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Discurso de apertura del 19º Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura

Mempo Giardinelli: “Recuperar la lectura de los clásicos es un imperativo”

Llevamos casi dos décadas de cuestionar políticas proponiendo alternativas; de analizar el presente y el futuro de la lectura y la educación; de promover estrategias para que nuestra sociedad sea mejor, es decir más culta, más eficiente y sobre todo más consciente de los valores éticos. Casi dos décadas, digo, de trabajar unos pocos días en un ambiente estimulante como es éste, en el que se han debatido, escuchado y generado ideas y acciones gracias al saber y el talento de más de 500 intelectuales que invitamos y vinieron al Chaco a compartir sus conocimientos y experiencias.

Así este foro trabaja para que la Argentina vuelva a ser una sociedad de lectores, o sea una sociedad que rechaza y combate la ignorancia para contribuir a, algún día, terminar con la mediocridad y el resentimiento que todavía hoy son un desdichado sello de nuestra identidad.
Para ello venimos trabajando, tenaces e inclaudicables, decenas, cientos, miles de lectores y educadores, escribidores e investigadores, cientistas sociales y bibliotecarios, comunicadores y maestros y maestras. Para recuperarnos como país lector, o sea un país en el que la educación de la ciudadanía sea la misión más elevada y hermosa.
Nos reafirmamos en esta convicción irrenunciable: la buena literatura, la gran literatura, la mejor literatura es el camino idóneo para formar lectores competentes. Partimos del convencimiento de que no hay mejores libros que los clásicos. Los universales, los de nuestra lengua, los nacionales y los de nuestro continente. Por eso, si en todos estos años hemos luchado tanto para que este país se recupere como lector, ahora queremos más; ahora queremos que lea textos de mayor calidad, que no lea cualquier cosa. Tremenda ambición, lo sé bien. Pero que va de la mano de otra convicción blindada que tenemos: que no hay mejores orientadores de la buena lectura que los maestros y los bibliotecarios, cuando están preparados con excelencia y rigor, porque entonces, y sólo entonces, su formación y capacitación los convierte en guías de conocimiento y también de comportamiento.
Cada año, cuando pienso estas palabras inaugurales, me impresiona recordar que hace treinta y cuarenta años este país era una carnicería. Y hace veinte éramos una sociedad que no se daba cuenta de cómo la robaban y vaciaban. Y al inicio de este siglo, en 2001, estuvimos al borde de licuarnos como nación.
Hemos cambiado muchísimo y podemos sentirnos orgullosos. Sobre todo si entendemos que el mérito no fue solamente de un gobierno. Yo creo que hubo, por sobre todo, la revalorización que hizo nuestra sociedad de sí misma y eso incluye sus valores y sus taras, sus miserias y sus capacidades. ¿Y por qué sucedió esto, y por qué lo digo ahora? Porque quiero recordar que los argentinos, en los momentos de mayor desesperanza y disolución, apostamos siempre a la cultura y a la educación. Cuando en 2001 era absurdo tener ilusiones, y para muchos la mejor opción era huir de este país, una buena parte de la sociedad buscó en sus entrañas lo mejor de sí misma y encontró la música y el teatro y los llevó a las plazas. Y encontró la pintura y la poesía y las llevó a las calles. Y encontró la danza y el canto, y la solidaridad y la creatividad que estaban en su médula, en su ADN, y empezó a producir y a leer, porque sí, por amor al arte, y así fue descubriendo que hacer cultura es resistir. Los veteranos/as de este Foro recordarán que ya dijimos aquí estas cosas y que desde este Foro hicimos docencia por la resistencia cultural, y además orgullosos por hacerla desde esta ciudad marginal y de nombre emblemático.
Recuerdo esto, ahora, porque quiero invitar a que reflexionemos acerca de lo que nos falta y los peligros que acechan, ahora, cuando tanto y tan ruidosamente cacarean los gallináceos del caos, los que hablan de “grietas” y “relatos” que no son más que las mentiras de sus patrones, y apuestan al triunfo de los buitres que una vez más amenazan llevarse el honrado esfuerzo de esta sociedad tantas veces confundida y sin embargo siempre capaz de resurgir a pesar de sus dirigencias y sus propios errores. 

