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Recemos por Alberto

Las elecciones presidenciales pasaron pero casi todos los interrogantes centrales de la realidad nacional permanecen abiertos.

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Es que lo único que dejaron en claro los comicios es que Mauricio Macri dejará la Casa Rosada el 10 de diciembre y que en su lugar asumirá Alberto Fernández, que de todas las incógnitas que persisten es, para colmo, una de las principales.

Por ejemplo: una vez en el poder, el Fernández que ejercerá la conducción del país, ¿será el mismo que todavía podemos ver en YouTube opinando de manera demoledora sobre todos los errores y vicios de los ocho años de Cristina Kirchner como jefa de Estado? ¿O será el que días antes de la votación del 27 de octubre afirmó que ambos “son lo mismo” y que “jamás” volverán a estar distanciados?

Parecen indagaciones banales frente a la magnitud de la misión que AF tiene por delante, pero no es alocado pensar que buena parte de su suerte en esa tarea dependerá de cuál sea el vínculo que establezca con CFK, la primera vicepresidente de la historia política mundial que tuvo la facultad de elegir a su cabeza de fórmula, al revés de todo lo conocido hasta aquí.

Más allá de esa vulnerabilidad política de origen, Alberto bien podría seguir siendo, en su fuero íntimo, el mismo de los archivos y estar guardando sus convicciones en el freezer hasta tener la oportunidad de construir poder propio (en eso, la elección “generosa” de Cristina no omitió un elemento clave: le obsequió la candidatura presidencial a una figura sin estructura propia dentro del PJ, reforzando así su dependencia del mundo K).

O puede suceder que el vencedor de Macri haya decidido enterrar a aquel Fernández crítico para acatar un precepto descarnado de Juan Domingo Perón: “Si llego sólo con los buenos, voy a llegar con muy pocos”. Ahora bien, de Alberto nos faltan certezas acerca de si es el mismo de antes de su candidatura o si modificó el rumbo, pero con Cristina no existe esa incertidumbre: es la que ya conocemos.

El contenido de sus esporádicos mensajes electorales (escasos, para no empañar la accidentada “moderación” encomendada a su candidato de exteriores), la persistente ausencia de cualquier reflexión autocrítica y las perlas imperdibles de “Sinceramente” (su libro, en el que no tiene problemas en confesar que no quiso participar en el acto de entrega del mando presidencial, en 2015, porque lo hubiese vivido como “un acta de rendición”, enfermiza interpretación para un acto de altísimo valor simbólico en cualquier democracia) confirman que su visión bélica de la política, combinada con un ego elefantiásico, le impide ver que la sociedad argentina es compleja, diversa, y que para buena parte de la ciudadanía la promesa de “tener más plata en el bolsillo” pesa igual o menos que el temor al regreso de los tiempos en que -parafraseando a Daniel Muñoz, exsecretario privado de Néstor Kirchner- la Patria debía pagarles comisiones a quienes hacían bien las cosas y la intolerancia convertía a cualquier cuestionamiento al gobierno en conspiración golpista.

Allí probablemente debe buscarse la razón por la cual el domingo pasado más del 40% de los electores optó por apoyar la reelección de un presidente que se pasó casi los cuatro años de su mandato dando malas noticias económicas, entre ellas una inflación desmadrada, desempleo en franco ascenso y millones de nuevos pobres.

¿Son argentinos masoquistas que aspiraban a cuatro años más de padecimientos? ¿Autómatas engañados por el Grupo Clarín, como le gusta imaginar a la militancia K del Chaco, a la que dieciocho años atrás le bastaron las tortas de Miguel Pibernus para ponerle la etiqueta de corrupto al gobierno radical de Ángel Rozas pero no le alcanzan la colección de procesamientos de Cristina ni los revoleos de bolsos en monasterios ni las confesiones de arrepentidos para dejar de sostener que todo lo que hay en Comodoro Py es pura persecución política?

Herminios a bordo

Para ese 52 por ciento que no votó por el Frente de Todos, Alberto posiblemente sea una módica esperanza de que las cosas sean diferentes en este nuevo capítulo peronista de la historia. Más aún cuando el kirchnerismo de primera marca viene dando señales de que mantiene intacto el talento de idear cosas peores que las ensayadas con anterioridad.

La reforma constitucional para “derogar el Poder Judicial”, la “Conadep para periodistas” y la “revisión de fallos” contra las figuras K encarceladas fueron algunos de los ataúdes que los Herminios del presente quemaron ante la opinión pública durante la campaña.

Tampoco faltó a esa cita Horacio González, uno de los referentes de la intelectualidad cristinista, para pedir una “reescritura de la historia argentina” que “incorpore una valoración positiva de la guerrilla de los años 70 y que escape un poco de los estudios sociales que hoy la ven como una elección desviada, peligrosa e inaceptable”.

No conforme con la indulgencia con la que los argentinos recordamos el accionar de los grupos terroristas del peronismo y de la ultraizquierda (en gran medida por la manera en que sus atrocidades quedaron tapadas por las de la dictadura, infinitamente peores), González y quienes piensan como él van por más: no debemos esperar un tardío pedido de perdón por parte de quienes eligieron las armas y las acciones criminales para tratar de imponer sus ideas, sino que debemos aplaudirlos, aunque hayan acabado dándoles a las Fuerzas Armadas la excusa ideal para un nuevo retorno al poder en 1976. Y esto es lo que dicen, vale la pena repetirlo, los intelectuales...

