de relación con la trascendencia hasta el más pequeño vínculo familiar, y les aseguraron humanidad, dignidad y promoción humana.

La evangelización fue siempre acompañada de la enseñanza de conocimientos humanos, de oficios, de la música, una promoción educativa y social. Su visión integral de la realidad les facilitó una síntesis entre evangelización y promoción humana.

Música y canto

El sacerdote Florián Paucke, en su obra Hacia allá y para acá, cuenta el trabajo que le llevó aprender el idioma indígena con los niños a los que les enseñaba a leer y a escribir en español y además los instruía en música.

“La fama de mis músicos llegó a la ciudad de Buenos Aires, a la víspera del Santo Padre Ignacio, el pueblo se reunió en tanta cantidad (y) les ha gustado muchísimo que cantaran quienes pocos años antes eran aún paganos y no habían oído música en toda su vida”.

 

Singular intrepidez

Por casi dos siglos, los misioneros jesuitas emprendieron diversas expediciones desde ciudades como Esteco, Salta, Jujuy, Asunción y Santa Fe. Atravesaron el Chaco en todas direcciones; no fue una fácil tarea, y la selva y sus habitantes les cobraron sus mártires.

Jamás se propusieron otro objetivo que la salvación de las almas y el establecimiento de la cultura cristiana. Uno de los pilares del éxito fue haber aprendido el idioma indígena para evangelizar, como Alonso Barzana que habló trece lenguas, catequizando en el Chaco más de 20.000 naturales. Pedro de Añasco habló once lenguas y compuso con Barzana vocabularios y catecismos.

Fundación de reducciones

El 8 de junio de 1748 los abipones estaban en paz y dispuestos a reducirse. El gobernador Vera y Mujica partió de Santa Fe acompañado del sacerdote y rector del Colegio de la Inmaculada Diego Horbegozo. Iban a reunirse con los caciques Reregnaqui, Alayquin, Luebachin, Luebachichi, Ichoalay (José Benavídez) con 60 indígenas y sus familias, que pidieron adoctrinarse en la fe. Así se fundó la Reducción San Jerónimo, en el paraje del Arroyo que llaman del Rey. Donde actualmente está la ciudad de Reconquista se nombraron curas doctrineros a José Cardiel y Francisco Navalón.

Luego se fundó Purísima Concepción junto al Río Saladillo; al norte, la ciudad de Salavina; y al sur, Sumampa, en Santiago del Estero, en 1749. El sacerdote Martín Dobrizhoffer atribuyó al cautivo abipón Cristóbal Almaraz, un español nacido en Santiago del Estero, las gestiones para la reducción Purísima Concepción. El cacique Alaykin formalizó el pedido, ante el gobernador de Tucumán y se sumaron los caciques Malakin, Ypiriquin, Oaikin y Zapancha con sus respectivos pueblos. La reducción estuvo a cargo de los jesuitas fundadores José Sánchez y Bartolomé Araoz.

La parroquia San Fernando Rey

El 26 de agosto de 1750 se fundó la reducción para abipones jaaukanigás cuyo jefe era el cacique Neré, a 4,5 leguas de Corrientes, vía río Negro. El sacerdote Tomas García llegó unos meses antes y con ayuda indígena construyó casas y parroquia del futuro poblado constituido por 42 familias abiponas. El 27 de agosto de 1750 el sacerdote Thomas bendijo el templo que por aclamación de la comunidad nombró patrono a San Fernando Rey de España. Donde hoy es Resistencia la Compañía de Jesús puso además, bajo la advocación de San Francisco de Regis.

De 1750 a 1767 fueron curas párrocos Tomás García, José García, José Rosa, Pedro Evia, Mesquida, Juan Francisco Quesada, Domingo Perfeti y José Klein hasta su expulsión de los dominios de España.

Los misioneros eligieron a San Fernando Rey porque quisieron rendir honores al Santo de las Cruzadas. La reconquista de territorios españoles ocupados por musulmanes -invasión de los moros- tuvo al Rey de Castilla y León Fernando III (1198-1252) como principal protagonista. Guerrero, poeta, músico, defensor de la fe y la justicia, piadoso y hombre de oración que se destacó por su integridad, valentía y pureza. Por sus virtudes fue canonizado el 4 de febrero de 1671 por el papa Clemente X. La vida, obra y virtudes de San Fernando se representan en los vitrales de la catedral actual.

En Formosa

El sacerdote Martín Dobrizhoffer predicó en la reducción San Fernando (1763/1766) pero antes en San Javier de los Mocovíes, en Santa Fe. Luego estuvo en Purísima Concepción y al cabo de su formación religiosa, en 1754, continuó en la iglesia del Colegio de la Inmaculada de Santa Fe. De ahí en más pasó a San Jerónimo del Rey, donde aprendió el idioma abipón con el sacerdote Brignel. Después de reponerse de una enfermedad contraída en San Fernando -en la reducción guaranítica Santa María la Mayor, en Misiones- pasó a la reducción de itatines y tobas, San Joaquín del Tarumá al Norte de Asunción. Luego fundó la reducción para abipones San Carlos o Santo Rosario o el Timbó en Herradura, actual territorio formoseño, en 1763. El autor escribió El Chaco y sus ancestros, entre otras obras.

