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Triángulo peligroso: tipo de cambio, inflación y salarios

Por Victor Ruiz Díaz, AFC * - Una vieja historia de ganadores y perdedores que siempre se repite en la Argentina del siglo pasado y, por lo visto y lo vivido en estos días, continúa vigente en pleno siglo 21. Completamente al margen de las reacciones y recetas del momento, caen sus efectos sobre los sectores sociales más débiles.

La inflación se refleja en el nivel de precios, los salarios compiten con los precios para recuperar el poder de compra que los aumentos de éstos les hacen perder y el tipo de cambio impulsa el movimiento ascendente de los precios (por vía del incremento de costos de producción domésticos, por importación de insumos, también por relación entre costos de producción internos y externos), y así deprime los niveles salariales. 
Un tipo de cambio real (neto de inflación) elevado significa niveles salariales reales bajos y, por el contrario, un tipo de cambio real bajo involucra salarios reales altos. Siempre el tipo de cambio ha dejado ganadores y perdedores a lo largo de la historia argentina (y de las políticas económicas que fueron marcando a fuego las épocas y sus respectivas crisis, moldeando las posibilidades de vivir el presente y condicionando el futuro de varias generaciones). 
El tipo de cambio indica si la mano de obra y la producción de un país son caras o baratas en comparación con otro cuya moneda se toma como referencia. Es decir: el tipo de cambio mantiene una íntima relación con los niveles de actividad y de empleo y, adicionalmente, con el sentido (ingreso o egreso) de los flujos de capital y de las importaciones y exportaciones de bienes y servicios. 
Determinar el tipo de cambio real (TCR) es tarea fácil cuando se dispone de datos confiables. Basta realizar un cálculo muy sencillo: TCR = (TCN/IPARG)xIPUSA, donde TCR es el tipo de cambio real, TCN es el tipo de cambio nominal, IP es el índice de precios (en este ejemplo, de Argentina) mientras IP es el índice de precios de la economía tomada como referencia, en este caso la de Estados Unidos. 
Una operación de bajo nivel de dificultad permite medir el poder de compra de la retribución del trabajo (eso es el salario). Así, el salario real es igual al salario nominal deflacionado por el nivel de precios interno. 
Pero, el índice de precios que se utilice (como todo lo demás), debe responder a una metodología de aceptable rigor científico e incuestionable grado de certeza de sus resultados. Al momento actual, es todo un desafío y una oportunidad a la vez para el nuevo índice de precios argentino el IPNu.
Para no abrumar con formalizaciones matemáticas, debe quedar muy clara la insistencia en disponer de información cierta, precisa e insesgada (= no contaminada con errores o información que pueda distorsionar o desviar las mediciones). Sincerar es el primer paso para sanear el comportamiento de las principales variables macroeconómicas en el caso argentino. 
Estas verdades de manual de principiante contienen viejas realidades en la economía argentina que, además, aprendió a convivir durante largas décadas con las consecuencias de estas variaciones en el mercado de dinero, la vidriera más visible donde la teoría se convierte en realidad comprobable (por no mencionar el baño de realismo que ofrecen a los consumidores los diversos puntos de venta de productos básicos).
Hasta aquí, la “descripción” (más o menos neutra) de un viejo conocido y compañero de ruta de los argentinos desde hace más de cincuenta años. ¿Qué más hace falta? Tan sólo una coincidencia amplia en las cuestiones básicas, en los objetivos con los que debieran comprometerse las futuras administraciones gubernamentales de todos los colores políticos: Fijar, con el máximo consenso alcanzable, un Rumbo firmemente definido hacia un modelo de país caracterizado por estabilidad económica, equilibrio entre necesidades internas y externas, movilidad social ascendente y, en un mundo dominado por relaciones de interdependencia, el mayor grado posible de autonomía política.
Esto requiere un generoso debate previo, sin sectarismos ni prejuicios disfrazados de ideología.

* El autor es Asesor Financiero Certificado por el IEAF, Instituto Español de Analistas Financieros

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