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Paseo por Colonia Benítez

Pedacito de Chaco

En la escuela nos enseñaron que el inicio de la modernidad estaba marcado por la caída del Imperio Romano de Oriente y por el descubrimiento de América. Aunque en el Chaco esa etapa comenzó mucho más tarde, a fines del siglo XIX e inicios del XX, tenía claros puntos de contacto con aquellas hazañas: igual que la modernidad en Europa, aquí la civilización echó sus cimientos sobre la depredación y la muerte.

Textos y fotos de Rubén Tonzar

Así como en Europa se penetraron todas las masas boscosas para hacer lugar a la agricultura industrial y en América se masacraron las masas indígenas para que no obstaculizaran la extracción de minerales y vegetales, en nuestra provincia, tres siglos después, se siguieron esos procedimientos casi al pie de la letra.

El centenario puente Luzuriaga, hecho con madera de quebracho, sigue en pie.

La comunidad indígena y su hábitat natural pasaron de ser un paisaje vivo a ser un paisaje político a ocupar y domesticar. Aunque los resultados no fueran exactamente los mismos que en el Viejo Continente, en la región oriental de la provincia se hicieron grandes esfuerzos para parecerse a los maestros. Rápidamente, la región dejó de ser una ‘naturaleza infinita’, para ser ‘civilizada’.

Barranqueras, Resistencia, Colonia Benítez, ya desde sus nombres eluden las referencias militares y cristianas que caracterizan a la conquista y se presentan civilistas, industriosas y científicas. Por eso mismo, hubo quienes advirtieron en seguida la pérdida de naturaleza y la necesidad de conservarla.

Otra historia

En el caso de Benítez no aparecen coroneles ni comandantes, curas ni santos, asociados a su historia. Un capitalista concesionario de tierras, unos colonos franceses, un ingenio azucarero, un puerto sobre el Paraná, una fábrica de aceite, un sabio botánico de fama mundial hecho a sí mismo, fueron algunos de los hitos notorios de su identidad. Todos ellos luego se ausentaron, y los sucesivos cambios, retrocesos y desplazamientos en la producción hicieron que el pueblo se durmiera de tanto silencio.

Mientras durante décadas Resistencia se extendía para procesar los jugos y la pulpa de una riqueza natural que otros se llevarían lejos, Benítez se reducía a una existencia aldeana, esperando que los arrabales de la capital le tendieran la mano. Y como no hay tiempo que no se acabe ni tiento que no se corte, la combinación de comunicaciones, conurbación, clases medias saturadas de ciudad y traslados más accesibles, pusieron al pueblo otra vez en la ruta.

El terrenito

A simple vista, Benítez es hoy un barrio alejado de la capital provincial, donde quienes tienen los recursos para adquirir un terreno, construir una vivienda y disponer de un medio de transporte propio para ir a trabajar a Resistencia (“Benítez se divide entre los que tienen casa con pileta y los que no”, como diría un colega) conviven con los pobladores habituales en la placidez pueblerina.

Pero hay más: la Colonia guarda pedacitos de esa historia chaqueña que mencionábamos al principio, con fragmentos de selva marginal entre explotaciones ganaderas, agrícolas y huertas. Alberga la casa del autodidacta botánico cuyo nombre pervive en clasificaciones y manuales de biología de todo el mundo, ahora hecha museo; las ruinas del ingenio Svea que montaron aquellos franceses; el centro comunitario que edificaron para -reunidos- sostener los recuerdos, la gastronomía y las tradiciones de su país, ahora transformado en ‘hotel de campo’; y la riqueza húmeda, frondosa y deslumbrante de la tierra feraz, no por castigada menos generosa.

Los Chaguares
En el recorrido de Los Chaguares la guía es un servicio indispensable.
La identidad de una vegetación que por cercana suele pasar inadvertida.