Recuerdo todo esto porque pienso que como educadores, escritores, poetas, maestros, intelectuales que somos, tenemos el primer deber sagrado de la buena memoria para seguir construyendo esta democracia que es imperfecta pero es capaz de brindar educación y salud públicas, y garantizar previsión social para toda la ciudadanía, incluyendo a los que por décadas, siglos, estuvieron en la marginación más absoluta. 
Hoy la escuela argentina ya no es ese lugar del barrio adonde los chicos iban a tomar la leche o comer un pedazo de pan una vez al día. Hoy la escuela no es el fogón de la olla popular. Hoy la escuela es un lugar en el que se puede y se debe discutir la calidad de la educación que le estamos dando a nuestros chicos. 
Hoy la lectura ya no es aquel otro desaparecido al que tuvimos que recolocar en la agenda nacional. Ya logramos instalar a la lectura en la conciencia, el imaginario y la vida cotidiana de este país, y hoy la lectura es también una exigencia de calidad que debemos resolver libro a libro, lectura a lectura. 
Lo que estoy tratando de decir es que si hoy la sociedad argentina es más consciente del potencial educativo y político de la lectura, eso, siendo mucho, y muchísimo, es poco frente al desafío que es recuperarnos como nación lectora y sociedad educada. Porque los daños de la censura, el miedo y las políticas monopólicas privadas están todavía a la vista y sus efectos continúan.
Desde hace muchos años ya, con prédica tenaz, información alternativa y cursos, seminarios y foros, ustedes y nosotros hemos trabajado desarrollando planes y programas concretos con el objetivo de “dar de leer”. Abuelas Cuentacuentos, autores en las escuelas, ediciones masivas, nos permitieron estimular a maestros y alumnos con nuevas estrategias lectoras y a la vez creando conciencia sobre la importancia social y política de la lectura. Y en todo el país hubo instituciones, docentes y personas que hicieron similar tarea. Y el resultado es que hoy los argentinos leen mucho más que los de la generación anterior. Y hoy se puede decir que la Argentina tiene una múltiple política de estado de lectura.
Pero hay mucho por hacer todavía. Nunca se puso en marcha del todo el Consejo Nacional de Lectura, organismo pensado para coordinar esfuerzos e inversiones. Y no fue suficientemente difundida la 2ª Encuesta Nacional de Lectura, que durante años reclamamos desde este Foro y que sería bueno que se realice todos los años, como en muchos países, y que además se dé participación a las ONGs que trabajan en la materia. 
Y no es baladí decir esto porque la sociedad argentina está siendo sometida a un implacable bombardeo de mentiras, desinformación y siembra de odio y resentimiento. Y el universo de la lectura, en particular, está cada vez más condicionado por el mercado editorial, que ve a los maestros, bibliotecarios y alumnos no como lectores sino como consumidores.
Por eso mismo la tarea de esta hora es elevar el nivel de nuestra exigencia, y esto es lo más importante que quiero decir hoy y aquí. Lo verdaderamente esencial de una política de lectura no es solamente convencer a una sociedad para que lea, ni es lograr índices de lectoría masivos. Siendo todo eso importante, lo verdaderamente significativo es formar a esa sociedad para que lea textos de calidad, que son los únicos que garantizan una buena calidad educativa.
Es necesario y es urgente que todos y todas, empezando por nosotros, maestros y bibliotecarios, nos apartemos de las modas y las imposiciones del mercado, y retornemos a la Gran Literatura. 
Para ello, recuperar la lectura de los clásicos es un imperativo. Los clásicos universales, digo, y los de la literatura argentina y latinoamericana. Ahí está todo. De veras, queridas maestros y maestros, ahí en los clásicos está todo. Y disculpen si sueno duro, pero de veras: menos moda y más clásicos, por favor. Menos “novedades” y más lecturas de calidad probada. Que la experimentación está muy bien, claro, pero no a costa de la educación de nuestros 17 millones de chicos y chicas en edad escolar ¿no les parece?
Por eso en nuestra Fundación, siempre, de manera sistemática y sostenida, tratamos de convencer a los docentes acerca de los daños de las diferentes modas pedagógicas que en la Argentina hicieron del placer literario un trabajo pesado. Llenaron de “tareas” el leer. Abrumaron a los lectores con terminologías abstrusas, y con formalismos y formulismos que sólo consiguen aburrir y espantar a los lectores principiantes. Y ni se diga del abuso de deconstrucciones y análisis estructurales, de signos y sentidos como estudia la Semiótica, y que podrán tener valor académico, sin dudas, pero que en términos sociales y sobre todo para construir jóvenes lectores acaban siendo verdaderas vacunas contra la lectura... 
