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Hipólito Ruiz
Por: Hipólito Ruiz

¿Podemos hablar de agroindustria?

El campo sabe que hay un escenario complicado, donde el factor del clima juega muy fuerte, pero también los mercados y la ausencia de líneas de créditos agrícolas con altísimas tasas de interés. Pero el campo sabe también que hay que seguir produciendo, que el oficio de productor, valiente, tenaz, no se doblega fácilmente por la adversidad.

Sabe el hombre de campo también que hay una necesidad superlativa de producir y de exportar. Pero que para ello se necesitan políticas de Estado que contengan a todas las producciones primarias: la miel, el sector forestal, la agricultura, la horticultura, la ganadería, la piscicultura, entre otras actividades.

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Pero, ¿solo para producir y seguir dejando que la materia prima salga sin darle ningún valor agregado? Seguramente que no.

La necesidad

Es por lo tanto sumamente necesario que se ponga en evidencia que se debe trabajar fuertemente de manera integrada para lograr que el Chaco hable de Agroindustria.

El gobernador electo Jorge Capitanich ya tiene en mente un diseño para avanzar en tal sentido para darle valor a la cadena agroindustrial, mirando hacia la exportación.

Un fuerte incentivo en la producción ganadera, que trata de salir a flote luego de estar estancada, y sin un frigorífico exportador, envuelta en desafíos.

La necesidad de reordenar el tipo de producción que se realiza con un correcto asesoramiento técnico y la presencia del INTA en los cuadros correspondiente en la busca de calidad y de incorporación de las nuevas tecnologías, a fin de que los productores en general sean competitivos.

Sin duda alguna que debe sumarse la pata de la banca estatal provincial, que viene trabajando muy bien y que en el marco de sus 25 años de vida, según las palabras del presidente del directorio, Rafael González, “el banco está consolidado y es el único que cierra la grieta”.

La idea que todo debe ser “subsidio” también necesariamente debe ir corrigiéndose, y en tal sentido es necesario trabajar con una ingeniería que permita una nueva calificación de los productores, dado que en un gran porcentaje no pueden tener una buena calificación.

No llorar sobre la leche derramada

No hay que llorar sobre la leche derramada, pero hay cuestiones de la historia del Chaco que nos deben servir para reflexionar y para evitar tropezar una vez más con la misma piedra.

¿Por qué Sáenz Peña ha pasado de tener un floreciente centro industrial, con gran cantidad de mano de obra, a ser una ciudad que a pesar de haber logrado crecer en cuanto a infraestructura no logra tener una posición sólida respecto de su perfil agroindustrial?

En la década de los ‘60, León Lew, ingeniero industrial, y Manfredo Pokorny, ingeniero mecánico, formaron en sociedad una industria metalúrgica a la que llamaron LePoMet. Hacían máquinas industriales y estructuras pesadas, con 90 empleados. Se fabricaron los cilindros metálicos para encausar el hormigón de los pilotes debajo del agua en la construcción del puente General Belgrano. A la fábrica local le encargaron el 30% de estos tubos con costura, con toda la estructura del encofrado hidráulico. Después, la firma saenzpeñense realizó algo similar para el puerto de aguas profundas de Puerto Madryn, lo que les llevó más de 2 años de ir y venir. Allí, la participación fue mayoritaria, en el orden del 70 por ciento del entubado de los pilotines.

En esa época también funcionó El Algodonero (que luego pasó a llamarse Fachaco) con 280 empleados. Fabricaba herramientas agrícolas, que se vendían para todo el norte argentino y también exportaba a Paraguay y Bolivia.

Luego surgieron las metalúrgicas Fabre, Truscello, Kmetz, Dlecer Novotni, las fundiciones (con perfil siderúrgico) como Yarros, Botec y Derka. Todo un emporio agroindustrial que si bien hoy se puede decir que parte de ello es porque se corrió de escenario la producción algodonera, es un motivo para analizar el cuadro de situación que se vivió y que se puede vivir en el sudoeste chaqueño, sobre todo en el límite con Santiago del Estero.