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El regreso de la monja rebelde

En Cristo revolucionario, su segundo libro sobre los 70 —el primero fue Montoneros—, el historiador Lucas Lanusse recrea la historia de diez religiosos que integraron la corriente cristiana convertida a la militancia revolucionaria que se conoció con el nombre de Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo.
La obra de Lanusse está armada a partir de los testimonios de nueve sacerdotes y una monja que reflejan con sus historias de vida el pasaje del dogma católico al compromiso político, en el marco de la década del 70, y cuenta las historias de Guillermina Hagen, Miguel Mascialino, Domingo Bresci, Rolando Concatti, Elvio Alberione, Héctor Galbiati, Pepe Serra, Rubén Dri, Alberto Sily y Juan Ferrante, quienes en los años 70 fueron parte de una Iglesia militante. Dos de éstos —Dri y Hagen— estaban vinculados al Chaco.
Rescatamos hoy la figura de Guillermina Hagen, una religiosa “bonita, carismática, que no tenía problemas en enfrentar al poder, y con un carácter de los mil demonios cuando defendía lo que creía justo”, como la define el autor. Una figura casi mítica en las representaciones colectivas.
La monja rebelde, que representaba “una piedra demasiado grande en el zapato de varios poderosos”, que vivió apasionadamente su militancia en el Chaco, más precisamente en Nueva Pompeya, en aquellos polémicos y ardientes años, donde ayudó a formar una cooperativa indígena que tocaba importantes intereses y cuyo ejemplo amenazaba con extenderse por toda la provincia.
Sin abrir juicios de valor sobre aquellos años, sobre sus aciertos y errores, rescatar a Guillermina Hagen y las historias apasionantes de otros tantos miembros de la Iglesia Católica argentina que se convirtieron a la militancia política y revolucionaria es, al decir de Lucas Lanusse, “contar la historia, en una generación tan descreída como la nuestra, de gente que creía que el mundo se podía cambiar y actuaba en consecuencia”.

“Treinta mil kilómetros cuadrados de tierras arenosas, difíciles para los cultivos tradicionales, carentes de aguadas, cubiertas por una maraña sarmentosa de vinales, quebrachos y algarrobos enanos, donde viven tigres, vizcachas, pumas y varios miles de hombres, cuyo número exacto se desconoce. Allí la fuerza es la ley, porque la ley nacional apenas llega, la protección del Estado es débil y la justicia incierta. Sin fuentes de trabajo, sin médicos, sin escuelas, con una alimentación inadecuada y pobre, los más pobres sucumben. En este caso el wichí, pues a toda la marginalidad que sufre la región en general se suma el chauvinismo racial que educa al blanco en la creencia de que el indio no es capaz de acceder a sus mismos estadios de cultura; que la cultura indígena es inferior a la suya y debe ser sustituida por ella. Por esto cuando el blanco se acerca al indio para rescatarlo de su condición de marginado, esto no es necesariamente un beneficio para él, ya que generalmente el acercamiento adopta las formas de la protección y el amparo. El indio ayudado, pero al mismo tiempo frenado en su capacidad de decisión y en su desarrollo, vivirá como un incapaz, con curador permanente. Esta era la situación de los wichís antes de 1969 en una vasta zona de El Impenetrable. Del abandono total a la rapacidad de los más fuertes, o la protección de los que piensan al indio como un ser sin la capacidad de desenvolvimiento del blanco”. Así describía el diario La Opinión, de Buenos Aires, en su edición del 28 de octubre, el escenario al que llegó Guillermina el 30 de mayo de 1969.
La monja venía del norte de Santa Fe, donde había revolucionado la situación junto con el cura Rafael Yacuzzi y el ex seminarista Orlando Montero, entre otros. El cierre de los talleres ferroviarios de La Gallareta y Villa Guillermina y del ingenio de Villa Ocampo promovió una gran movilización nacional, en la que se hizo presente Raimundo Ongaro, en ese entonces titular de la CGT combativa.
Apoyada al principio por el obispo de Reconquista, monseñor Juan José Iriarte, su relación no tardó en deteriorarse. Había muchos aspectos de la monja que no le caían bien al prelado: que fuera a bailar chamamé en fiestas realizadas en el monte, que de vez en cuando se fumara un cigarrillo aunque nunca lo hiciera delante de él, que en las reuniones de grupos de curas y monjas llevara la voz cantante y muchas otras cosas. En pocas palabras, Guillermina lo tenía “podrido”. La joven recibía en forma permanente un mensaje subliminal de parte del obispo, algo así como que “hay que cambiar las cosas, pero sin exagerar”. Eso y los continuos acosos de la policía rural hicieron que quisiera cambiar de aire. Un buen día el padre Yacuzzi le presentó al cura chaqueño Oscar Cervera, director del aborigen, quien le comentó el proyecto que tenía con los indígenas en Nueva Pompeya. No dudó un instante y tras el permiso de su superiora hacia allí partió.

