Temas de hoy: Partido Justicialista Tribunal Electoral del Chaco Atropelló a manifestantes femicidio chaqueña desaparecida
Para ver esta nota en internet ingrese a: http://www.diarionorte.com/a/116983

El practicante

Tomó el atajo hacia el monte apenas filtrado de luces y de repente más oscuro. Hacía tiempo que andaba viviendo en la toldería. Se dijo que tenía mujer y algunos hijos, y que los militares de territorio los habían matado. Desde entonces vivió solo y lateral a la tribu  que había hecho de familia.

La tarde en caída era esa vez una línea honda y gris. Un sonido de viento negro rasgaba los pajonales bajo ramas espinudas. Iba por una senda de tierra blanda, arenosa, a veces de tramos rectos y en otras zigzagueantes, intermitentes de bajadas abruptas y de elevaciones como de barrancas antiguas.

Él había finalizado lo exigido, y lo hizo con empeño. Eran las pruebas para lograr su cometido. Ahora avanzaba decidido de obtener el inicio de los secretos. A momentos, se sucedían ruidos de voces, unas veces gruesas, distantes o tal vez cercanas; surgían risas de entre las sombras de los cardos bajo los árboles.

Había ecos como de palabras, susurros ensombrecidos que pronunciaban su nombre; silbidos aquí, gritos allá. El caminaba lento, pero sin temor, había superado pruebas exigentes y esta vez, era el final de su graduación para el oficio. Hubo tramos en que sentía manos de uñas largas que rozaban las piernas, dedos delicados y suaves que pasaban sobre su rostro; mensajes de mujeres deseosas que incitaban al declive de la carne.

En otros espacios de aquella tierra suelta-camino como rayada de sombras-, había serpientes enroscadas, cabezas en puntas, dispuestas a la mordedura fatal; él continuaba su pasos y  hacía su caminar entre los ofidios que al pisarlas se volvían apenas formas de yuyos o trozos de ramas negras, lo mismo ocurría con aquellas tarántulas o alacranes que pretendían frenar su avance, eran luego pastos y hojas que crujían al peso de su estatura.

A media que más se internaba en la espesura, en su ser crecía cierto impulso, esa sangre fría y brutal, que iba tomándolo lentamente de los pies a la cabeza. Una magia poderosa llena de sortilegios, la que estuvo buscando largo tiempo.

En una barranca de aquel río muerto se detuvo, volvió a descender por una grieta oscura y frente a un inmenso timbó, arriba ruidoso y de tronco color plomo; la luna redonda y amarilla crecía detrás de las arboledas del norte, ahí, en ese sitio, en éste lugar, quedó de rodillas, cabeza encorvada, dispuesto a recibir la aprobación misteriosa y maléfica. Luego hizo movimientos leves de ofrendas, extrajo de su bolso lo necesario para el final y entonces sobre un género rojo, colocaba aquellos elementos primordiales; tierra de tumba, cebo y huesos de muertos, cabellos de mujer y al final un puñal de hoja filosa, elementos expuestos de forma circular.

Entonces, hubo un largo silencio hasta que un aire  agitó arriba los ramajes; aullidos interiores cortaron la distancia el monte y de inmediato, la forma de una silueta se tendió frente al practicante, la presencia de ese alguien que es y está ante él, esa presencia que había surgido de las sombras del árbol; él-sin temor- no levantaría la vista, sólo esperaría la aprobación y luego el toque de una mano liviana sobre su cabeza, sólo entonces tomaría el cuchillo y haría un corte sobre la palma de su mano, la sangre caería y luego una lengua melosa succiona a gogotones, y solo cierra los ojos, quizás desea al pasar ser un animal cualquiera del monte y descubre que mágicamente puede hacerlo a su antojo.

La lechuza va por la noche con graznidos fuertes. En el piquete del monte usurpado, la caballada de la partida pasta oscura en la quietud. El ave hace en círculos altos y planea a graznidos laterales, cortantes sobre las cabezas de los animales que  instintivos huyen en estampida, pechando palos y en una confusión de patas y relinchos de miedo. En el puesto de avanzada se prende el farol y dos hombres armados de rémington colí salen bajo el alero. La lechuza fantasmal sobre un poste a media luz por el reflejo lunar y de ojazos brillantes está ahí y vuelve a echar un graznido de aviso, semejante a un insulto o un grito de hombre salvaje.

El hostigamiento continuó por varios días, y a horas nocturnas- zorros, osos hormigueros, chanchos moros, aguará-guazú, tigre o puma- hacían su aparición; uno de los habitantes del puesto, no aguantó tanta presión y por guapeza (o miedo), esta vez efectuó disparos sobre los visitantes y el sonido de la explosión apenas cortó  ramas bajo la noche. El otro hombre, un sargento más viejo, lo tomó por los brazos y con toda sabiduría le dijo eso no sirve, mi amigo,  es un practicante, dueño del lugar.

Por la mañana, los hombres de uniforme hicieron alforja y abandonaron a trote firme el galpón que servía de puesto.