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La reserva educativa

Al otro lado del pueblo, a escasos diez minutos en auto, está la Reserva Educativa de Parques Nacionales. Los 34 parques y reservas argentinas tienen miles, decenas y cientos de miles de hectáreas. En comparación con cualquiera de ellos, esta reserva es una prodigiosa miniatura: en sólo diez hectáreas el dadivoso suelo chaqueño se las arregla para congregar selva en galería, bosque y estero.

Creada por la visionaria previsión de Augusto Schulz en 1965, está enclavada en la estación experimental del Inta local, que se dedica fundamentalmente al manejo de ganado, lo que contrasta espectacularmente las diferencias entre el suelo dedicado a la producción agropecuaria y el dedicado a la conservación.

El imponente mango, a la entrada de la estación del Inta.

Un imponente gomero de varios metros de circunferencia preside la entrada al predio del Inta, opacando incluso al gigantesco y empinado tanque de agua hecho en hormigón con las siglas de la institución. Unos 300 metros más allá, a mano izquierda, una tranquera y un cartel marcan el acceso a la reserva.

Andrés, nuestro guía, se esmera en remarcar que es educativa, la única de ese carácter en el país, dedicada especialmente a la instrucción de los escolares y estudiantes de biología, que periódicamente la recorren y exigen la predisposición docente de los guardaparques, entrenamiento tan evidente como benéfico para todos los demás visitantes.

La modesta superficie de la reserva se agiganta apenas nos adentramos unos metros en la selva marginal que inaugura el recorrido. El mediodía soleado y húmedo se retira ante el fresco de la sombra enseñoreada en el dosel que sólo deja pasar un par de rayos de luz.

Un silencioso hervidero de verdes, grises y marrones tiende un cortinado vertical y horizontal a ambos lados del sendero, blando de hojas caídas y humedad. En este tramo destacan algunas especies raras como la opuntia schulzi, cactácea arbórea nombrada así en honor del botánico que vivió y desarrolló su trabajo en esta Colonia.

Tras un recodo del sendero, el suelo cambia notoriamente. A pesar de la lluvia de la madrugada, está claramente más seco que el de la selva en galería y el ambiente se despeja en forma notable, porque entramos en el sector del bosque chaqueño, poblado de árboles de madera dura, donde muchas especies exhiben sus espinas: las armas más visibles en la lucha por el agua.

El último tramo bordea el estero, antiguo cauce del río Tragadero que está, como corresponde, inundado en su mayor parte. Hora de volver. La próxima etapa nos llevará a la casa del responsable de que este pedacito del Chaco original todavía exista.
Parte del paisaje que se puede apreciar en la reserva natural.

 

La casa-museo Schulz

August Gustavo Schulz era un correntino de Empedrado, hijo de alemanes, nacido en 1899. Su familia vino al Chaco cuando Augusto era niño y la colonia era joven. El pibe conoció una naturaleza todavía en flor, aunque ya sometida a la industria blanca. Recibido de maestro en la Normal Sarmiento de Resistencia, también se hizo botánico por las suyas y rápidamente llegó a ser muy bueno.

En 1926, su recolección de flora chaqueña fue distinguida con diploma y medalla de plata por el Ministerio de Agricultura nacional. Schulz identificó y clasificó gran cantidad de especies, y publicó obras pioneras como Las asclepiadáceas del Chaco, Las bignoniáceas del Chaco, Las pontederiáceas de la Argentina, una brillante obra sobre el lapacho, además de innumerables estudios y dibujos de las pontederias (camalotes) que aparecieron en Darwiniana, la prestigiosa publicación de la UNCórdoba.

Su conocimiento era valorado mucho más allá de la Colonia: el doctor Bernardo Houssay le mandó una lupa y una cámara para dibujos a escala, para que completara el análisis de las floraciones que estudió en su clasificación, y una cámara fotográfica para que documentara los ejemplares en estado natural. La selección de estudios que enviaba a colegas extranjeros, destacadamente los de helechos, aparecieron en revistas y publicaciones especializadas, y el gran botánico Watherbyse convirtió en su ‘editor’ en los Estados Unidos. 

En 1958, al crearse el Jardín Botánico del Chaco, fue designado director, aunque renunció al poco tiempo en disidencia con la intervención provincial. En 1968 el autodidacta fue reconocido por la provincia, que bautizó con su nombre el Museo de Ciencias Naturales, y la Universidad del Nordeste lo nombró doctor honoris causa.

Hay 19 especies botánicas que llevan en su nomenclatura científica el término schulzi, nombradas así por otros estudiosos en honor al científico de Colonia Benítez. En su casa, Schulz reunió unos treinta mil ejemplares en un herbario con más de 10 mil especies, colección única en su género en el nordeste argentino. Falleció en Colonia Benítez el 28 de junio de 1992, a los 92 años. Al día de hoy, la que fuera su vivienda es el Museo Casa Jardín Botánico Augusto Schulz, recuperada en tres áreas principales: el sector histórico, la sala de investigaciones botánicas y los jardines. 

Almuerzo y regreso

El paseo al que nos invitara el Instituto de Turismo concluye después de un almuerzo en el predio Los Aromitos, emprendimiento privado a medio camino entre Resistencia y la Colonia, y una visita a la feria quincenal de agricultores orgánicos, en la plaza de la localidad. Un circuito armado minuciosamente por el Instituto de Turismo provincial, que en los últimos años ha reunido un trozo de la historia y la naturaleza chaqueñas, y los engarzó con la base logística imprescindible, a la que acompaña y fortalece con cursos de perfeccionamiento y calidad permanente. Un pedacito de Chaco a la espera de las visitas.