En Nueva Pompeya

El 30 de mayo de 1969, día cuando cumplía 32 años, llegó a Misión Nueva Pompeya. La acompañaban la ex monja y enfermera Margarita Merganti, el ex seminarista Orlando Montero y Carlos Cavalli. La primera persona con quien se encontró, un comerciante blanco de apellido Kloster, le dijo que los indios eran “ignorantes, haraganes y ladrones. No puedo entender que venga a ocuparse de ellos”.
“Mire, señor —le respondió la monja—, lo que yo vengo a hacer aquí es problema mío. De la gente no voy a opinar porque no la conozco; en seis meses volvemos a hablar”.
El panorama que halló fue desolador, sobre todo en el plano de la salud, por lo que una de las primeras obras fue un dispensario en el mismo edificio de la misión que mereció toda la atención. Les enseñaron a las madres a tener una chiva lechera para alimentar a los niños. Varios jóvenes se unieron al grupo y llegaron a ser unos veinte.
El obispo de Sáenz Peña, monseñor Italo Distéfano, le envió una carta que incluyeron en el primer boletín de la misión, que se llamó Entre amigos y que se publicó en julio de 1970.
En ese tiempo las relaciones con el obispo fueron muy buenas e incluso éste fue a visitarlos varias veces. La primera vez, en una misa que celebró en la misión, les pidió perdón por la vida que llevaba; mientras ellos vivían en esas precarias condiciones. Terminaron todos llorando, profundamente emocionados.
Cuando mejoraron las condiciones sanitarias, el grupo encaró otras tareas: fundaron una escuela, crearon un centro de alfabetización para adultos, inauguraron un hospital más grande, construyeron puentes y caminos, repararon el campo de aterrizaje y rehabilitaron la capilla. Pero el paso más importante fue cuando crearon una cooperativa de producción y consumo. La acción más importante fue la de instalar un almacén que vendiera a precios razonables y terminara con la explotación de Kloster, que vendía la harina, el azúcar, la yerba y otros productos a precios prohibitivos. De la misma manera fueron naciendo una huerta, un taller, una carpintería y una panadería. La mayor fuente de ingreso fue la explotación de la madera de la zona, con fabricación de postes y durmientes que transportaban en un camión propio que les había comprado la congregación de Guillermina.
Metidos en todas estas labores, los voluntarios trabajaban de sol a sol, comían muy mal, dormían poco y eran atacados por enfermedades. La misma Guillermina contrajo chagas, tuberculosis y tos convulsa; y, debido a esta última enfermedad, durante años padeció feroces ataques de tos. Eran tan recurrentes que un loro que tenían por mascota pronto aprendió a imitarlos y escucharlo toser era algo que hacía reír a todos en medio de tantas privaciones.
A pesar de todo esto, Guillermina y el grupo se sentían plenos. Aquel sitio, perdido en el mundo, era su lugar en el que se sentía feliz. A partir de entonces, la leyenda de la monja rebelde comenzó a extenderse por las otras comunidades aborígenes y por el Chaco. Pero en Castelli y Resistencia había gente con poder que comenzaba a mirar con recelo aquella inédita experiencia.

La reacción

A mediados de 1972 las presiones empezaron a hacerse sentir. El gobierno era reticente en otorgarle las guías para la venta de la madera, al punto que apenas podían vender un tercio de la producción y entendieron que las dificultades se debían a órdenes de arriba.
“Al principio fueron difamaciones, comentarios maliciosos, dimes y diretes. Luego, las presiones comenzaron a llegar de las formas más variadas. La más efectiva durante aquellos primeros años fue la lentitud y mezquindad del gobierno para otorgarles guías, indispensables para comercializar madera. Hacia mediados de 1972 aquella práctica se transformó en un verdadero cuello de botella”.
Por esa época hubo un espectacular allanamiento en la misión durante una madrugada, con tres helicópteros y decenas de soldados. Los uniformados dieron vuelta todo y secuestraron una bandera roja y negra. De nada valió la explicación de Guillermina de que se trataba de la insignia del club de fútbol Colón de Santa Fe, del cual había varios fanáticos en la misión.
“Fue entonces cuando la monja comenzó a sentir vívidamente cómo los viscosos e implacables tentáculos del poder se cerraban sobre ellos y comenzaban a asfixiarlos”.
Era previsible, sobre todo a partir de la organización de la cooperativa, que ya nadie se dejara avasallar ni mandonear. “Esto se tradujo incluso en una creciente conciencia política, que llevó a los indios a impulsar la creación de una federación que nucleara y defendiera los derechos de todos los indígenas de la provincia y a apoyar activamente la lucha de las Ligas Agrarias Chaqueñas, y cualquier otra movida en contra de la explotación de los más débiles”.
Esto molestaba a muchos, que consideraban a esa gente como seres a-históricos, “que ya deberían haber muerto hace mucho tiempo”, como le manifestó alguna vez a Guillermina un funcionario del INTA, a quien acudió en busca de asesoramiento.
Incluso muchos religiosos de la zona cuestionaban el trabajo de promoción que realizaba la monja.
No sólo estos incipientes conflictos comenzaba a alterar el clima. Por esos años, comenzaba a armarse la organización Montoneros, a la que se sumaron muchos compañeros que Guillermina había conocido en el norte de Santa Fe. Incluso su estrecho colaborador, Orlando Montero, quien vivía en la misión, era un cuadro montonero. Y si bien Guillermina no tenía problemas con la lucha armada, a la que consideraba legítima en las condiciones en que vivía el país, le molestaba “el vanguardismo elitista de la guerrilla”. Pero, “gracias a su temperamento indomable y a su prestigio personal, logró mantener la experiencia de Nueva Pompeya al margen de los planes de la vanguardia esclarecida”.