Y no estoy diciendo que “no hay que hacer nada” con la lectura. Sí hay que hacer: dialogar lo que se ha leído. Conversar la literatura. Hablarla. Disfrutarla grupalmente. Ésa es la noble enseñanza de la Literatura que hoy no se hace.
Es necesario y urgente volver a enseñar literatura desde el placer estético y conceptual. Desde el rigor por el buen decir y la profundidad de las ideas. Desde el relato que emociona e inflama el espíritu. Desde la duda sembrada como se hacía hace décadas, cuando en nuestra educación secundaria se estudiaba Lógica, y Educación Democrática, y en las Escuelas Normales se enseñaban sarmientinamente Pedagogía y Didáctica a chicas y chicos de 17 años de edad. Y conste que no estoy diciendo con esto que antes todo era mejor. 
Lo que digo es que leer la mejor literatura de calidad, y no la pasatista, y sumergirse en la maravillosa conciencia del descubrimiento, no es cuestión de edades sino de libertad del espíritu. Si de calidad de la educación se trata y ésa es la gran cuestión política educativa de este tiempo en la Argentina, también es imperativo discutir la calidad de lo que van a leer nuestros alumnos. Y lo que ellos lean dependerá de las lecturas de sus maestros, y de los bibliotecarios. Por eso, si alguien no sabe por dónde empezar, que es la generalizada primera consulta de los docentes, pues vengan y pregunten, reúnanse y sobre todo compartan, y así obtendrán de manera rápida y fácil las más eficaces respuestas y orientaciones sobre qué leer, con quiénes y cómo y cuándo. 
Lo dije en otro Foro, hace años: “Sueño con un sistema educativo en el que la Literatura vuelva a ocupar el primer lugar entre las Humanidades. Un sistema en el que se lea Don Quijote como exhortación a la libertad y no para que a los 14 o 15 años los muchachos y las chicas se vean forzados a hacer resúmenes inútiles, o clasificaciones temáticas, conductuales, geográficas o históricas, y ni siquiera lingüísticas. Yo aspiro a un sistema en el que los jóvenes lean los libros fundamentales de toda cultura, lean los clásicos, para simplemente descubrir el goce que producen las andanzas, para apreciar las paradojas del ridículo, para incorporar escalas de valores, para comprender lentamente el valor de la lectura en la vida de cada uno/una. Y subrayo la lentitud de la lectura porque la lectura es sabor y es alimento. Y el saber y el conocimiento entran mejor despacio y de a poco”.
Y si de sueños hablamos, sueño también con un sistema escolar que no sea permeable a las sugerencias interesadas de las editoriales, en particular las grandes multinacionales. La diversidad y calidad de las lecturas de los alumnos de toda esta nación debe determinarlas el Estado, a través de la orientación ministerial. Y esto también quiere ser un llamado de atención ante algunas dispersiones y olvidos de la acción política estatal. Que conviene señalar, pero de manera propositiva, porque criticar a la educación en la Argentina es hoy una práctica política reaccionaria que hacen los sectores más retrógrados del país. Intentan que la sociedad crea que los problemas y deficiencias educativas son de hoy, mala praxis del gobierno nacional actual. Cuando la verdad es que los problemas educativos argentinos vienen de por lo menos los últimos 40 años y son la clara herencia perversa de la dictadura y de ese neoliberalismo que así como les rebajó el 13% a todos los sueldos y jubilaciones ahora pretende que la educación sea “rentable”, o sea un negocio, y que los ciudadanos/as no seamos personas sino consumidores. Y los chicos en edad escolar el futuro mercado de consumidores. 
Es claro que la educación no está bien en la Argentina en términos cualitativos, si bien ha mejorado y muchísimo en lo cuantitativo. Y al respecto, y para ilustrar a nuestros visitantes, no es poca cosa recordar que si en la década de los 90 se construyeron menos de 50 escuelas en todo este país, en esta última década se han construido más de 1.500 escuelas. Y hoy hay un rumbo que más nos vale defender y mejorar, porque de lo contrario, y con el cuento de discutir la calidad educativa, si llegaran al poder los que hoy sólo saben repetir lo que dicen los diarios y la telebasura nacional, el retroceso será feroz y tanto o más embrutecedor que en los últimos 40 años. 
Para terminar: ustedes y nosotros sabemos lo que se hizo bien, como también sabemos todo lo que falta hacer. Ahora hay que elevar la calidad de las lecturas. Las de cada uno y cada una, las de nuestros chicos, hijos o alumnos. Hay que leer textos de calidad, y no importa si en papel o en internet. Hay que leerlos. Porque solamente leyendo mucho y bueno se educa a una nación para la democracia y la justicia social.
Gracias a nuestros visitantes por venir hasta esta tierra. Siéntanse en sus casas, acepten nuestro afecto y por favor regálennos, sutiles y generosos, vuestro saber y vuestro conocimiento. Con eso estarán regando con buenas aguas nuestro futuro.

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