La sucesión de barbaridades llevó a que en algún momento el propio Alberto pidiera algo de silencio, y hasta en las redes fue curioso ver cómo algunos militantes trataban de acomodar impresentables fuera del escenario político, como cuando en las fiestas familiares se intenta sentar a los borrachos en lugares que minimicen sus bochornos. “No es el momento, compañero”, le mensajeaban por Twitter a Juan Grabois cuando desempolvó la idea de una reforma agraria con expropiaciones a mansalva.

Las olas y el viento

Alberto, se sabe, no es ningún tonto, aunque su reciente polémica con el conejo Bugs Bunny y con el Correcaminos pareciera desmentirlo. Estas cosas deben ser tomadas como un tributo a sus nuevos amigos, que ya en su momento nos regalaron una interesante diatriba acerca de si los huevos Kinder debían dejar de tener opciones celestes y rosadas.

Pero de zopenco no tiene un cabello. Que no sepamos a qué juega no significa que no lo tenga muy claro él. De alguna manera, en toda la campaña lo hemos visto surfear con suerte diversa sobre las olas que le imponía la ambigüedad obligada. Y su respuesta fue el fastidio cuando los periodistas le recordaron sus opiniones de otros tiempos, no tan lejanos, sobre Cristina, Venezuela, el caso Maldonado y otros asuntos controversiales.

Y así como marcó diferencias con el cristinismo en algunas cosas, se amoldó a su nueva pertenencia política en otras. Hasta que al final, a días de la votación, dejó las metáforas para otro momento: “Una vez que logramos la unidad, Cristina y yo somos lo mismo (...) Buscan que nos enfrentemos. Pero nunca más vamos a dividirnos, porque si lo hacemos la que sufre es la gente”.

Claro que luego llegó la jornada electoral y los números finales dejaron varias lecturas para hacer. Por ejemplo, la remontada de Macri, que consiguió ocho puntos más que en las primarias de agosto, junto con un descenso de Fernández-Fernández (dos puntos menos), algo que volvió a desairar a los encuestadores, que en general preveían una victoria similar o incluso más abultada para el Frente de Todos que la de las PASO.

Pese a sus pronósticos, los dieciséis puntos de ventaja de las primarias se convirtieron en algo menos de ocho. ¿Qué hizo cambiar de opinión a tanta gente? ¿En qué cosas creen? ¿A qué le temen? ¿Quiénes lograrán ser sus referentes en los años que vienen?

En la cancha

El nuevo gobierno, seguramente, no repetirá el error de Macri cuatro años atrás (cuando por recomendación de sus asesores evitó detallar el combo explosivo de inflación, recesión, déficit fiscal y pobreza con el que se había ido Cristina) y le dedicará un lugar de privilegio en sus discursos a hablar de la “herencia recibida” de Cambiemos (que empeoró casi todos aquellas variables), como para no consumir tanto crédito político en las medidas antipáticas que posiblemente deba instrumentar Alberto para tratar de sacar al país de la terapia intensiva.

El presidente electo suele asociar esta instancia a la de mayo de 2003, cuando asumió como jefe de Gabinete de Néstor Kirchner, pero la situación es bien distinta. Duhalde y Lavagna dejaban un país en plena reactivación tras la debacle de 2001/2002 y las condiciones internacionales eran favorables de un modo excepcional para la Argentina. En cambio, ahora el peronismo deberá timonear una nación de economía deprimida, con importantes compromisos de deuda a la vuelta de la esquina, con las vías de acceso al financiamiento internacional probablemente bloqueadas y con el boom de las materias primas agrícolas convertido en lejano recuerdo.

Algunos analistas suponen que Fernández buscará sellar una alianza fuerte con los gobernadores. Podría ser una manera de contrarrestar el peso de las organizaciones kirchneristas en el mapa interno del flamante oficialismo. Pero además necesitará de los mandatarios para contener de la mejor manera posible las demandas sociales y gremiales que le meterán presión al gasto público.

En cierto modo, muchos de esos gobernadores beberán de su propia medicina. Como en el Chaco, donde Jorge Capitanich tendrá que cumplir, mes a mes, con el pago de salarios a una plantilla de personal estatal permanente que ya supera los 80.000 agentes. Casi el doble que los 42.000 que recibió el actual gobernador electo cuando iniciaba su primer mandato, en diciembre de 2007.

Los doce años de gestión justicialista dejaron no solo las obras y los logros declamados en la campaña, sino también esa pesadísima mochila que, para colmo, no va de la mano de ningún cambio cualitativo. Es un Estado colmado de personal que, sin embargo, ofrece un pésimo servicio en salud, educación, seguridad y prestaciones burocráticas.

Esa evolución injustificable de la población de empleados públicos también derriba otros argumentos: las políticas nacionales -sean neoliberales, socialistas o jupiterianas- nada pueden hacer por salvar a aquellas jurisdicciones en las que los estadistas que nos tocan en suerte creen que “pasarás a planta a tu prójimo como a ti mismo” es uno de los diez mandamientos. Pero son, aunque nos pese, algunos de los jugadores que estarán en la cancha con Alberto. Con el incierto Alberto por cuyos criterios y elecciones políticas nos convendría, cuanto antes, unir las manos y elevar oraciones.

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Sergio Schneider
Sergio Schneider