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El derecho a vivir en democracia

Se cumplieron 30 años de la recuperación de la democracia. Luego de vivir la noche más larga y negra de la historia de la Argentina sentimos el de orgullo haber transitado tres décadas sin golpes militares, eligiendo por medio del voto las autoridades que nos gobiernan.

Por María Teresa Celada

Hablamos de democracia y es necesario hacer un ejercicio mental para recordar su concepto.  Palabra de origen griego que significa demos, pueblo, conjunto de ciudadanos y kratos, autoridad o kratein, gobierno, es decir la participación del pueblo en la formación, conducción y control de los órganos del gobierno.

Las leyes fundamentales de la democracia son la participación popular, el predominio de la voluntad de la mayoría, el respeto por la minoría, la tolerancia de ideas y creencias, la vigencia del pluralismo político y de la libertad y respeto por los derechos humanos.

El sistema democrático nos permite gozar de un gobierno que impida la concentración del poder político en uno o unos pocos, que los funcionarios sean responsables ante la comunidad que los elige, que exista la periodicidad en los cargos públicos, que se conozcan los actos de gobierno.

Es decir que la voluntad del pueblo es la base del poder público, como claramente lo expresa la Asamblea general de las Naciones Unidas.

30 años  ininterrumpidos de democracia en nuestro país  y no podemos dejar de recordar al padre de este proceso, Raúl Alfonsín.

Acérrimo defensor de los derechos humanos, en 1975, tres meses antes del golpe militar, junto a otros grandes como Alicia Moreau de Justo, Oscar Allende, Adolfo Pérez Esquivel, Alfredo Bravo, fundó la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos, en respuesta a la situación creciente de violencia y quiebre de los más elementales derechos humanos, producidos entonces por la triple A, siguieron trabajando luego en defensa de la vida y el derecho durante la dictadura militar.

Estigmatizó a las juntas militares, aseguro y cumplió que se haría justicia con los responsables, denuncio públicamente un pacto secreto e ilegítimo entre militares y sindicalistas.

Defensa de los derechos humanos, valores democráticos, y ética republicana, fueron los principios que sostuvieron los radicales de su   generación  y que posibilitó que entendamos que esa época negra de nuestro país no debe volver nunca más.

Raúl Alfonsín decía que “habíamos terminado con la tortura en la Argentina, comenzábamos un camino donde no había lugar para la ilegitimidad política, ni para la venganza ni para la injusticia en nuestra patria”.

Todo su accionar estuvo centrado en los valores de la democracia, la paz, los derechos humanos, la solidaridad internacional y la independencia de los estados.

Así como el legado de Crisólogo Larralade fue el artículo 14 bis de nuestra constitución nacional, el de Arturo Illia el salario mínimo vital y móvil, Raúl Alfonsín luchó y defendió los derechos humanos.

Pero para que la democracia realmente tenga vigencia no basta la existencia de instituciones es absolutamente necesaria la participación del pueblo.

Aquel 10 de diciembre se recuperó el ejercicio pleno de las instituciones democráticas, el funcionamiento de los poderes del estado, la libertad de los argentinos, la justicia, la paz y comenzamos un camino hacia la verdad.

Estaba convencido que la instauración de la democracia suponía una batalla diaria contra los residuos del autoritarismo, sin embargo estaba persuadido que debíamos mantenernos en el estado de derecho, afianzando los derechos y las libertades de todos, luchando siempre contra cualquier tipo de violencia, venga de signo que sea, solamente ocupándonos para lograr la paz de los argentinos.

Este estadista proponía trabajar juntos, no para dejar de lado el pluralismo, no para dejar la crítica sino para comprender todos que hay comunes denominadores que ponen límites a la conducta política.

Opinaba que había que reaccionar y rápido a través de la participación, poniendo por encima de todo y de todos la necesidad de transformar el país, convencido que el destino individual de cada uno no es otro que el destino de la Argentina en su conjunto: “cada argentino será lo que sea la Argentina en su conjunto”.

Siempre gozó del prestigio  internacional, pese a haber terminado su gobierno seguía siendo respetado en el exterior, recibía constantes demostraciones de afecto. En 1999, en Paris, en el plenario de la Internacional Socialista recibió el reconocimiento del español Felipe González, del alemán Gerard Schroder, del palestino Yasser Arafat,  o el israeli Shimon Peres, entre otros.

Fue un defensor a ultranza de la social democracia como idea política, que reconocía los valores de la justicia social, la solidaridad, la responsabilidad, el humanismo y el progresismo.

Estaba convencido de que había que reformar el capitalismo pero democráticamente mediante la regulación estatal para aliviar o quitar las injusticias propias del sistema de mercado.

El padre de la democracia  enseñó audacia para enfrentar los desafíos, convicción de que la política y el poder son los instrumentos para materializar la nación y confianza en nosotros mismos.

Indudablemente esta fecha para celebrar nos encuentra un poco revueltos, pero, como país, no podemos permitirnos vivir en un estado de anomia.

Debemos entre todos, como ya nos proponía Alfonsín asegurar la dignidad y el respeto de las personas.

Que no vuelva a suceder en la actualidad lo que ya vivimos, que haya necesidad de entregar un gobierno para no tener que entregar un país, debemos superar los difíciles momentos económicos, políticos y sociales siempre en el marco de la democracia que tanto nos costó conseguir.

Es la obligación de los argentinos comprometernos a lograr un país mejor.