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Los Epigramas de Enrique Gamarra

El epigrama surge en Grecia como derivado del epitafio y, como dice el diccionario, “es una composición poética que con precisión y agudeza expresa un pensamiento principal, por lo común festivo o irónico”, y se diferencia del aforismo, que es una sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte.

Por Rolando Cánepa

El género epigramático requiere reflexión para ver y entender el fondo del asunto, e ingenio para expresarlo con elegancia y con alguna contundencia para indicar, a veces, el lado oculto de las cosas, el sesgo de pensamiento inesperado y hasta paradójico, que por ahí permiten entrever los convencionalismos sociales y las verdades aparentemente más indiscutibles y consagradas. Los Epigramas de Enrique Gamarra pueden sorprender al lector común porque desafían cualquier idea preconcebida que tengamos sobre determinados temas.

Miguel Ángel Fernández, Enrique Gamarra y Rolando Cánepa en la presentación de otra de las obras del escritor chaqueño.

Aunque el autor admite ser creyente, estos epigramas son la obra de un gran espíritu escéptico, que si bien acepta que el Dios católico es inmutable, las cosas y criaturas de su creación son cambiantes, proteicas, y eso genera su escepticismo sin alterar su fe. Tiene sus fuentes literarias e idiomáticas, que revisa y trasciende permanentemente, en busca tal vez de de nuestro ser esencial y no el aparente que dejamos ver en nuestra vida de relación, y así Gamarra surge en este libro tal como es o quiere ser, o no ser, y representa también a todos los hombres que de alguna manera tienen el deseo y la oportunidad de pensar a través de la lectura y la escritura.

En estas páginas, Gamarra no cae en el facilismo maniqueísta de salvar el alma a costa del cuerpo ni salvar el cuerpo para hundir el espíritu. En general, es hostil a las terribles sombras del dolor y de la decepción y más aún a la sombra de la muerte, un tema recurrentemente instalado. Conmemora, festeja, lamenta o revive en estas minutísimas composiciones, los grandes o pequeños acontecimientos de una vida (que puede ser la suya), consagrada a las letras, porque para él, la vida no es otra cosa que literatura, y lo anecdótico que puede encontrarse en estos pensamientos pueden tener un valor meramente accidental, pero también una enorme funcionalidad literaria. ¿Qué otra cosa pueden ser estos epigramas, sino literatura? La vida es otra cosa, tal vez destinada a los aficionados a la psicología o para el género autobiográfico.

Cada epigrama es un instante. Gamarra apuesta a que ese instante permanezca, no para hacer docencia ni catequizar, ni tampoco en busca de una ortodoxia, sino tal vez para marchar entre los hombres como un viento, como una ráfaga repentina y anárquica, y quizás nosotros podamos localizar nuestro yo en la lectura de este moralista laico que tanto ofrece en estas páginas, que pareciera nos llevan a la intemperie, a tierra extraña, si, pero que igual e inexplicablemente, nos hace sentir como si estuviéramos al abrigo de nuestra propia casa. La literatura nos pierde, pero también nos redime un poco de nuestra condición mortal.

En cuanto a la recepción de los trabajos de Enrique Gamarra en nuestra provincia, (donde su figura asume una estatura heroica, hasta cierto punto), se diría que el prestigio y calificación de su obra, incluso crece con la incomprensión y hasta el rechazo de quienes critican su elitismo y su supuesto o real aislamiento cultural. Es la antigua pugna como en tiempos de Góngora y Lope de Vega en el llamado Siglo de oro, o la distancia, no sé a favor de cual, entre el Martín Fierro y El Aleph. Lo que sí sé, es que tanto de lo culto como de lo popular, han surgido obras que atraviesan los siglos y las generaciones.

El gran poeta santiagueño Alfonso Nassif, tan culto como popular, en la contratapa de Epigramas escribe: “El asombro. La filosofía. La poesía. La palabra múltiplo de la palabra. Los epigramas se proyectan en la imaginación y despliegan una música virtual y nutricia. Veinte libros preceden a esta publicación. Todo es posible para un poeta como Enrique Gamarra. Pensador de aguda observación y profundo análisis, sus epigramas ofrecen un juego de infinitas direcciones acerca de la problemática de nuestras sociedades. Descubre lo oculto, enfatiza en los desvíos y alienta lo honorable. La prosa vital del narrador, ya irónica o severa pero siempre con cierto grado de humor, con su natural profundidad o elegancia, se ajusta a la síntesis de los epigramas. Estamos ante un libro que se multiplica en intencionalidad al presentar variadas aristas en el plano emocional, elevadas al nivel poético y, por lo mismo, incuestionablemente humano”.

 

El autor y sus libros

Enrique Gamarra nació en el Chaco. Es profesor en Letras y su producción incluye los libros de poesía Ademán (1965), Las raíces (1972), Ramón (1973), La luz tiene una espada (1980), Ruido de pájaros (1983), Allá van los siriríes (1987), Los ritos (2002), Porque estas en el mundo (2007) y Antología poética (2010).

En narrativa publicó Florecen los aromos (1988), De espaldas al cielo (1989), La sombra del gorrión (1993), Aquel olor a humo (1994), Fogata en la llovizna (1997), Los ciclos (2003), La punta del bastón (2008), Rosario y la Serenata (2008) y Al sur de todas partes (2010), además de El libro de las notas (2012), con sus publicaciones en NORTE de 1987 a 2012.

Recibió el Premio Fondo Nacional de las Artes, el Premio de la Secretaría de la Nación y la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (Sade).