Recrudecen
los problemas

Ante la inminencia de las elecciones anunciadas por el presidente Alejandro Agustín Lanusse, los integrantes de la cooperativa decidieron apoyar a los candidatos peronistas Héctor Cámpora para presidente y Deolindo Felipe Bittel para gobernador. Pero, contrariamente a lo que se esperaba, la asunción de un nuevo gobierno no mejoró la situación en Nueva Pompeya.
Las diferencias comenzaron con el mismo René James Sotelo, flamante responsable de la Dirección del Aborigen y hermano del presidente de la Cámara de Diputados provincial, lo que irritó profundamente al gobierno. En el trasfondo de las disputas subyacía una abismal diferencia de concepciones. La política indigenista del Ministerio de Bienestar Social —cuyo titular era Ezequiel Paulino Morante— era netamente paternalista; y para llevarla adelante con éxito el ejemplo de la Cooperativa Nueva Pompeya no debía cundir. Para evitarlo, el gobierno recurrió a las mismas presiones que ejercieran los militares y la Dirección del Aborigen apeló al envío de policías a las colonias indígenas.
La tensión se incrementaba paulatinamente, al tiempo que se intensificaba una campaña de desprestigio contra Guillermina y el grupo de Nueva Pompeya. El propio Bittel afirmaba, por aquellos días: “Yo no quiero que los aborígenes se peleen. Y tengo que decir, con el más profundo dolor del alma, que estas rencillas que se producen son la desgraciada consecuencia del accionar de elementos que no son aborígenes y que quieren usarlos para apoyar sus inconfesables apetitos”.
Evidentemente, aunque no los nombrara, se refería a Guillermina y a su grupo.
Corría el año 1973 y comenzaba a gestarse el proceso que culminaría con la detención de Guillermina, el 1 de octubre de ese año.

Su detención

El 1 de octubre de 1973, Guillermina —junto con otros tres blancos y a doce wichís— fue detenida por la policía. Era el desenlace natural de una serie de hechos que se venían dando desde que se había instalado en la misión, en 1969. A esa altura, la monja rebelde representaba “una piedra demasiado grande en el zapato de varios poderosos”. La cooperativa tocaba importantes intereses y el ejemplo amenazaba con extenderse a todo el Chaco. Veían con preocupación cómo la Federación Indígena reivindicaba e intentaba reproducir la inédita experiencia.
La figura de Guillermina provocaba irritación en numerosos enemigos. “Una religiosa bonita, carismática, que no tenía problemas en enfrentar al poder y con un carácter de mil demonios cuando defendía lo que creía justo”, hacían de ella un rival de cuidado.
Tras su detención fue llevada a Sáenz Peña y al pabellón de mujeres donde al principio pasó las mil y una por la proliferación de chinches y la suciedad imperante, revolucionó el ambiente limpiando ella misma, no sin antes decir algo que la pinta de cuerpo entero: “Pero, la puta madre, ¿será posible que habiendo cuarenta mujeres al pedo en este lugar infecto estemos tapadas por la mugre?”
Por ese tiempo, la noticia de la monja presa repercutía con fuerza en los medios chaqueños. La izquierda peronista la había tomado como bandera y difundía su situación en todo el país. Los diputados nacionales de la Juventud Peronista enviaron un telegrama solidario “con los compañeros y con los hermanos aborígenes detenidos”. Entre éstos estaban Carlos Kunkel, Roberto Vidaña y Rodolfo Vittar.
La trascendencia de la noticia fue tal que las autoridades provinciales pensaron que tal vez la detención había sido un error y aprovecharon que la salud de Guillermina se había deteriorado y le daba un aspecto preocupante. Ante esto, un funcionario judicial fue al penal para comunicarle que la iban a trasladar a un hospital. Por supuesto que se negó con el simple argumento de “O salimos todos o nadie”.
Finalmente, la monja y el resto de los presos fueron liberados el 24 de octubre. Sabía que ahí no terminaban sus problemas: personas que antes la habían apoyado —como el obispo Di Stéfano y la madre superiora de su congregación— no habían aparecido durante su detención. “Si cuando Cristo fue detenido fue negado tres veces por Pedro, ella no tenía por qué ser menos”, se dijo para sí.