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Viejos son los trapos

Por María Teresa Celada - Cuando hablamos de ancianidad, vejez, tercera edad nos referimos a aquella etapa de la vida donde existe vulnerabilidad física, psíquica y social de las personas. Si bien no existe una edad para considerar el ingreso a la vejez suele decirse que una persona es vieja cuando supera los 70 años.

Este grupo, también llamados, de adultos mayores ya no forma parte de la población económicamente activa, es decir son jubilados y en muchos casos son abuelos.
A lo largo de la historia el envejecimiento de la población era un tema de países desarrollados pero este fenómeno se está extendiendo a todo el mundo. No solo crece el porcentaje de personas mayores de edad sino que supera ampliamente a las proporciones de población adolescente.
Este envejecimiento poblacional se debe fundamentalmente al descenso del nivel de fecundidad y de mortalidad, dado que cada vez es mayor la expectativa de vida, cuestión esta que debería ser considera positiva para los gobiernos y no constituirse en un drama.
Los dos extremos de la vida de una persona, la niñez y la vejez, deben ser objeto prioritario de protección del Estado, tanto nacional, provincial y municipal, como de las organizaciones no gubernamentales, especialmente de las familias y de la comunidad en su conjunto.

Los derechos
de los adultos

En muchas culturas, aun en las milenarias, a los ancianos o adultos mayores se los protege otorgándoles un lugar de privilegio, de consulta, de apoyo a la familia y a la sociedad.
Actualmente, no existe una legislación que regule la protección integral de las personas mayores: las jubilaciones y pensiones son cada vez más magras, los servicios sociales insuficientes, las políticas públicas escasas o nulas.
No basta con un espacio, una colonia de vacaciones o un viaje de vez en cuando. La propuesta de atención debe permanecer en el tiempo reconociéndoseles los derechos que le son propios.
Estos derechos son inherentes a todo ser humano; sin dudas podemos destacarlos como el derecho a un estado de vida adecuado, a la alimentación, vivienda y vestimenta; a un seguro social, asistencia protección; a no ser discriminados por su edad u otro estado que pudiera presentar; derecho a la salud; a ser tratados con dignidad; a la protección ante rechazos o abusos; a la participación amplia y activa en lo social, económico, político, cultural y a participar en la toma de decisiones concernientes a su bienestar.
La familia es, por excelencia, vital para las persona de edad como centro de vida pero lamentablemente cada vez hay y habrá más personas viejas viviendo solas, olvidadas y abandonadas de cariño.

El cuidado familiar

No podemos dejar de mencionar el cuidado familiar. El aumento de la expectativa de vida, el deterioro económico y el cada vez más ausente Estado desplazaron la atención de la salud y el cuidado al ámbito hogareño, muchas veces con una recarga que se convierte en imposición que demanda servicios que una familia no siempre está en condiciones de ofrecer.
La familia no siempre es lo que deseamos, no es todo lo armoniosa que uno pueda querer y muchas veces es fuente de conflictos violentos entre sus miembros. Pueden ser diversas las razones por las cuales los ancianos se convierten en el blanco elegido de conductas agresivas intrafamiliares.

El abuso de la ancianidad o la falta de cuidados básicos hacia ellos deben preocupar a toda la sociedad ya que se manifiesta en todos los niveles sociales.
Los abusos hacia los ancianos pueden manifestarse como abuso psicológico: intimidación verbal, amenaza de institucionalización y castigos, la descalificación, la humillación, la privación del contacto con sus seres queridos; abuso económico cuando se hace un uso ilegal o inadecuado del dinero y del patrimonio del anciano; abuso físico es el uso habitual de la fuerza física para causar daño y eventualmente obtener un beneficio, restricción de la libertad de movimiento.
Ejercer negligencia hacia en cuidado físico, provisión de alimentos o medicinas es una forma de violencia, como también lo es la iatrogenia terapéutica que no es otra cosa la visualización de la vejez como una etapa signada por la patología y las enfermedades y no como momento de la vida de las personas que debe ser vivida en plenitud.
La violencia hacia los ancianos debe ser denunciada por quienes la conozcan. En nuestra provincia la ley 5175 de violencia familiar contempla este caso de violencia y establece los mecanismos y resoluciones correspondientes.

Un nuevo rol

Ahora bien, debemos saber que la tercera edad, vejez o como la llamemos es considerada como un período de declinación lenta y progresiva lo que no implica que deba ser dolorosa y traumática. Se producen cambios en las relaciones, en la identidad del individuo y aparece el abuelazgo y la jubilación, reajuste de la imagen corporal, mental y social, elaboración y superación de los duelos por pérdidas humanas y de las enfermedades discapacitantes, nuevas interacciones sociales relacionadas con el nuevo rol de abuelo, reagudización de conflictos psíquicos latentes o nuevas situaciones respecto al sexo, equilibrio y desequilibrio en las relaciones intergeneracionales, aceptación de nuevos roles en la sociedad, comienzo de la elaboración de la vejez y muerte, adaptación progresiva al mayor tiempo libre, posibilidad de realizar actividades recreativas. Con todo este proceso ¿como no comprender y ayudar a nuestros viejos a superar la distinta y nueva vida que tienen por delante?
A ellos, los adultos mayores, nada mejor que proponerles vivir la vida que tienen adentro, compartir con los demás esa fuente inagotable de experiencia y conocimiento que poseen, tener paciencia con los demás y fundamentalmente con ellos mismos, mirar al futuro con realismo teniendo en cuenta sus limitaciones pero también sus posibilidades, cuidar de su higiene personal tanto física como mental, ser solidarios con los que lo rodean, saber que todos tenemos problemas y que ellos desde su lugar pueden colaborar, ser parte de la familia y la sociedad, saber que están vivos porque se lo merecen y fundamentalmente porque nos hacen falta, no solo a nosotros como personas sino al país.
Como dijo el Papa Francisco “un pueblo que no cuida a sus jóvenes y ancianos no tiene futuro, porque los ancianos son los que dan la memoria y la sabiduría para que los jóvenes lleven adelante la patria.”
Por eso, viejos son los trapos, no nuestros adultos mayores.