Desde Resistencia hay que hacer 20 kilómetros por ruta 11, y luego siete más por el buen asfalto que lleva a la Colonia. Un poco antes de llegar al pueblo hay que desviarse a la derecha otro kilómetro por un camino de tierra, y ya estamos en la reserva que lleva el nombre de las plantas que aportaron parte de la dieta, la ropa y la medicina de los originarios de la región.

La bromelia hieronymi o la deinacanthon, llamadas chaguar o caraguatá en nuestra zona, fueron las textiles preferidas de los wichí. Antiguamente el hombre tejía redes y sogas para pescar, y la producción de objetos era artesanía femenina. Nuestra guía Griselda nos informa que el chaguar es ‘endémico’, es decir silvestre, común en la región.

La reserva Los Chaguares tiene una recepción y un centro de interpretación prolijamente levantados en ladrillo visto marcando la entrada a unas 20 hectáreas de bosque que, si bien no es estrictamente virgen, podemos considerar al menos célibe: no ha sufrido mayores alteraciones en el último medio siglo. Y se nota: la masa vegetal prolifera en una silenciosa euforia que entrevera las arboledas y los arbustos en una red de lianas que se entreteje con la luz hasta sumergirnos en su fresca penumbra.

Cuando llegamos, a media mañana de un día de pegajosa humedad, basta caminar unas decenas de metros para que la disminución de la temperatura se haga evidente. La reserva tiene un tercio apartado en el que no han de entrar más que los estudiosos y los investigadores, y en el resto del terreno hay dos circuitos serpentinos de entre uno y dos kilómetros que recorren todas las variantes del bosque marginal chaqueño hasta asomarse al río Tragadero, con una deliciosa vista lateral del puente Luzuriaga, un ingenio geométrico de columnas, vigas y traviesas de quebracho que ya anda por los cien años y sigue soportando todo tipo de tránsito automotor.

En el centro de interpretación, además sitio de descanso y reunión, alojan las piezas cobradas por los safaris fotográficos que suelen recorrer el bosque, una paleta de colores que reúne a tucanes, brasitas de fuego, urracas y monos, entre los muchos habitantes de la reserva.

Doña Lola

Doña Lola, el espacio de una colectividad hoy convertido en hotel de campo.

A poca distancia de Los Chaguares está la casa que la colectividad francesa construyó hace más de cien años para usarla como centro integrador comunitario, aunque por entonces no daban títulos tan extensos ni presuntuosos a las edificaciones. Un salón con cuatro habitaciones adjuntas en L, y enfrente, a unos diez metros, la cocina, ambos cuerpos recorridos y unidos por una galería con piso de ladrillos.

Los galos horneaban casi toda su comida, por lo que la cocina original tenía cuatro tatacuás que tiznaron el cielorraso para toda la eternidad. Una puerta de apertura vertical permitía la ventilación adecuada mediante corrientes de aire controladas. A unos diez metros de allí, la heladera: una fosa de cinco por tres, que en su tiempo de uso habrá tenido un par de metros de profundidad, cruzada por varias vigas de quebracho. La frescura de la tierra era la refrigeración necesaria y suficiente para aquellos pioneros en el poblamiento de la colonia. En esa casa se reunían, hacían sus celebraciones patrióticas y culturales, discutían sus asuntos de colectividad.

Ahora allí funciona el hotel de campo Doña Lola, emprendimiento privado que forma parte de la sinergia turística regional. Con una restauración prolija y respetuosa, con el tradicional rosado de las residencias camperas, con servicios y tecnologías modernas conviviendo con arquitecturas y molduras centenarias, ofrece cuatro habitaciones en modalidad de hostel con servicios opcionales de desayuno, almuerzo y cena, o cocina libre para quienes preparen su propia comida, además de un amplísimo parque que replica la profusión de verdes en toda el área. Por su cercanía de la ciudad, no sólo recibe huéspedes que visitan la colonia, sino también delegaciones de deportistas, de gente de negocios o turistas de fin de semana que acuden a eventos en Resistencia y prefieren un alojamiento alejado del ruido mundano.