Cómo eran los abipones

 Se conoce a los abipones por los sacerdotes Barzana, Techo, Cardiel, Jolis, Lozano y otros, pero en su obra literaria, Martín Dobrizhoffer decía: “Los abipones son casi siempre de formas nobles, rostro hermoso, por lo general de color blanco, algunos trigueños y otros un poco más oscuros, se oscurecen de tanto andar toda la vida al sol. Los ojos de casi todos son negros y ven con mayor agudeza que nosotros”.

De la fisonomía describía que “tanto las mujeres como los hombres se quitan las cejas y pestañas para ver mejor, lucen dientes blancos y casi todos los llevan hasta la muerte”. Que tenían abundante cabellera negra pero sin barba y que raramente encanecían o quedaban calvos.

“Envejecen a edad avanzada”- apuntaba. “Su estructura corporal es grande, y de proporcionada conformación los demás miembros. Aventajan a los demás pueblos por su forma, estatura, vigor, salud y vivacidad. Son fuertes, de cuerpo musculoso, robusto y ágil”.

Estancia Las Garzas

Los jesuitas tomaron a su cargo la alimentación de la población abipona de San Fernando; de ahí que Klein fundó y dejó para la parroquia la estancia Las Garzas, con más de 6.000 cabezas de ganado. Al momento de la expulsión los bienes fueron liquidados rápidamente por la Junta de Temporalidades de Corrientes. La estancia se ubicaba al otro lado del Paraná, cerca de la ciudad de Corrientes, y fue localizada ahí por razones de seguridad.

Los animales habían sido donados en principio por las reducciones guaraníes, para alimentar y vestir a los yaaukanigas reducidos. Klein cruzaba el Paraná para buscar la carne de animales que mandaba faenar diariamente o traía hasta seis vacunos vivos, sujetando sus cabezas, en una madera y hacia afuera del agua.

Agricultor, obrajero y carpintero

Además de la instalación de Las Garzas, el sacerdote preparó la tierra para la labranza, instaló su obraje consolidando por años el comercio de madera.

Enseñó el oficio de carpintero y aserradero a los reducidos para la fabricación de carretas y barcos. Construyó barcos de hasta 20 toneladas, de ahí que se valió de la navegación con un botecito, como él decía, para transportar productos a Santa Fe y Buenos Aires, además del cabotaje desde Asunción.

En su carta al rector Francisco Carrió -en abril de 1763- decía: “Le remito las tacuaras que el año pasado le prometí, son más de 678, 380 picanas escogidas que quizás, poca de esa laya habrán visto en Buenos Aires, 297 tacuaras hermosas, 100 y tantas palmas, y tirantes de lapacho y palo blanco que quedarán en Santa Fe para el sacerdote Brignel”.

En otro escrito, de junio de 1763, celebraba que su botecito llegara del Paraguay para despachar 76 tercios de yerba, 71 yerba de palo y 5 de caaminí, un saco de tabaco, 13 sacos de algodón, 3 de maní y 5 rollos de lienzo. “Quiera Dios que llegue bien, para sacarnos la deuda que le debemos a Don Cipriano de Lagraña”, apuntaba.

Consecuencias de la expulsión

Para comprender la realidad de las comunidades Martín Dobrizhoffer describía que la paz y amistad con los abipones permitió que “el peso de la preocupación por el mantenimiento de los indios” recayera en los religiosos.

Con la instalación de San Fernando, la ciudad de Corrientes “pudo por fin respirar y descansar en paz y dedicarse sin peligros a distintos trabajos”, afirmaba. Los abipones permitieron que los españoles hicieran corte de madera en sus territorios, pero cuando se produjo la expulsión de los jesuitas los abipones abandonaron la reducción, volvieron a sus escondrijos y retomaron las armas. Y Corrientes perdió la seguridad alcanzada hasta ese momento.

Decadencia de reducciones

La expulsión de los religiosos la dispuso por el rey Carlos III, el 27 de febrero de 1767. “Al éxito de la evangelización en las reducciones, sobrevino la decadencia como consecuencia de la expulsión de los jesuitas de los dominios de España. Más de dos siglos de sacrificio y apostolado vieron con horror como se sacrificaba -en aras del sectarismo, de la incomprensión y de la envidia- los sudores y sangre de los apóstoles y mártires del Chaco”, afirmaba José Alumni.

Qué pasó realmente

El método jesuita perjudicó los intereses de los encomenderos, que se servían del trabajo indígena para sus empresas agrícolas o de minería. La encomienda fue objeto de uso y abuso. El obispo José Alumni en su obra Apuntes Históricos afirmaba que con la expulsión de los jesuitas, “la amenaza de la explotación se hizo presente y cuando se pretendió reemplazarlos por misioneros dependientes del encomendero, la resolución del indio fue rápida decisiva, volvió al monte y reinició la lucha”.

Al ser expulsado el jesuita José Klein, la misión contaba con 300 indígenas dedicados al trabajo, una tercera parte bautizados, los demás en vías de recibir el sacramento. El sacerdote Zalazar narró que sobre la mesa de trabajo había quedado su violín -inventariado por Casafuz en nombre del Rey- y también el cuadrante solar de piedra rosada para marcar el tiempo, que el historiador Justiniano Carranza halló en 1883. Klein era doctor en Filosofía, falleció en Silesia -actual República Checa- en 1773, seis años después de su expulsión los conversos se fueron a la selva impenetrable porque no aceptaron otro misionero.